Crítica
Público recomendado: +12
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El actor Bradley Cooper inició una prometedora carrera de director con su celebrada versión de Ha nacido una estrella (2018), que incluso fue nominada al Oscar a la mejor película. Después de un discreto segundo filme, Maestro (2023), nos llega Sin conexión, su tercera incursión detrás de las cámaras, la primera en la que no se ha reservado el papel protagonista.
Sin conexión nos presenta a un matrimonio que se separa y se prepara para un problemático divorcio, con dos hijos de por medio. El marido, Alex, encuentra una vía de escape a su dolor en el circuito de monologuistas aficionados.
Es difícil definir el tono de Sin conexión. No llega a ser lo suficientemente divertida para ser una comedia, ni lo suficientemente seria para ser un drama. Muchas veces la mezcla de esos dos géneros puede dar resultados espectaculares, como en la mítica El apartamento (Billy Wilder, 1960). En el caso que nos ocupa, en cambio, no parece una mezcla “cuajada”: da la sensación de que Bradley Cooper va dando palos de ciego, como si no terminara de decidir qué película quiere hacer.
El guion toca de forma bastante superficial el drama que puede suponer un proceso de separación y divorcio. Aunque hay un par de momentos aislados en los que se refleja, Cooper no llega a profundizar. La perspectiva es muy psicologista, falta un acercamiento más humano y tangible de la situación.
Por el lado narrativo, la película se atasca después de que Alex empiece a realizar monólogos. Solo en el tramo final, la historia vuelve a coger vuelo con un giro inesperado, pero es ya tarde, el metraje de dos horas pesa demasiado para una historia sin mucha densidad.
Como ocurría con las anteriores incursiones de Cooper en la dirección, lo mejor de Sin conexión son las interpretaciones de sus actores. En el aspecto visual, la película no destaca demasiado. Con una inquieta cámara al hombro se intenta darle un aire suelto, casi documental, que no acaba de funcionar con esta historia. Incluso coquetea con una ruptura de la cuarta pared, cuando el protagonista mira a cámara al realizar su primer monólogo, desvelando así el punto principal de la historia: Alex utiliza esas actuaciones para abrir su corazón y dejar salir su dolor. Se podría haber elaborado una historia más interesante reflexionando sobre el papel del arte como espejo y bálsamo, pero Cooper nunca llega a adentrarse en tales disquisiciones. Sí podemos destacar un final que ofrece algo de luz y una perspectiva más positiva de las relaciones humanas.
En definitiva, nos encontramos ante una película irregular y demasiado larga para lo poco que cuenta, pero que ofrece algunos alicientes, en especial el apartado actoral.
Federico Alba.
https://www.youtube.com/watch?v=HgJtwsxzNDc