Crítica
Publico recomendado: +13 años
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Existe un grupo selecto de actores con un talento tan excepcional que son capaces de cargarse una película entera a sus espaldas y convertir guiones irregulares en entretenimientos disfrutables. La película les pertenece a ellos, y todo lo que está a su alrededor lo está para su propio disfrute y beneficio. Jodie Foster demuestra en Vida privada motivos de sobra para pertenecer a tan exclusivo club ofreciendo para ello una exquisita interpretación en la que disfruta haciendo gala de un admirable dominio del francés. Interpreta en esta ocasión a Lilian Steiner, una psiquiatra fría y desconfiada que en ocasiones resulta entrañable y en otras desquiciante y a la que Foster impregna una personalidad arrolladora.
El punto de partida de la película es el suicidio de una de sus pacientes en circunstancias de lo más extrañas y su obsesión por descubrir la verdadera causa de su muerte. La sinopsis resulta interesante y está planteada de una forma tan eficaz que el primer tercio de la película se sigue con interés y en compañía de varias carcajadas. Parte del mérito debe atribuírsele a la aparición en pantalla de su exmarido, un oftalmólogo que interpreta una leyenda del cine francés como Daniel Auteuil. La química entre ambos se palpa desde su primera escena y juntos construyen una relación madura, tierna y que es lo más destacable de toda la película. Daniel se erige como el único verdaderamente capaz de lidiar con una personalidad tan difícil como la de Lilian y ese mutuo conocimiento del otro nos regala momentos cargados de belleza.
El problema de Vida privada es el delirante desarrollo de una prometedora historia que cuenta con un guion que abarca más subtramas de la que es capaz de abordar y que termina por atropellarse en su desenlace. Y no puede decirse que esté mal dirigida, es más Rebecca Zlotowski rueda de forma solvente, sin estridencias y con secuencias como la de hipnosis en las que demuestra cierto virtuosismo. Sin embargo, existe un enorme desequilibrio entre la luminosidad de las escenas cómicas y la apatía con la que se sigue su vertiente detectivesca. Los giros de guion inverosímiles vencen al espectador por agotamiento y uno acaba por perder el interés en descubrir al culpable del fallecimiento de tan bella mujer. En definitiva, una película que se salva por la emoción que produce ver a una leyenda como Jodie Foster divertirse como una niña pequeña.
Jaime Paricio