Crítica
Público recomendado: +16
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Dicen los más sabios que para saborear la vida en su totalidad y plenitud, basta con aprovechar los encuentros que se tienen. Como si el encontrarse con ciertas personas pudiera abrirnos nuevos horizontes del ser. Otros incluso dicen que el currículum no es tanto los títulos obtenidos como los encuentros vividos en ese tiempo.
En esta película Chuck tiene dos encuentros fundamentales que le cambian la mirada: el de su profesora que le habla de Walt Whitman y el encuentro con su abuela, al ver cómo ella supera un trauma difícil y se pone a bailar. Porque, en el fondo, cada ser humano se realiza en una relación: somos relación, existencia entrelazada. Y ese tejido común que Whitman sugiere coincide con la enseñanza de Jesús de Nazaret: “Amarás a Dios… y “al prójimo” como a ti mismo”. Esa comunión silenciosa recuerda a Luces de la ciudad de Chaplin, donde un simple gesto o una mirada bastaban para revelar toda la grandeza del alma humana.
La vida de Chuck es una joya de tres actos que debe contemplarse con atención, como quien observa un tratado de metafísica o una escultura hermosa. En esta película se nos cuenta la vida de Chuck, como dice su título, desde su nacimiento hasta su último día. Su director Mike Flanagan nos la cuenta al revés de lo esperado, lo que genera una estructura diría que académica, que, al mismo tiempo, ayuda a comprender mejor la historia. Porque no es lo mismo abrazar a alguien sabiendo que el mundo se acaba hoy, que no saberlo. El abrazo —su intensidad, su ternura, su duración y la respiración que conlleva— es sustancialmente distinto. De ahí que el director modifique la narración. Esta inversión no solo ordena los hechos, sino que ilumina el sentido: nos hace descubrir que lo aparentemente banal —un trabajo corriente, un café, un número, una mirada— puede estar lleno de trascendencia. En la vida de Chuck, lo cotidiano y lo sagrado se tocan, como si el milagro habitara en las rutinas más simples. Esa mirada que une lo cotidiano con lo cósmico conecta también con el cine de Terrence Malick, especialmente con El árbol de la vida, donde la existencia humana se contempla como parte de un universo en expansión.
En cuanto a la temática de la obra domina una hermosa curiosidad por la vida, por la muerte y por cómo aprender a mirarla. Es muy interesante cómo el baile introduce una posición originaria para afrontar el drama y la alegría de vivir. Porque antes de la palabra, como ocurre con el canto, está el movimiento. El baile puede modificar pensamientos, afirma la identidad y eso sanar la vida de quien baile y de quien le rodea. Como vemos también en la película Billy Elliot, en donde un joven demuestra que amor al baile termina contagiando no solo a su familia sino a todo su pueblo. De ahí que la danza sea un arte, capaz de expresar “el ser” y rescatar lo humano. Porque al final, vivir —como bailar— no consiste en durar, sino en dejar que la vida se mueva a través de nosotros. Y así, se produce lo que hoy se conoce como revolución de la conciencia y del amor.
En definitiva, una poderosa y sencilla obra, basada en un cuento de Stephen King, que contiene dentro los secretos del Universo y del ser humano. Quizás el público más joven no sepa conectar con ella, aunque intuyo que muchos sí lo harán. Sin duda una de las mejores propuestas del año que debería estar presente en premios, festivales y cine fórums. No se la pierdan.
Carlos Aguilera Albesa
https://www.youtube.com/watch?v=s9obguLzHdw