Crítica
Público recomendado: +18
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El segundo largometraje de Polo Menárguez, director que sorprendió con El plan, se adentra en un terreno más ambicioso con El talento, un thriller psicológico inspirado en La señorita Else (1924), de Arthur Schnitzler, cuya sombra ya planeaba sobre Eyes Wide Shut. Aquí, Menárguez dialoga con un texto clásico y lo reinterpreta desde una estética contemporánea y sofisticada.
La historia nos acerca a Elsa, una joven estudiante de violonchelo con mucho talento, se une a la celebración del cumpleaños de su amiga Idoia, una lujosa fiesta en una mansión rodeada de gente adinerada y lasciva. Rodeada de glamour y promesas de éxito, su noche da un giro inesperado cuando recibe una llamada de su madre. Lo que su madre le pide pone a Elsa en una encrucijada: tiene la posibilidad de sacrificarse para asegurar su futuro, pero a costa de su propia dignidad. Entre la música, el privilegio y la moral, Elsa deberá decidir quién es y hasta dónde está dispuesta a llegar.
La película despliega una puesta en escena elegante, con una iluminación cuidada que remite a superproducciones recientes como Emilia Pérez (Jacques Audiard, 2024) o Better Man (Michael Gracey, 2024), es decir: fondos oscuros, atmósferas densas y un personaje central que parece descontextualizado, en tránsito constante, refuerzan esa sensación de desarraigo y búsqueda. La ambición estética es evidente, aunque a veces corre el riesgo de imponerse sobre el propio relato.
En el guion, coescrito por Menárguez y Fernando León de Aranoa, se perciben algunos altibajos. Resulta llamativo ver el nombre de Aranoa en unos créditos alejados de su estilo habitual: aquí hay menos naturalismo y más construcción artificiosa, más sombras que cotidianeidad. Ciertos matices quedan desdibujados —como la verdadera intencionalidad de la madre frente al personaje interpretado por Pedro Casablanc—, lo que resta fuerza a un conflicto que prometía mayor hondura dramática.
Donde El talento gana terreno es en las interpretaciones: Pedro Casablanc, impecable como siempre (soberbio en Querer, la última obra de Alauda Ruiz de Azúa), sostiene con solidez los duelos dialécticos con una Esther Expósito que deslumbra con una madurez inesperada, sobre todo, en las escenas en solitario: ya sea tras el chelo, o frente al propio Casablanc, su presencia llena la pantalla con una mezcla de fragilidad y determinación. Conviene detenerse en el esfuerzo que exigió este papel a Expósito. Según relató en su entrevista con Pablo Motos en El Hormiguero, la actriz tuvo que aprender a tocar el violonchelo con la ayuda de una coach profesional. No se convirtió en intérprete de concierto, claro está, pero trabajó arduamente la postura, la gestualidad y la disciplina física que impone un instrumento de esa magnitud. Confesó que acababa con dolores tras los ensayos, prueba de una entrega que trasciende lo anecdótico: cuando toca, aunque la música real pertenezca a una chelista profesional, el espectador siente que el sonido nace de su cuerpo.
El talento, en conclusión, es una intrigante y entretenida cinta de suspense que, lejos de ser imprescindible para la colección de grandes títulos del cine español, aborda un tema importante pero no aporta matices nuevos sobre él. Nos quedamos con la reflexión que plantea: ¿hasta qué punto entregarías tu dignidad con tal de ayudar a tu familia?.
Rosa Die Alcolea
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