“Bel Ami, historia de un seductor” o el estereotipo del alma humana

A la hora de elaborar un guión cinematográfico de carácter dramático, resulta crucial establecer los móviles e intenciones de los personajes, de forma que sus acciones y reacciones resulten convincentes para el espectador, que los giros de actuación obedezcan a una razón antropológica clara y bien insertada en la trama argumental. Por otra parte, en ese dibujo de caracteres, es normal que el análisis concluya en las grandes pasiones e ideales que alientan al hombre, y que todo se reduzca a deseo, perdón, ambición, solidaridad, orgullo, celos, desesperanza, búsqueda… mecanismos que ponen en movimiento a las personas y les inclinan a proceder en uno u otro sentido, tal y como William Shakespeare recogió en su obra. El peligro, en esos casos, es quedarse en la etiqueta aplicada a un individuo convertido en arquetipo inverosímil y estereotipado, sin vida ni capacidad de transmitir deseo, perdón, ambición… 

Eso es lo que les sucede a los personajes de “Bel Ami, historia de un seductor”, caricaturas a merced de una pasión y de un guionista que piensa que es suficiente con decirnos que Georges Duroy se conduce únicamente como el hombre orgulloso y herido capaz de todo por redimirse de su pobreza infantil, que Madeleine Forestier actúa siempre bajo el resorte de la ambición de poder (político y de género), que Clotilde de Marelle busca exclusivamente el placer que el sexo pueda proporcionarle, o que Virginie Rousset se presenta como la esposa reprimida y vacía que un día pierde el control para después ser humillada. En este sentido, en manos de la guionista Rachel Bennette, vemos cómo Guy de Maupassant se convierte en un superficial entomólogo del alma humana, incapaz de adentrarse en los entresijos del comportamiento… hasta reducir su esencia a lo más básico y primario, a lo más simple y falso. 

Ni Georges manifiesta esa herida de manera convincente y explícita -salvo por las dos alusiones a su padre-, ni ninguna de las tres damas seducidas se escapan al arquetipo femenino de mujer pasional, independiente o reprimida. Son, por otra parte, individuos sin conciencia ni moral… pero no porque actúen al margen de ella y lleven una vida licenciosa y desleal, sino porque en ellos no se atisba ningún planteamiento sobre la bondad y maldad de sus acciones, porque se presentan como autómatas impulsados por un instinto básico y una razón de mínimos, porque terminan convirtiéndose en marionetas sin vida con las que resulta difícil empatizar. De ahí el fracaso de una cinta donde deseo, orgullo o ambición terminan siendo ideas mal dibujadas en el guión e insuficientemente encarnadas en la interpretación. 

Porque la realidad es que tampoco se lucen Declan Donnellan y Nick Ormerod en la dirección de actores, y sólo el oficio de Uma Thurman, Kristin Scott Thomas o Christina Ricci permite que sus personajes no terminen siendo patéticos y risibles. ¿Y qué podemos decir de Robert Pattinson, con tantos primeros planos que buscan descaradamente a la espectadora adolescente? Pues que o bien el actor cree seguir trabajando en la saga de “Crepúsculo”, o bien sus registros son tan limitados como faltos de fuerza y expresividad. Con todo, “Bel Ami, historia de un seductor” se queda en el fallido intento por mostrar el alma humana, en la insulsa crónica de un arribista herido que trataba de incorporarse a la alta sociedad francesa, en el ejemplo de unas pasiones encorsetadas y disecadas por el armazón de un guión de laboratorio.

 

Julio Rodríguez Chico

 

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