Un monje contra el imperio financiero

confieso

Interesante película del director italiano Roberto Andò. El mayor atractivo reside en el punto de partida: un austero hombre de Dios colocado en el centro de las decisiones económicas del mundo. Lo más limitado: una factura excesivamente teatral que carga sobre el discurso y pierde confianza en la expresión del drama. Con un innegable sentido cristiano nos presenta la figura señera del cartujo Roberto Salus que tiene sobre sí la huella del papa Francisco. Sin embargo, el tono didactista y retórico es una rémora que pesa sobre todo el metraje.
El director de teatro Andò no termina de cruzar el puente hacia el lenguaje fílmico. La excesiva urgencia del debate ideológico ante la coyuntura histórica de un mundo en crisis, desarticula un guion que hubiera dado para mucho más. Si el personaje del monje-cura, Toni Servillo resulta lo más auténtico del film, representando el contraste de Dios frente un mundo roto por la ambición. La pléyade de secundarios, encarnando los ministros de economía del G-8 que aparentemente mueven los hilos económicos, resultan erráticos y verborreicos. La búsqueda de los motivos por los que el director del Banco Mundial, un Daniel Auteuil poco convincente, muere tras la confesión inicial al padre Salus, resulta un McGuffin escenográfico más que una intriga verdadera.

En este sentido la alusión al “Yo confieso” de Hitchcock resulta todo un deseo no logrado. El modelo se parece mucho más al cine discursivo de Krzysztof Zanussi, así su película “Foreign body” (2014) muestra las mismas preocupaciones (la economía crea monstruos, la ambición corroe a los seres humanos y la inocencia de la fe como alternativa). Estamos cerca del cine filosófico que pretende facilitar la reflexión pero que huele a simplificación. El mundo de las personas ha sucumbido al mundo de los intereses financieros. Pero solo un contraste ético, al fondo religioso, puede devolver a la humanidad. Un monje pobre, casto y sin poder recuerda que Dios está ahí como reclamo de conversión. Lástima que la crisis existencial a la que abocan las decisiones políticas resulte poco convincente, como si las ideas pasearan por la cámara sin personajes.
Lo mejor: una escritora, el cartujo, un perro y un canto. La escritora de cuentos para niños invitada extrañamente a la reunión, Connie Nielsen muestra una belleza madura que intenta, entre histriónica y contenida, poner sentido al desastre. Y el monje-juez, majestuoso el rostro silencioso de Servillo, las miradas pacientes o escrutadoras, los movimientos serenos y decididos, de un hombre que guarda la calma del alma en el borde del abismo. Y además, un perro enorme y negro que cambiará de nombre en un gesto franciscano y el bello canto místico del Uirapurú, una señal divina entre las fórmulas matemáticas.

Las confesiones, título de resonancias agustinianas, mantienen su promesa. Ante Dios cabe una verdad diferente, una conversión última y urgente, que vuelva a las personas y cambie el rumbo que apunta destrucción. Lástima que el estilo lenguaraz confíe tan poco en la imagen, que es algo más que buena fotografía, y deje de lado la historia, que es el escenario humano de las ideas y los dramas.

Peio Sánchez

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