Crítica
Público recomendado: +18
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“El testamento de Ann Lee”, tercer largometraje dirigido por la noruega Mona Fastvold, es un biopic musical que cuenta la historia de Ann Lee, líder de la Sociedad Unida de Creyentes en la segunda Aparición de Cristo (Shakers). La película es notable en todos los aspectos técnicos (dirección, guion, actuaciones, puesta en escena, ambientación, fotografía, vestuario…) y su contenido es extraordinariamente interesante por motivos teológicos e históricos.
Por motivos teológicos, porque nos presenta un movimiento herético tan curioso como poco conocido. Los Shakers son -escribo en presente porque parece que quedan tres miembros de la secta en Maine (EE.UU.)- una secta que apareció en el seno de la Sociedad Religiosa de los Amigos (más conocidos como cuáqueros). Lo que le caracteriza con respecto al movimiento fundado por George Fox es una escatología inminente y la creencia de la doble naturaleza sexual de Dios que debe manifestarse en dos “Cristos”: masculino y femenino. Es muy curiosa la fundamentación teológica que pretenden darle a su error: si el ser humano está creado a imagen de Dios como hombre y mujer, eso significaría que Dios es también “bisexual”. A nivel escriturístico, sus referencias son el salmo 45, Jeremías 31, 22 y el capítulo 12 del Apocalipsis (todos los textos interpretados disparatadamente, claro).
El nombre que reciben popularmente (Shakers) no viene de un aspecto específico del movimiento, sino accidental. Al parecer estos no sólo tiemblan o temblaban, sino que se sacuden o sacudían violentamente y del mismo modo que Fox tenía a William Penn, fundador de Pensilvania, la fundadora de la secta Shaker -Jane Wardley- tenía a Ann Lee, que también viajará y se instalará en lo que será EE.UU. De hecho, vivirá su fundación (muere un año después del Tratado de París). Allí añadirá, a los dos rasgos específicos citados más arriba, otros dos: puritanismo (la única vía de la salvación es negarse a la “cohabitación carnal”) y “automesianismo” (ella misma se presentará como la manifestación femenina de Cristo).
Todas estas desviaciones no sólo son interesantes por el mismo motivo por el que todas las herejías lo son (para apuntalar la sana doctrina), sino por lo que tienen de relación directa con temas importantes de la actualidad (emotivismo –véase el reciente documento de la CEE-, feminismo…).
Con respecto al interés histórico, hay que decir que está muy bien ambientada la época de lo que se vino a llamar en el mundo protestante “primer gran despertar”, y que -por cierto-también tiene su continuidad en el último (“wokismo”), que no deja de ser una especie de derivación secular del primero.
Hay que tener en cuenta, para acabar, que el aspecto más mejorable de la película es que no aborda con la debida profundidad las cuestiones esenciales que permitirían entender mejor las motivaciones espirituales de Ann Lee (sobre todo la más importante: su autoidentificación mesiánica). La película se pierde, a veces, en un esteticismo vacuo y estéril. Es una pena que lo que más y mejor subraye sea el aspecto más superficial del movimiento: sus delirantes sacudidas colectivas.
Alejandro Matesanz