La buena suerte

Crítica

Público recomendado: +13

La buena suerte es la última película de Gracia Querejeta, basada en la obra de Rosa Montero. Pablo (Hugo Silva), arquitecto con gran éxito profesional, decide abandonar su vida en Madrid, bajarse en la estación de un pueblo olvidado y comprarse un piso ruinoso. Huye después de saber que su hijo se encuentra en búsqueda y captura por asesinato… y también huye de sí mismo. Allí conoce a Raluca (Megan Montaner), una mujer que creció prácticamente sola en centros de acogida, pero muy optimista, que ha aprendido a confiar en la suerte a pesar de que la vida es dura en muchas ocasiones. Acoge a Pablo desde el primer momento, ayudándole en todo lo que está en su mano.

La propuesta ofrece una reflexión —quizás no demasiado honda— sobre el dolor, la fragilidad, la esperanza y la posibilidad siempre abierta de la redención.

Con un estilo sobrio, sin artificios, Querejeta filma los silencios con la misma elocuencia que los diálogos. La narrativa avanza despacio, casi a tientas, como los protagonistas, marcados por sus respectivas heridas, que no son evidentes, pero sí profundas. El guion (coescrito por la propia directora) escoge el susurro frente al grito, el gesto frente al discurso. Y ese es quizá uno de sus mayores aciertos: confiar en la capacidad del espectador para leer entre líneas, para mirar más allá de la superficie.

El núcleo dramático principal del film es la mencionada crisis que atraviesa el protagonista, un hombre marcado por la culpa de no haber sabido estar a la altura como padre. La película insinúa, con delicadeza, pero sin detalles, que ese dolor tiene su origen en esa tragedia familiar que lo ha desbordado y paralizado.

Sin embargo, aunque esta herida es el motor emocional del personaje y de la trama, La buena suerte opta por no explorarla a fondo. Queda la sensación de que muchas preguntas —sobre su historia, sus decisiones pasadas, la relación concreta con su hijo— se plantean, pero no se desarrollan, dejando al espectador con incógnitas importantes sin resolver. Esta elección narrativa puede entenderse como respeto al misterio del sufrimiento humano, aunque por momentos genera cierta frustración, como si faltara una pieza esencial en el retrato de este hombre roto.

A pesar de todo ello, Pablo parece caminar por el desierto, con la esperanza —mínima, pero real— de encontrar una tierra prometida que quizá no sea otra cosa que una reconciliación con uno mismo y con el otro.

El título juega con la ironía y con la esperanza. ¿Qué es la buena suerte? ¿Un golpe azaroso del destino o una posibilidad creada a partir de encuentros significativos, de decisiones humildes y verdaderas? En un mundo en el que el éxito se mide en términos de números, rendimiento, eficacia o impacto, La buena suerte reivindica lo aparentemente insignificante: una conversación junto a una ventana, una sencilla comida compartida, un paseo sin destino. Momentos que, sin grandes aspavientos, son capaces de abrir grietas por donde se cuela la luz.

Esta historia sencilla, a través del personaje de Raluca y también del vecino cascarrabias y enfermo, Felipe (Miguel Rellán), habla de la compasión, no como condescendencia, sino como capacidad de mirar al otro con ternura y sin juicio. En la relación entre los personajes, marcada por la honestidad y el respeto al dolor ajeno, late una forma de amor que, en última instancia, recuerda que todos estamos llamados a levantarnos, una y otra vez, incluso cuando no creemos merecerlo.

Ahora bien, no todo en La buena suerte funciona con la misma fuerza. En algunos tramos, la contención emocional roza la frialdad, y la intensidad del drama se diluye en un ritmo demasiado uniforme. Hay escenas que parecen estirarse más de lo necesario y que podrían haber ganado fuerza planteadas de otra manera. Además, ciertos personajes secundarios quedan apenas esbozados, sin alcanzar el peso simbólico o narrativo que se intuye en ellos.

Aun con esas limitaciones, La buena suerte deja en el espectador buen sabor. No es una película redonda, pero su belleza reside en sus silencios, en sus personajes heridos que buscan, sin saberlo o decirlo, una segunda oportunidad.

Se trata de una historia que no resuelve ni impone, sino que propone. No sermonea, pero conmueve. Al final se percibe una certeza tímida pero firme: incluso en medio del dolor y la falta de sentido, la vida —siempre sorprendente— puede abrir un camino inesperado. En esa grieta que se abre al otro, entre fragilidades compartidas, asoma la posibilidad de algo nuevo: una redención discreta, casi invisible, pero profundamente humana.

Larissa I. López

https://www.youtube.com/watch?v=3PpFhGn6BPQ

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