Crítica
Público recomendado: +16
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Ya no quedan junglas es la ópera prima de Luis Gabriel Beristáin, veterano director de fotografía que aquí debuta tras la cámara con la adaptación de la novela Ya no quedan junglas adonde regresar de Carlos Augusto Casas. La película se presenta como una coproducción entre España y México, con un reparto donde se cruzan figuras internacionales como Ron Perlman junto a actores del panorama español y latinoamericano.
La historia sigue a Theo, conocido como “El Gentleman”, un exsoldado que sobrevive marcado por la soledad y la culpa. Su único consuelo es Olga, una prostituta con la que se reúne cada semana no para buscar sexo, sino para conversar y recordar quién fue. Cuando Olga es asesinada, Theo emprende una venganza que lo arrastra a un viaje de violencia y desgarro. A su paso se cruzan la inspectora Iborra, hundida en el alcohol, y un sicario apodado Herodes, que terminan atrapados en esta espiral oscura.
El guion de Ya no quedan junglas articula estas tres líneas narrativas —la venganza de Theo, la investigación policial y el seguimiento del asesino—, pero no siempre consigue que encajen de manera fluida. Hay momentos de intensidad, sobre todo en la intimidad del protagonista, donde asoma el peso de la memoria y el dolor. Sin embargo, otros personajes quedan reducidos a rasgos esquemáticos: la inspectora apenas tiene recorrido más allá de su adicción y los sicarios bordean a veces la caricatura.
Beristáin brilla en lo que mejor sabe hacer: la puesta en escena y la atmósfera. La ciudad, con sus calles húmedas, nieblas y rincones sombríos, se convierte en un personaje más que oprime a los protagonistas. Los encuadres están cuidados, la luz siempre tiene intención dramática y la fotografía construye un noir moderno de tonos fríos, con contrastes marcados y sombras que devoran el plano. El montaje, en cambio, acusa cierta rigidez; algunos cortes subrayan demasiado la violencia o el tránsito emocional, rompiendo el fluir natural del relato.
La música de Ya no quedan junglas acompaña con discreción y el diseño sonoro sabe cargar de tensión los silencios. La estética, en conjunto, es su punto más sólido: un envoltorio elegante que sostiene una narración menos afinada.
En cuanto a los temas, la película se adentra en territorios hondos: la culpa, el duelo, el sentido de la venganza y la imposibilidad de redención cuando el dolor lo consume todo. Theo es un hombre vacío que busca justicia a su manera, pero el relato no lo presenta como héroe: más bien lo desnuda como alguien atrapado en su propio infierno. La pregunta que queda flotando es inevitable: ¿puede la violencia reparar algo, o solo prolonga el vacío?
No hay escenas sexuales explícitas; la relación con Olga está planteada desde la intimidad y el afecto más que desde el deseo carnal. La violencia, en cambio, está muy presente. Es dura, explícita en algunos momentos, pero responde a la naturaleza del género y no busca la gratificación fácil: intenta mostrar el coste real de esa espiral de destrucción.
En conjunto, Ya no quedan junglas es una obra desigual: poderosa en lo visual, débil en lo narrativo. Deja la sensación de que Beristáin, pese a su bagaje como fotógrafo, todavía necesita afinar la musculatura narrativa para equilibrar forma y contenido. Es, sin embargo, un debut con destellos de verdad emocional, que abre la puerta a una filmografía futura con potencial si logra conjugar estilo y sustancia.
Para el espectador amante del cine negro y de atmósferas sombrías, puede ser una experiencia sugerente. Para quienes buscan un relato cerrado y preciso, dejará la impresión de una promesa inacabada.
Gabriel Sales
https://www.youtube.com/watch?v=JkpaWiK7wHs[/embedyt]