La casa al final de la curva

Crítica

Público recomendado: +16

Dice Lucrecio al principio del segundo libro de su De rerum natura:

 

“Suave, mari magno turbantibus aequora ventis,

e terra magnum alterius spectare laborem;

non quia vexari quemquamst iucunda voluptas,

sed quibus ipse malis careas quia cernere suave est”.

(Es dulce, cuando los vientos agitan las aguas en el vasto mar,

contemplar desde la tierra firme el gran esfuerzo de otro;

no porque sea un placer que alguien sufra,

sino porque es dulce ver de qué males uno mismo está libre).

 

No sabemos si el proceso obsesivo de Josh (Ben Foster), que Jason Buxton filma con solvencia pero sin genialidad, tiene su origen en esa dulzura que magistralmente describe el poeta latino, y es precisamente ese no saber lo que hace que la película sea especialmente interesante.
La potencia de la película es filmar una obsesión y una obsesión es, literalmente, un asedio, que a su vez es el efecto de “cercar un lugar fortificado, para impedir que salgan quienes están en él o que reciban socorro de fuera”.

El lugar fortificado que todos precisamos para proteger y desarrollar la vida, el hogar (la película empieza con la mudanza de Josh, su mujer y su hijo a su nueva casa) se ve literalmente invadido –cercado– por la muerte y sus efectos.

La sucesión trágica y terrible de accidentes brutales que tienen lugar en el jardín de la aparente idílica casa de la familia ejemplar funciona como catalizador de una serie de síntomas que responden a unos traumas más profundos y antiguos de lo que el espectador y los propios personajes son capaces de reconocer.
Josh se ve cercado por la muerte y el dolor, y en vez de huir a un lugar seguro, se ve atraído a convertirse él mismo en refugio de sí y de los potenciales accidentados que acaben en su jardín. Esta atracción, tan irresistible como misteriosa, impide que pueda abrirse a los demás cayendo en una disfuncionalidad tan triste como patológica.

Es esta la clave temática que motiva el conflicto central de la película: la relación entre deseo y deber, cuáles son los límites de la cordura, hasta dónde debe llegar la lealtad y cómo identificar cuál debe ser nuestra responsabilidad moral y social en cada momento.

Muy probablemente el desorden moral, familiar, laboral y social que causa la obsesión que padece Josh provenga de no comprender un concepto básico de la teología moral: el deber de estado.

Alejandro Matesanz

https://youtu.be/lHQXBYofc1I?si=dMwdEjYmyzP9EXWj

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