100 días de soledad

100 días de soledad muy buena

Público recomendado:todos

Al igual que Lorca, algunos ansían dormir el sueño de las manzanas. Dormir un rato, un minuto, un siglo, pero que todos sepan que no se ha muerto, más bien que se vive mucho más intensamente. José Díaz, ayudado por el excelente director Gerardo Olivares, realiza ese hermoso anhelo, desapareciendo cien días de la deletérea civilización que nos aflige y desconsuela y enluta. Perdido en el Parque Natural de Redes, Asturias, lector devoto de Walden, la magna obra del eximio H.D. Thoreau, Díaz quiere vivir en soledad su amor a la naturaleza y, por supuesto, a los suyos ( ese maravilloso intercambio de cartas con su querida familia). Díaz codicia vivir deliberadamente una buena vida. Ir a los bosques porque se quiere vivir a conciencia, vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida. E ir dejando de lado todo lo que no sea la vida para no descubrir, en el momento de la mortaja postrera, que uno no ha vivido.

Cien días, durmiendo el sueño de las manzanas, alejándose del tumulto de los cementerios (los camposantos son nuestras metrópolis actuales, recuérdese el prodigioso poema de Dámaso Alonso, Insomnio). Dormir, en definitiva, el sueño de los infantes que desean cortarse el corazón en alta mar. Este bello poema visual de Olivares/Díaz nos recuerda que nuestros sumideros de vidrio y cemento a los que denominamos ciudades, nos hacen incapaces de reconocer un paraíso definitivamente desahuciado. Palpamos, junto a nuestro protagonista, el tránsito de las estaciones, amamos toda la flora y fauna (rebecos, jabalíes, ciervos, gallinas, martas) que discurre ante nuestras empachadas retinas, nos confesamos junto a nuestro protagonista (la muerte del hermano, tan letal) y, gran instante, aprendemos a querer a un equino contrahecho, de nombre Atila, fané y desvencijado, pero siempre amoroso con su dueño. Y viceversa.

Deseoso por encontrar un edén ya definitivamente eclipsado, seguimos con José Díaz sus certidumbres y sus vacilaciones a través de una película documental rodada casi exclusivamente por él mismo. Paradójicamente provisto de los aparejos de la postmodernidad —cámaras fijas, teleobjetivo, dron—, para poder aprehender e injertar en la narración el sonido del silencio y la visión de lo misterioso, Díaz despliega una ascética insólita para relatarnos un excepcional documento sobre la el silencio y la soledad, efectuando una brillante reflexión, increíblemente imperiosa hoy en día, en la que un hombre sin teléfono móvil es un ser esencialmente sedicioso, desobediente, transgresor: pura enmienda a la totalidad. Una suerte de revolución gélida. Basta con hacer una pausa, sin más: apagar la radio, desenchufar el televisor; no comprar nada, no desear comprar. Dejar de avisar, dejar de saber; detener transitoriamente cualquier actividad mental. Sobra, literalmente, con quedarse inmóvil unos segundos. Modesta fuga mundi.

Escapando a la (i) lógica estatal/capitalista que nos encadena a las pertenencias materiales, la película nos recuerda poderosamente a la bellísima Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975), adquiriendo por momentos ribetes del cine de terror (nocturnidades a la luz de la linterna, silbar del viento, ulular de las ramas, aullidos de lobos). Rememorando otros momentos cinematográficos de escapadas del mundo (Hacia rutas salvajes, Grizzly man, Entre lobos, El último superviviente), la película de Díaz/ Olivares nos atrapa inusual, mágica y especialmente, en cambio, por su sutil delicadeza, su agudo ingenio, su vivir “libre y consciente” y, sobre todas las cosas, por testimoniar la belleza de la naturaleza adyacente sin caer en posturas propias del hodierno animalismo, tan demencial como engañador, tan liberticida como inhumano.

Luys Coleto

http://astoria21.es/author/luis-c-de-lantaron/

 

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