Testigo de otro mundo

Testigo de otro mundo tresestrellas

Público recomendado: Todos

Juan Pérez, 12 años de edad, finales de los 70. Algo sucedió a las afueras de Venado Tuerto, Argentina. Juan entrevió unas enigmáticas luces en el brumoso ejido y, al acercarse, experimentó un hecho que rompió, quebró y alteró su vida para siempre. Así comenzó una sinuosa cohabitación con sus tormentosas remembranzas que siguen acosando a este imperturbable gaucho, a pesar de las rocosas palabras con las que evoca lo que le sucedió para no desgarrarse definitivamente. Sueños proféticos, hipersensibilidad, incomprensión a su alrededor, retiro forzoso con sus animales y pensamientos. Más de treinta años después, seguimos intentando responder a preguntas insondables, procesos de curación y sanación ineludibles, regresión psicoanalítica (no confundir con la hipnosis) mediante. Bajo la dermis de Juan  titubean las corrientes de la herida, golpe arrebatador e ininteligible, sacudida interior de la que no se puede huir. Un encuentro con vida extraterrestre, una posibilidad verosímil, padecimiento y trauma de Juan, imborrables al día de hoy. Un enigma que descorre parcialmente el velo de Maya, una posibilidad mínima de indagar qué misterios se esconden tras el fenómeno OVNI. “A lo desconocido, lo demonizamos”, se asevera rotundamente durante la película. Con trazas frágiles de ciencia ficción, todo para nuestro protagonista central deviene inefable y, por tanto, connaturalmente irrepresentable. No nos hallamos ante un documental ufológico al uso, sino más bien nos encargamos de ir ejecutando un puzle terapéutico, ordenando piezas descangalladas, desunidas, desgajadas. Un desciframiento vital, ayudando a interpretar lo sucedido, el hiato que corta una existencia, implicando al espectador en un lance emocional que se hornea a fuego lento y que detona en la conciencia de quien se acerca a lo ignoto desde lo más recóndito de cada uno de nosotros. Y desde la mente más perspicaz. Jacques Vallée (personaje en el que se inspiró Steven Spielberg para diseñar el personaje compuesto magistralmente  por F. Trauffaut en Encuentros en la tercera fase ), que tiene una relevante importancia en la narración, afirma que “ es una película única, ya que logra transmitir la implicancia que tienen los encuentros cercanos en las personas y sus allegados. Jamás se había hecho en un entorno real y de no ficción, donde las personas que ríen o lloran en pantalla no son actores”.

 

El dilema de la sociedad moderna es que tratamos de concebir el mundo, no en términos de conciencia interna, más o menos primigenia, vetusta, telúrica, sino en el hecho de cuantificar, etiquetar y calificar lo que percibimos como el mundo externo mediante el uso de los medios científicos. La ciencia, hoy una hetaira al servicio de las ideologías, capitalistas o estatistas, nada más. La razón instrumental sólo ha llevado a pensar más y a realizar más ( saludables) preguntas. Tratamos de conocer las potencias más íntimas que crean el mundo y orientan su curso. Pero imaginamos esta esencia como fuera de nosotros mismos, no como una cosa viva, congénita a nuestra propia naturaleza. Fue el eminente sucesor de Freud, Carl Jung, quien dijo: “el que mira afuera, sueña uno que mira hacia adentro despierta”. No es malo el deseo de estar despierto, ser feliz. Evitar tantas distracciones contemporáneas, tan payasescas. Lo que perturba inauditamente es buscar la dicha personal fuera cuando sólo se puede localizar en su interior. Transitar más allá de nuestra dimensión tetradimensional (las tres espaciales y la temporal), una agudísima y vivificante idea de que el Universo pudiese ser en realidad un vasto y complejo holograma, siendo los humanos hologramas microscópicos. Nos encontraríamos con un tipo de representación de un objeto tridimensional en una superficie bidimensional, tal como aclaró Stephen Hawking. Nuestro documental, narrado con brío y donaire por el argentino Alan Stilvelman, unificaría, mediante tres líderes espirituales de comunidades guaraníes (Mbyá, Avá y Paî Tavyterã), abracadabrantemente, la teoría de Einstein de la gravedad (explica el funcionamiento del Universo a gran escala) con la teoría cuántica (revela el funcionamiento de las pequeñas partículas que componen la materia). Algunos creemos que el concepto de un Universo holográfico podría reconciliar ambas. La materia, tras la Escuela de Copenhague, no existe como tal. Seríamos, los hombres, fotogramas en movimiento, pero sin espesor “físico”real. En la película de Stivelman, los primigenios conocimientos de sabios guaraníes, que parecen haber resuelto todos los esbozos físicos y filosóficos de estos encuentros extraterrestres, nos permiten columbrar cómo Juan Pérez logra reconciliarse consigo mismo sin necesidad de desatascar las arcanos más palmarios.

En definitiva, una nueva aproximación a este fenómeno que se aleja de filmes como Curse of the Man Who Sees UFOs o I Know What I Saw, enfantizando la cavilación sobre la búsqueda de la propia identidad. Esta indagación termina disipándose por instantes y resulta, por momentos, irreal entre trazos de ficción (esos flashbacks mostrando el “encuentro”), especulaciones del director e intervenciones de terceros como el astrofísico Jacques Vallée, el psiquiatra Néstor Berlanda o los antedichos  chamanes guaraníes. Stivelmam, eso sí, sutilmente, traza una saludable frontera entre ufología y ufolatría, entre razonabilidad de vida más allá de esta bolita azul perdida en el Universo y la irracionalidad que se gastan ciertos grupos que tratan el asunto. En definitiva, la película (con una banda sonora egregia) reflexiona con sensibilidad sobre la relación del hombre con lo metafísico, su entorno macroscópico, la soledad y el padecimiento que sentirse diferente suscita.

 

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