La eterna búsqueda de Angelopoulos

En estos momentos de desconcierto y dolor por la inesperada muerte de Theo Angelopoulos, “Pantalla90”quiere unirse en homenaje a cuantos aprendieron con sus películas a amar el cine como valor cultural y artístico, a descubrir a la persona que camina entre la espesura de la niebla buscando algo que necesita, a servirse de todo lo que entraba en el plano para conocer quiénes somos y ser felices en el intento, a saber convertir la prosa épica diaria en poesía lírica y la imagen en reflejo de una sociedad que marcha a la deriva. Sirva este artículo de reconocimiento a su persona y a su cine, mientras lamentamos no llegar a conocer lo que sería la película “El otro mar”, que estaba preparando en estos días acerca de la crisis económica griega o aquella otra que iba a cerrar la trilogía sobre la Grecia del siglo pasado.

Al preguntarnos por la principal aportación de este autor al mundo del cine, uno puede pensar en esos planos secuencia que trataban de guiar al espectador por las calles de Sarajevo o Tesalónica y de ofrecerle una verdad sin la trampa ni cartón del montaje, y efectivamente hay virtuosismo junto a un sentido ontológico de lo que la imagen debe recoger y ofrecer. El espectador puede, asimismo, resaltar el ritmo pausado y  contemplativo de un desarrollo narrativo que se transformaba en poesía merced a una puesta en escena precisa y a una coreográfica bellamente armónica, y no le faltará razón pues está ante un artista de exquisita sensibilidad y elegancia. También puede reparar en la riqueza de sus metáforas y en el profundo conocimiento de una realidad sociopolítica ante cuyas injusticias no estaba dispuesto a callar, porque sin duda su cine es comprometido y crítico como pocos. de igual manera, es innegable su vasta cultura y la prolija erudición de Angelopoulos para hablar al hombre del siglo XXI sobre lo que fue su pasado e instarle a no repetir sus errores en el futuro. 

Y, sin embargo, lo realmente único y que le convierte en maestro es el haber conseguido aunar todos esos elementos en torno a una concepción humanista del cine, en ponerlo al servicio del espectador para enseñarle con la historia, la música, el arte, la literatura… a saber quién es realmente, qué quiere y qué busca en el mundo, dónde está el camino y dónde puede llegar si no enfoca bien su objetivo. Se trata de un cine para la vida y con un sentido ético que, sin embargo, no resultaba pretencioso ni moralizante, precisamente porque conocía al hombre y su necesidad de tratarle con libertad. Le bastaba con poner al espectador en camino, con plantearle interrogantes y dejarle un poco de tiempo para pensar, con ofrecerle bellas imágenes cargadas de sentido y finalidad, con despertarle del consumismo o pragmatismo imperantes… para que volase con el paso suspendido de la cigüeña. Su cine es poesía e idealismo, pero pegado al terreno de un siglo que avanzó entre guerras y atropellos, entre nieblas y oscuridades acerca de lo que el hombre encerraba en su interior, entre la ignorancia cultural y el empeño por desvirtuar el cine para convertirlo en producto de consumo. 

Para conseguir transmitir esa realidad antropológica, Angelopoulos es consciente de que tiene entre sus manos un instrumento con lenguaje propio y con recursos capaces de suscitar reflexiones y mover al sentimiento, pero también que debe ser honesto con el espectador y no manipularle como si se trataran de trucos eficaces y válidos para el entretenimiento pasajero o el engaño emocional. Sus películas debían tener un tempo adecuado a las imágenes para que calasen como lluvia fina, y en ellas tenía que trazar un recorrido con la cámara que acompañase al espectador pero sin privarle de libertad y mostrándole el marco espacial, crear un ambiente determinado con un trabajo fotográfico que reflejara el alma de sus personajes, impregnar de sentimiento y atemporalidad cada escena mediante una música evocadora que hiciera humano el entorno sin empequeñecerlo, insertar los diálogos justos y dejar espacio al silencio… para hablar con la imagen y suscitar la reflexión de quien se sentaba en la butaca de cine. 

De esta manera, su mirada antropológica invade y asume todas las realidades que señalábamos al inicio del artículo, porque Angelopoulos era ante todo un humanista que daba unidad al estilo y lo ponía al servicio del tema, que buscaba -como sus personajes- la verdad de la vida y su felicidad en medio de las dificultades y penalidades. Por eso, todas sus películas son, en cierta medida, un viaje y una odisea, una búsqueda permanente… y un desencanto continuado, porque su cine es, al final, triste y pesimista, nostálgico y algo desesperanzado o escéptico. La historia parecía haberle enseñado que el hombre siempre vuelve a tropezar en la misma piedra, en la violencia y el desencuentro, en el abuso de poder y la cosificación… pero también opinaba que había que volver a ponerse en camino para buscar… unas bobinas de cine (“La mirada de Ulises”), un padre ausente (“Paisaje en la niebla”), un amor imposible (“Eleni”), o la vida más allá de la muerte (“La eternidad y un día”). 

Una y otra vez, Angelopoulos cogía la maleta y tomaba el tren o se subía a una barca… para honrar a los vivos y a los difuntos, porque quería encontrar el sentido de la vida y luchar contra una dinámica de guerra, pobreza o abuso que parecía connatural al mundo. Aunque en apariencia sus historias fuesen locales o nacionales, en realidad esas tramas eran únicamente el andamiaje sobre el que montar una abstracción acerca de la condición humana, sobre la necesidad de conocer los orígenes y la propia identidad (la cultura y la misma filiación personal), sobre la lucha por una paz necesaria y por gozar de la eternidad en un día. Era la mirada de Angelopoulos, la mirada de un cineasta humanista y poeta que nos ha dejado, pero no abandonado.

Julio Rodríguez Chico

 

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