Crítica
Público recomendado: +16
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La figura trágica de Amedeo Modigliani, el pintor maldito de Montparnasse, revive en la pantalla con la película dirigida por Johnny Depp: Modigliani, tres días en Montparnasse. Sin embargo, lejos de ofrecer una mirada nítida y conmovedora sobre el genio italiano, la cinta transita por claroscuros —literal y simbólicamente— que hacen de esta experiencia cinematográfica una travesía irregular, aunque con destellos de profundidad.
Desde los primeros fotogramas, la película se sumerge en un filtro oscuro que parece arrastrar al espectador a una constante penumbra. La luz es escasa, no solo en el sentido visual, sino también en el narrativo: los primeros compases del filme son torpes, con diálogos carentes de sentido, personajes apenas esbozados y una dirección que no logra conectar emocionalmente. El espectador se siente perdido en una atmósfera densa, como si la historia flotara sin rumbo entre la bruma de París.
No obstante, la cinta mejora conforme avanza. El relato gana interés en la medida en que se adentra en el tormento interior de Modigliani, en su relación conflictiva con el mundo del arte, los críticos y los marchantes. Es aquí donde se encuentra el verdadero valor de la película: en ese retrato del artista incomprendido, herido por el rechazo y la pobreza, incapaz de encajar en un sistema que mide el talento con criterios ajenos a la creación auténtica.
Uno de los momentos más lúcidos es la conversación entre Modigliani y el coleccionista Maurice Gangnat. El diálogo entre ambos trasciende la anécdota para presentar dos visiones del arte: la del artista visceral, que crea desde la necesidad vital, y la del coleccionista que busca sentido en lo que adquiere. En una frase que resume el espíritu de la película, Modigliani le dice a Gangnat: “Tú has existido, yo he vivido.” Una sentencia que condensa la diferencia entre vivir para el arte y vivir del arte.
Lamentablemente, este enfoque más profundo queda empañado por varios aspectos técnicos y de interpretación. El doblaje al español resulta desacertado, especialmente en las voces de los personajes secundarios, y la actuación del protagonista tiende a la sobreactuación, perdiendo la sutileza que requiere un personaje como Modigliani.
La película, en definitiva, va de menos a más. Si bien la ejecución es deficiente en muchos niveles, la historia de Modigliani –ese creador solitario, perseguido por sus propios demonios– logra emerger con fuerza. El poeta maldito por excelencia, Charles Baudelaire, acompaña el tormento del personaje, cuyas obras fueron ignoradas en vida y celebradas tras su muerte.
Una cinta fallida en lo técnico, pero con un trasfondo que invita a reflexionar sobre el precio del arte y la tragedia de quienes lo habitan.
Rosa Die Alcolea