Crítica
Público recomendado: +18
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Ha llovido mucho desde el estreno de 28 días después, concretamente 23 años desde que Danny Boyle, con guion de Alex Garland, sorprendiera a propios y extraños con su original propuesta de infectados, que no zombis. Tanto gustó que tuvo una muy exitosa secuela en 2007 dirigida por Juan Carlos Fresnadillo que también tuvo una gran recepción y, para muchos, superaba a la original. Entonces la saga se detuvo a la espera de que llegara la tercera entrega. 18 años ha tardado Boyle en hacerla, llamada 28 años después, con gran visceralidad y un resultado interesante aunque cuestionable.
Han pasado casi tres décadas desde que el virus de la rabia escapó de un laboratorio de armas biológicas, y ahora, todavía bajo una cuarentena brutalmente impuesta, algunos han encontrado formas de existir en medio de los infectados. Uno de estos grupos de supervivientes vive en una pequeña isla conectada al continente por una única carretera fuertemente defendida. Cuando uno de los miembros del grupo abandona la isla para adentrarse en el oscuro corazón del continente, descubre secretos, maravillas y horrores que han mutado no sólo a los infectados, sino también a otros supervivientes.
Primero, la buena noticia para los fans: Danny Boyle regresa con el mismo guionista de la primera película para entregar una secuela que da exactamente lo que promete: infectados, sangre, vísceras y supervivencia en un mundo posapocalítico que ha sucumbido a una enfermedad de la rabia extremadamente contagiosa. El regreso es interesante sobre todo a nivel técnico porque muchas secuencias han sido rodadas con multitud de iPhone 15 Pro Max, lo que le da un aspecto muy distinto de lo que estamos acostumbrados, sumando además unas fabulosas ubicaciones al norte de Escocia.
A nivel guion no hace mención a lo que ocurrió en 28 semanas después y, recordando lo que pasó nada más comenzar el brote, vuelve a la actualidad para mostrar una sociedad que vive como en la Edad Media, de hecho hay metidas escenas de lo que serían documentales de cómo se vivía en esa época paralelamente a escenas de cómo viven actualmente los supervivientes: arcos, flechas, edificaciones de similares tamaños y materiales, etc.; el peso de la actuación recae sobre dos estupendos Aaron Taylor-Johnson y el jovencísimo Alfie Williams, especialmente brillante en su transición hacia la madurez. Tiene menos presencia Jodie Comer aunque también está muy bien, y muy poco Ralph Fiennes para lo que se le ha publicitado, pero sus apariciones rebosan calidad.
Boyle muestra una sociedad aparentemente tranquila y ordenada, pero que en cuanto se “rasca” un poco aparecen los defectos en forma de problemas familiares y fiestas de celebración en las que se desbarra demasiado, viniendo a decir que fuera del pueblo habrá infectados, pero los de dentro del poblado están igualmente o aún más enfermos. En este sentido hay un pequeño detalle sexual en el que no se incide demasiado pero que se podría haber mostrado con más elegancia; al menos se insiste en que, al final, los problemas de los padres los acaban sufriendo aún más los hijos, grandes damnificados de que sus progenitores no cuiden el matrimonio como deberían.
Boyle se luce especialmente en una intensísima persecución nocturna que atrapa al espectador y le hace pegarse a la butaca, sin duda lo mejor del filme. También ayuda la introducción de pequeñas pinceladas de humor que hacen que no todo sea dramático y hasta trágico, buen hacer en ese sentido del guionista, quien además aporta una parte relacionada con la Iglesia con una de cal y otra de arena: una iconografía y una frase memorable sacada directamente del Evangelio pero precedida de una visión muy pobre y hasta sectaria de la religión. Sinceramente, en una película con esta temática, había una gran oportunidad para abrirse a mensajes sobre la trascendencia, pero es una oportunidad perdida. Al menos sí lo hay, y positivo, sobre las nuevas vidas, inocentes ellas de todo lo que pasa.
Sin embargo, y a diferencia del primer filme, en esta ocasión la narración es más confusa por un libreto no tan definido como los anteriores. A ello se suma la inserción de una especie de sueños por parte del joven protagonista que no tienen mucha explicación, salvo que haya que esperar a la secuela que ya está en marcha. Tampoco hacía falta una fuerte blasfemia (al menos en los subtítulos, veremos en qué queda en la versión doblada) que se podía sustituir por la multitud de palabras malsonantes que pueblan nuestro rico idioma. Lo que no tiene un pase es la dulcificación de un asesinato encubierto como es la eutanasia, mostrado aquí como un acto de compasión. Por mucho que Boyle lo vista de seda, en asesinato se queda.
Como decimos, se cargan las tintas en la parte sangrienta, algo absolutamente esperado, pero sorprende encontrar grandes similitudes con la saga Depredador en algunas decapitaciones. Parece que los grandes clásicos nunca pasan de moda, y menos ahora que ha estrenado película en formato animación y está por llegar otra de imagen real en noviembre.
Así que, en conjunto, tenemos una secuela que cumple con lo prometido con un director que sabe rodar muy bien, con más infectados, violencia y gore, pero que a nivel guion no alcanza la calidad que se vio en la primera película y que Fresnadillo logró madurar con la segunda. Desde luego gustará a los más fans del director y de su obra, pero recomendamos abstenerse a los que no lo sean y busquen algo menos violento y más profundo.
Miguel Soria