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Testigo de otro mundo

Luys Coleto

***

Público recomendado: todos

Juan Pérez, 12 años de edad, finales de los 70. Algo sucedió a las afueras de Venado Tuerto, Argentina. Juan entrevió unas enigmáticas luces en el brumoso ejido y, al acercarse, experimentó un hecho que rompió, quebró y alteró su vida para siempre. Así comenzó una sinuosa cohabitación con sus tormentosas remembranzas que siguen acosando a este imperturbable gaucho, a pesar de las rocosas palabras con las que evoca lo que le sucedió para no desgarrarse definitivamente. Sueños proféticos, hipersensibilidad, incomprensión a su alrededor, retiro forzoso con sus animales y pensamientos. Más de treinta años después, seguimos intentando responder a preguntas insondables, procesos de curación y sanación ineludibles, regresión psicoanalítica (no confundir con la hipnosis) mediante. Bajo la dermis de Juan  titubean las corrientes de la herida, golpe arrebatador e ininteligible, sacudida interior de la que no se puede huir. Un encuentro con vida extraterrestre, una posibilidad verosímil, padecimiento y trauma de Juan, imborrables al día de hoy. Un enigma que descorre parcialmente el velo de Maya, una posibilidad mínima de indagar qué misterios se esconden tras el fenómeno OVNI. “A lo desconocido, lo demonizamos”, se asevera rotundamente durante la película. Con trazas frágiles de ciencia ficción, todo para nuestro protagonista central deviene inefable y, por tanto, connaturalmente irrepresentable. No nos hallamos ante un documental ufológico al uso, sino más bien nos encargamos de ir ejecutando un puzle terapéutico, ordenando piezas descangalladas, desunidas, desgajadas. Un desciframiento vital, ayudando a interpretar lo sucedido, el hiato que corta una existencia, implicando al espectador en un lance emocional que se hornea a fuego lento y que detona en la conciencia de quien se acerca a lo ignoto desde lo más recóndito de cada uno de nosotros. Y desde la mente más perspicaz. Jacques Vallée (personaje en el que se inspiró Steven Spielberg para diseñar el personaje compuesto magistralmente  por F. Trauffaut en Encuentros en la tercera fase ), que tiene una relevante importancia en la narración, afirma que “ es una película única, ya que logra transmitir la implicancia que tienen los encuentros cercanos en las personas y sus allegados. Jamás se había hecho en un entorno real y de no ficción, donde las personas que ríen o lloran en pantalla no son actores”.

 

El dilema de la sociedad moderna es que tratamos de concebir el mundo, no en términos de conciencia interna, más o menos primigenia, vetusta, telúrica, sino en el hecho de cuantificar, etiquetar y calificar lo que percibimos como el mundo externo mediante el uso de los medios científicos. La ciencia, hoy una hetaira al servicio de las ideologías, capitalistas o estatistas, nada más. La razón instrumental sólo ha llevado a pensar más y a realizar más ( saludables) preguntas. Tratamos de conocer las potencias más íntimas que crean el mundo y orientan su curso. Pero imaginamos esta esencia como fuera de nosotros mismos, no como una cosa viva, congénita a nuestra propia naturaleza. Fue el eminente sucesor de Freud, Carl Jung, quien dijo: “el que mira afuera, sueña uno que mira hacia adentro despierta”. No es malo el deseo de estar despierto, ser feliz. Evitar tantas distracciones contemporáneas, tan payasescas. Lo que perturba inauditamente es buscar la dicha personal fuera cuando sólo se puede localizar en su interior. Transitar más allá de nuestra dimensión tetradimensional (las tres espaciales y la temporal), una agudísima y vivificante idea de que el Universo pudiese ser en realidad un vasto y complejo holograma, siendo los humanos hologramas microscópicos. Nos encontraríamos con un tipo de representación de un objeto tridimensional en una superficie bidimensional, tal como aclaró Stephen Hawking. Nuestro documental, narrado con brío y donaire por el argentino Alan Stilvelman, unificaría, mediante tres líderes espirituales de comunidades guaraníes (Mbyá, Avá y Paî Tavyterã), abracadabrantemente, la teoría de Einstein de la gravedad (explica el funcionamiento del Universo a gran escala) con la teoría cuántica (revela el funcionamiento de las pequeñas partículas que componen la materia). Algunos creemos que el concepto de un Universo holográfico podría reconciliar ambas. La materia, tras la Escuela de Copenhague, no existe como tal. Seríamos, los hombres, fotogramas en movimiento, pero sin espesor “físico”real. En la película de Stivelman, los primigenios conocimientos de sabios guaraníes, que parecen haber resuelto todos los esbozos físicos y filosóficos de estos encuentros extraterrestres, nos permiten columbrar cómo Juan Pérez logra reconciliarse consigo mismo sin necesidad de desatascar las arcanos más palmarios.

En definitiva, una nueva aproximación a este fenómeno que se aleja de filmes como Curse of the Man Who Sees UFOs o I Know What I Saw, enfantizando la cavilación sobre la búsqueda de la propia identidad. Esta indagación termina disipándose por instantes y resulta, por momentos, irreal entre trazos de ficción (esos flashbacks mostrando el “encuentro”), especulaciones del director e intervenciones de terceros como el astrofísico Jacques Vallée, el psiquiatra Néstor Berlanda o los antedichos  chamanes guaraníes. Stivelmam, eso sí, sutilmente, traza una saludable frontera entre ufología y ufolatría, entre razonabilidad de vida más allá de esta bolita azul perdida en el Universo y la irracionalidad que se gastan ciertos grupos que tratan el asunto. En definitiva, la película (con una banda sonora egregia) reflexiona con sensibilidad sobre la relación del hombre con lo metafísico, su entorno macroscópico, la soledad y el padecimiento que sentirse diferente suscita.

 

Un océano entre nosotros

**1/2

Público recomendado: Jóvenes y adultos

José Luis Panero

El pasado 7 de septiembre, las salas de cine españolas recibían Un océano entre nosotros, último trabajo del oscarizado cineasta inglés de 55 años, James Marsh (Man on wire, 2008; La teoría del todo, 2014), y de cuya distribución responde Vértice Cine.

El filme sigue las andanzas de Donald Crowhurst (Colin Firth), un veterano de la Real Fuerza Aérea Británica y navegante aficionado, que en 1968 decide formar parte de la Golden Globe Yate, una carrera en la que los deportistas compiten en vela de manera solitaria y sin escalas, mientras viajan alrededor del mundo con el objetivo de hacerse con un valioso premio en metálico.

Crowhurst nunca había navegado en un trimarán hasta varias semanas antes de la competición, por lo que tendrá que enfrentarse a multitud de adversidades mientras en tierra le espera su mujer y mayor defensora, Clare (Rachel Weisz), quien también tendrá que seguir adelante con su rutina y cuidando a sus hijos sin el amor de su marido.

Algo está pasando en el cine con los biopics, que tan buena prensa tienen por lo general. Sobre todo si sus finales son felices. Ahí tenemos, por ejemplo, a En solitario (Christophe Offenstein, 2013), Sully (Clint Eastwood, 2016), o más recientemente A la deriva (Baltasar Kormákur, 2018). Tal vez el cine necesite apoyarse en el género para recordar que una vez hubo hombres que hacían de hombres en la gran pantalla, igual que en las películas de John Ford.

En el caso de Un océano entre nosotros, que parte con muy buenas intenciones en su arranque, no se aprecian esos signos de heroicidad que dejaba entrever en el párrafo anterior. Tal vez Marsh haya querido centrar el disparo en las consecuencias que supone tomar decisiones precipitadas -más en la línea de un relato por la supervivencia pero sin mimbres que sostengan la argumentación-, lo cual no quita que el oscarizado Colin Firth, que lleva todo el peso del relato, ofrezca una gran interpretación en la que da a luz a todos los estadios sentimentales que invaden al ser humano en situaciones límite.

Sin embargo, Marsh no consigue que su relato esté bien engrasado al restarle al guión su capacidad para emocionar y opta por transitar por derroteros, que si bien afrontan otros asuntos, se queda lejos de ofrecer un producto que venda heroicidad. En esta película de eso no hay nada. Cuesta creer, por tanto, la decisión de no dar la cara como sí hizo en la completísima La teoría del todo. No se quiere decir que James Marsh no tenga talento ni capacidad suficiente para rodar cine con calidad, o que incluso haya tocado fondo filmando biopics, no. De hecho, la factura técnica y la puesta en escena de Un océano entre nosotros son redondas. Pero no consigue comunicar con nitidez el mensaje del filme, y esa tibieza, esa huida hacia adelante, ese paso en falso no convence ni persuade. Sorprende, también de nuevo, la episódica intervención de la resolutiva y oscarizada Rachel Weisz, quien apenas puede mostrar todo su talento en esta película. Y eso que gracias a su compañero de reparto levantan las deficiencias halladas en la estructura, los diálogos y el planteamiento de Un océano entre nosotros. No es una mala película, ojo, pero le falta alma a su historia. Y si la historia es un biopic y no funciona, apaga y vámonos.

Un océano entre nosostros

(The Mercy, Reino Unido, 2018)

Público recomendado: Jóvenes y adultos

Dirección: James Marsh

Interpretación: Colin Firth, Rachel Weisz, David Thewlis, Jonathan Bailey, Adrian Schiller, Tim Downie, Laurence Spellman, Finn Elliot, Oliver Maltman, Kit Connor, Eleanor Stagg, Alexia Traverse-Healy, Danny Jackson, Paul A Munday, Nick Owenford

Duración: 101 min.

Género: Drama biográfico

 

La monja

**

Público recomendado: Jóvenes

Ramón Monedero

Hay que reconocer que todas las películas surgidas del “universo Warren” son poco menos que un acontecimiento cuando llega el momento de estrenarlas. La cosa empezó con Expediente Warren, la mejor del conjunto, no hay duda. De ahí brotó Annabelle (mala) y Annabelle: Creation (contra todo pronóstico, mucho mejor). Después vino Expediente Warren 2. El caso Enfield (estimable) y de ahí ha emergido La monja. Como sucedía con Annabelle, La monja es un spin-off de Expediente Warren. En este caso concreto, de su secuela, para rizar el rizo un poco más.

El objetivo es muy sencillo, estirar los momentos más terroríficos de, en esta ocasión, Expediente Warren 2. En aquella película hizo su aparición estelar una inquietante monja, terrorífica hasta el delirio que era, con mucho, lo mejor de la propuesta. La monja trata de contarnos los orígenes de ese personaje, que para más detalles, era un ente demoniaco llamado Valak. A parecer, este demonio en particular existe, al menos en el libro sobre demonología más famoso del catolicismo, La llave menor de Salomón. Eso sí, no se tiene constancia de que tuviera forma de mujer o de monja, al contrario, en el libro se describía como un niño con alas sobre un dragón de dos cabeza. Pero la propuesta del film, como planteamiento dramático puede que resultara más efectivo que un niño halado a lomo de un dragón bicéfalo al frente de 38 legiones de demonios, como puntualiza La llave menor de Salomón.

 

Tal vez por esto, lo que en esencia propone La monja sea muy básico, quizá demasiado. Su argumento podría resumirse en una frase: una monja se suicida y un sacerdote y una novicia viajan hasta una abadía rumana para comprobar qué ha sucedido. Huelga decir que desde el primer momento está claro que ahí pasa algo raro lo que por otro lado no supone sorpresa alguna. Es verdad que puede que el espectador católico quede encantado con la visión que se da de la Iglesia como única arma capaz de acabar con el demonio en cuestión pero lo que yo no sé es si la cosa va a compensar en una película tan irregular y con algunas escenas de impacto importantes para según qué estómagos.

El principal problema de La monja es su nulo esfuerzo por ofrecer algo remotamente interesante y preferir quedarse en lo manido. Es evidente a todas luces que el material sobre el que se partía era rico en posibilidades y su director, Corin Hardy, ya había demostrado en su ópera prima The Hallow que es un director con posibilidades que conoce el género. Sin embargo, sus responsables parecen haberse conformado con hacer una película de sustos y nada más. Y esto es un problema porque puede que para los que nos gusta el cine de terror la cinta nos parezca digna, eso es cierto, pero para los amantes del cine en general, La monja es más de lo mismo, sin nada que destacar, salvo olvidar.

 

La monja (The Nun)

(Reino Unido, 2018)

Público recomendado: Jóvenes

Dirección: Corin Hardy

Interpretación: Demián Bichir (Padre Burke), Taissa Farmiga (Hermana Irene), Jonas Bloquet (Frenchie), Bonnie Aarons (La monja), Ingrid Bisu (Hermana Oana) y Charlotte Hope (Hermana Victoria).

Duración: 96 min.

Distribuidora: Warner Bros.

Género: Terror.

El escándalo de Ted Kennedy

Público apropiado: Jóvenes

***1/2

Mariángeles Almacellas

18 de julio de 1969. América contiene el aliento pendiente del «Apolo 11». El hombre está a punto de poner su pie en la luna («Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad»). El senador Ted Kennedy, el único superviviente de los cuatro hermanos Kennedy, había ganado las elecciones a senador por amplísimo margen y se perfilaba como posible nuevo presidente por el Partido Demócrata en el todavía lejano 1972. Ese día de julio había organizado una fiesta en la isla de Chappaquiddick, Massachusetts, con sus más íntimos colaboradores y las «Boiler Room Girls», el equipo de mujeres que había trabajado en la campaña presidencial de su hermano, Robert F. Kennedy, en 1968. Ted quiere convencer a una de ellas, Mary Jo Kopechne para que trabaje ahora en su propio camino hacia la Casa Blanca. Ted y Mary Jo abandonan la fiesta. Conduce el senador, que ha bebido más de la cuenta. En un descuido, el coche salta un puente y se precipita en las aguas. El conductor logra salir del vehículo y nadar hasta la orilla, pero no pide ayuda hasta muchas horas después. Más tarde, el cadáver de Mary Jo es recuperado del interior del vehículo.

Basándose en estos hechos históricos, John Curran filma una interesante película sobre los siete días más dramáticos de la vida del senador. La tragedia parece haber truncado sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca, pero el patriarca del clan, el anciano Joseph P. Kennedy, a quien un accidente cerebrovascular había privado de la facultad de hablar y había confinado a una silla de ruedas, designó un equipo de «fontaneros» dispuestos a todo para recuperar las posibilidades de la familia Kennedy de acceder de nuevo a la Presidencia de los EE.UU.

Jason Clarke hace un trabajo soberbio encarnando a Edward M. Kennedy, en un personaje complejo, lleno de matices. Un hombre débil, sin realmente ambición política, dependiente afectivamente de un padre que lo desprecia, pero que ve en él la última baza de los Kennedy para volver a ostentar el máximo poder político. Ted está atrapado entre la sumisión reverencial a su padre, su deseo de éxito para que, por fin, el patriarca reconozca su valía, y, al mismo tiempo, un sentido ético que le inclina a confesar la verdad, aun sabiendo el alto precio que debería pagar por ello. Además de Jason Clarke, el reparto es todo muy bueno pero merece ser especialmente destacado Bruce Dern, en el papel del terrible padre, cuya fría ambición y falta de ternura por el hijo hielan la sangre. La música es muy buena, y el vestuario y los decorados están muy logrados. Todo confluye para dar sensación de realismo y hacer del espectador un testigo directo de los sucesos acaecidos en julio de 1969.

Es muy interesante la confrontación entre carrera política y ética personal. Un fallo humano puntual en el ámbito privado puede dar al traste con una trayectoria política de orientada al bien común, mientras que el desprecio de la verdad, la manipulación y el engaño garantizan el éxito en unas elecciones democráticas. Inevitablemente viene a la memoria la película de Barry Levinson La cortina de humo (1997), cuya trama se anticipó de modo sorprendente al escándalo del Presidente Clinton y la becaria Mónica Lewinsky. Da qué pensar: ¿Hasta qué punto la manipulación política a través de los medios decide las tendencias de los electores? ¿Dónde quedan la honradez y la verdad? ¿Dónde nuestra libertad? Un importante tema para la reflexión y el diálogo, especialmente en nuestra época y en nuestro entorno más inmediato.

 

Ficha técnica:

 

Chappaquiddick (EE.UU., 2017)

Duración: 107 min.

Género: Biográfico – Drama

Dirección: John Curran

Intérpretes: Jason Clarke, Kate Mara, Ed Helms, Bruce Dern, Clancy Brown, Jim Gaffigan, Thomas Kee, Sarah Elizabeth Mitchell, Taylor Nichols, Olivia Thirlby, John Fiore, Andria Blackman

Guión: Taylor Allen, Andrew Logan

Música: Garth Stevenson

Fotografía: Maryse Alberti

Enamorado de mi mujer

Público apropiado: Jóvenes – Adultos

***

Mariángeles Almacellas

Daniel, un editor cincuentón, y su esposa Isabelle, una profesora algo dominadora, invitan a cenar a su amigo Patrick, que acaba de separarse de su esposa, íntima amiga de Isabelle. Patrick llega acompañado de Emma, su nueva novia, una joven española treinta años más joven que él, que rezuma encanto y sensualidad. Daniel está enamorado de su mujer, pero ha quedado tan impresionado por Emma que la imaginación se le desboca, y se encuentra atrapado entre la mirada intuitiva de Isabelle, que lo conoce perfectamente y es capaz de leer en su rostro lo que está pensando, y las extrañas fantasías que se apoderan de él sin que pueda evitarlo.

La película es una adaptación de la obra de Florian Zeller -responsable a su vez del guion- L’envers du décor, que el mismo Daniel Auteuil dirigió e interpretó en 2016. Pero el cine permite convertirla en una divertida farsa amorosa en la que se mezclan rasgos de vodevil con una mirada más seria al alma humana, para señalar con qué facilidad podemos caer en comportamientos absurdos por no detenernos a analizar con rigor el conjunto de nuestra vida, en lugar de doblegarnos irreflexivamente a nuestros impulsos momentáneos. Además de hacer reír, la película sugiere algunas preguntas interesantes: «¿Por qué a veces se despierta en nosotros un deseo ardiente de algo distinto de lo que tenemos?». Daniel era feliz con su mujer y sin embargo una especie de embriaguez -que va mucho más allá de un simple deseo carnal- le nubla el sentido. Si sabemos que un deseo no lleva en sí mismo su propia justificación, ¿por qué dejamos a veces que un deseo absurdo o malsano turbe nuestra imaginación y hasta nuestra vida?

Entre esas dos grandes figuras del cine francés, Auteuil y Depardieu, hay un tal entendimiento y una tal conexión, que es una delicia ver cómo se complementan. También Sandrine Kiberlain está magnífica. Pero hay que destacar a la joven actriz española Adriana Ugarte, perfectamente cómoda con esos tres extraordinarios actores. Un reparto de lujo.

La película juega constantemente con el salto de una situación concreta, una cena de amigos, a las visiones fantasmagóricas de Daniel. El acierto del director es que ha ido mezclando progresivamente las escenas de la cena los y flashes de imaginación, hasta que ambas realidades se confunden totalmente. Así el relato va pasando suavemente de la pura comedia al drama. No porque éste se imponga, sino simplemente porque, bajo la risa amable, deja entrever que caer en la tentación de tomarnos con ligereza las relaciones afectivas tiene irremisiblemente sus consecuencias.

No es una película memorable, de las que dejan huella en la historia del cine y en el recuerdo del espectador, pero es una comedia ligera bien interpretada, muy divertida, que hasta da algo que pensar y, sobre todo, que distrae y permite pasar un buen rato.

 

Ficha técnica

Amoureux de ma femme (Francia, 2018)

Duración: 84 min.

Género: Comedia – Romántico

Dirección: Daniel Auteuil

Intérpretes: Sandrine Kiberlain, Adriana Ugarte, Gérard Depardieu, Daniel Auteuil, Brigitte Aubry, John Sehil

Guión: Florian Zeller

Música: Thomas Dutronc

Fotografía: Jean-François Robin

Todos lo saben

Todos lo saben***1/2

Mayores 16 años

Enrique Chuvieco

Esperado siempre, el cine del iraní Asghar Farhadi habitualmente propone más de lo que muestra su guion y verbalizan sus personajes. Ocurrió con Nader y Simín, una separación, y El viajante, por los que obtuvo sendos Oscar a mejor película extranjera y, aunque sin esa vitola internacional, ha escrito y dirigido una película española (actores, decorados, exteriores, temática…), Todos lo saben, con más proyección y sustrato que el que nos propone habitualmente nuestro cine patrio.

Afincada en Argentina, Laura (Penélope Cruz: ma ma, El consejero, Los abrazos rotos…) vuelve a España para la boda de su hermana Ana (Inma Cuesta: Julieta, La novia, Grupo 7…). Con ella, vienen sus dos hijos, uno pequeño y otra adolescente, Irene (Carla Campra). En el pueblo, el resto de la familia se prepara para el enlace y también Paco (Javier Bardem: Caza al asesino, To the wonder, Biutiful…), antiguo  novio de Laura, que pronto se casará también con Bea (Bárbara Lennie: Contratiempo, Oro, Las furias…).

El día llega y todos ocupan la parroquia del lugar para presenciar el sí de los novios. Tras la ceremonia religiosa, irán a celebrarlo. En el jolgorio, Irene no se encuentra bien y su madre la lleva a acostar. A la mañana siguiente, Laura irá a la habitación de su hija, pero la encuentra cerrada. Fuerzan la puerta y la joven no está. Pronto, en el móvil de Laura aparece un mensaje perturbador.

Farhadi ha compuesto un guion in crecendo. Tras mostrar el talante más alegre y desenfadado propios del enlace, los personajes empiezan a exteriorizar emociones y estados de ánimo más comprometidos y complejos con el suceso de la desaparición de Irene. Laura (Penélope Cruz) se entrega al máximo a lo que demanda Farhadi de su personaje, también Bardem y el resto de intérpretes. Minucioso, el realizador iraní no concede momentos vacíos a su plantel de actores y los pone al límite, generosidad a la que se entregan todos para dar verosimilitud a lo que sucede.

La fotografía de José Luis Alcaine capta estados de ánimo reflejados en rostros y actitudes de los protagonistas. Alcaine escoge encuadres que reflejan la tensión que se va desbordando paulatinamente. Se escupen abiertamente  antiguos agravios (el patriarca de la familia, Ramón Barea, explota y acusa a propios y vecinos de aprovecharse en pasadas ventas de tierra).

En esa vorágine de reproches que delatan enemistades pasadas, llega de Argentina Alejandro (Ricardo Darín: Truman, Relatos salvajes, El hijo de la novia…), al que su mujer llama por la desaparición de Irene. Este es un hombre de fe que confía en Dios para que vuelva su hija. Es una trama secundaria, pero ya es notorio que en una película española, realizada por un iraní, se exponga abiertamente la vivencia religiosa de un personaje (sucedió también en ma ma, de Medem), que chocará con el ateísmo de Paco. Una creencia sustentada, como reconocerá Alejandro a Paco, cuando, años atrás, a punto del suicidio, estuvo cierto de que Dios le salvo con un suceso que a cualquier otro le hubiera dado la puntilla, pero en el que vio la razón de vivir.

Todos lo saben es un película coral, construida con excelentes actores, un guion ajustado, sobresalientes encuadres y secuencias y, en definitiva, una forma de hacer cine que propone dramas humanos que tienen en cuenta más espacios de la condición humana que los usuales (violencia, odios, sexo…) en nuestro cine. Gracias, señor Asghar Farhadi por darles visibilidad.

Amores cobardes

amores cobardes

Amores cobardes buena-muy buena

Público recomendado: Jóvenes

Con el título, Amores cobardes, la directora y guionista Carmen Blanco parece dejar  claro  las variadas razones que nos llevan a dar la espantada para asumir compromisos en las relaciones de pareja.

La Música del Silencio

la musica del silencio

La música del silencio buena

Público recomendado: todos

Es la película sobre la vida del tenor italiano ciego Andrea Bocelli, con Antonio Banderas como su maestro de canto. 

Series TV: Sabuesos

sabueso

Iñaki Mercero (La vida en el aire), el hijo del inolvidable Antonio Mercero (La cabina, Cuarta planta, Verano azul, Farmacia de Guardia o La hora de los valientes), está haciendo honor al refrán:”De tal palo, tal astilla”, pues a finales de julio de 2018 estrenó en RTVE, Sabuesos, creada por César Benítez, Roberto Serrano y David Cotarelo y producida por Plano a Plano.

Series TV: SS-GB

ssgb

Una ucronía, como todos nuestros lectores saben, es una reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos, pues bien, SS-GB es una miniserie de 5 episodios de 60 minutos de duración que plantea qué hubiera pasado si los alemanes hubieran conquistado Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial y el modo en que los británicos lo hubieran gestionado en su faceta de colaboradores con el régimen nazi o de opositores a la tiranía hitleriana.

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