Crítica
Público recomendado: +12
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En algún momento hacia el comienzo de Father Mother Sister Brother se afirma una realidad universal: se puede escoger a los amigos y a las parejas, pero no la familia en la que uno nace. Habrá quien tenga la suerte de descender de un matrimonio fundado en un amor que se dilata de manera omnidireccional hacia su entorno, hacia sus hijos en primer lugar; otros verán la luz del mundo en el seno de un hogar dominado por el formalismo moralista y las relaciones de poder; están también aquellos que son víctimas de unos padres expertos en juegos de manipulación, y que aprenderán, como por ósmosis, las reglas de los mismos. Nuestro universo personal —el modo de verlo y de vivirlo— permanece marcado, también en la edad adulta, por esta experiencia fundamental. Es por ello que el gran acierto del siempre lúcido Jim Jarmusch consiste en revelar en su nuevo film, merecido León de Oro en Venecia, la interdependencia entre la cultura familiar de partida y el modo de ver el mundo, y de acercarse a los demás.
Siguiendo la estela de otros filmes episódicos de su filmografía, especialmente del valiosísimo Noche en la tierra (Night on Earth, 1991), y centrándose en las tres posibles herencias arriba esbozadas —si bien en orden inverso—, el realizador norteamericano hace que la forma fílmica de cada uno de los fragmentos corresponda al tipo de vínculo expresado. Así, el primer episodio, dedicado a un padre viudo al que van a ver sus hijos, se centra en la puesta en escena existencial que definen los objetos y la actuación, a ratos histriónica, del progenitor interpretado por Tom Waits. En la segunda parte, rodada prácticamente por completo en interiores, el realizador de Ohio transmite la rigidez de las relaciones entre la escritora a quien da vida Charlotte Rampling y sus dos hijas diametralmente opuestas (Vicky Krieps y Cate Blanchett, ambas irreconocibles) por medio de un estatismo de cámara aún más acusado que en el fragmento anterior, de cortes de montaje allá donde se esperaría un trávelin, de la obsesiva ordenación de la merienda y, en general, de unos diálogos a lo Samuel Beckett, donde todos hablan pero a nadie interesa realmente lo que tienen que decir. Por último, Jarmusch reserva con acierto el mayor dinamismo de su film para la tercera historia, Sister Brother, donde narra la armónica relación entre dos gemelos que rememoran la historia de amor de sus padres recientemente fallecidos; es en este tramo final donde el film respira al fin, y el espectador con él.
Como es habitual en otras cintas del cineasta «de lo que pasa en la vida cuando no pasa nada» (Javier Ocaña dixit), una serie de elementos recurrentes contribuyen a forjar una mitología propia dentro del film. Así como la excelsa Paterson (2016), por ejemplo, hacía variaciones sobre sus parejas de gemelos, el tema del fuego o el dualismo blanco/negro, en el film que nos ocupa Jarmusch define las diferencias en las relaciones humanas en base a la presencia reiterada del agua y de los brindis, de fotos antiguas que revelan más de lo que muestran, de planos cenitales de las mesas en torno a las cuales se reúnen los personajes, o de patinadores callejeros devenidos símbolo de un modo de posicionarse ante la realidad; un modo sutil, como todo en las películas de Jarmusch, siempre tan atractivas por su habilidad para captar la poética de lo cotidiano. Un modo distinto para cada personaje, y aun para cada espectador, que tomará partido instintivamente a través de una respuesta en la que reverbere su propia experiencia frente al tema central del film, que no es otro que la relación directamente proporcional entre el amor y la libertad, procedente y expresada a través de las relaciones familiares. Para volver a ver y seguir pensando.
Rubén de la Prida
https://youtu.be/vS8WyBYH1YA?si=95iYaojhgMXkNmyE