El último vikingo

Crítica

Público recomendado: +18

Dinamarca ha sido la cuna de algunos de los directores europeos más estimulantes de lo que llevamos de siglo. Nombres como Lars von Trier, Thomas Vinterberg o Nicholas Winding Refn han desfilado por los principales festivales internacionales, captando la atención de crítica y público. A esta nómina hay que sumar, por supuesto, a Susanne Bier, una cineasta que retrató con crudeza —y no poca lucidez— la violencia soterrada en las relaciones familiares. Suyas son obras tan notables como la oscarizada En un mundo mejor, Después de la boda o Te quiero para siempre.

Las películas de Bier, además de gozar de un éxito considerable en Estados Unidos, comparten varios rasgos distintivos: la presencia recurrente de Mads Mikkelsen y la participación decisiva del guionista Anders Thomas Jensen, responsable de algunas de las mejores producciones surgidas del país nórdico y figura capital en su reciente prestigio internacional.

Tras su última y excepcional película, Jinetes de la justicia, Jensen estrena ahora El último vikingo, una obra extraña e hipnótica de la que no cabe esperar una gran acogida entre el público mayoritario, pero sí entre quienes aprecian las propuestas inclasificables.

La película parte de una premisa tantas veces revisitada: un atracador que, tras salir de prisión, necesita recuperar el botín que escondió antes de ser detenido. El problema es que encomendó la tarea a su hermano Manfred, quien padece un trastorno disociativo de la personalidad que le impide recordar el lugar donde ocultó el dinero hace quince años.

Esa búsqueda funciona como macguffin que permite al director reflexionar sobre la identidad y sobre las heridas originadas por la carencia de afecto paterno. El filme indaga en la distancia entre la percepción que uno tiene de sí mismo y la que proyecta en los demás, y muestra con acierto cómo el ser humano tiende a construirse realidades paralelas para sobrevivir; cómo la memoria opera selectivamente para omitir episodios dolorosos y permitir que sigamos adelante.

Los dos hermanos están interpretados por colaboradores habituales de Jensen, Nikolaj Lie Kaas y Mads Mikkelsen; este último se adentra aquí en un registro poco explorado dentro de su filmografía. El popular actor danés, acostumbrado a encarnar personajes de presencia imponente y temperamento firme, interpreta a un hombre tímido, vulnerable y marcado por cicatrices emocionales. Mikkelsen demuestra —una vez más— por qué es uno de los grandes actores de su generación y también uno de los más injustamente ignorados en los grandes premios. Aunque la relación entre los dos hermanos pueda tornarse predecible, resulta conmovedora y está suficientemente trabajada como para sostener la credibilidad incluso en medio de sus disparatadas peripecias.

Jensen trata estos temas mezclando con absoluta indiferencia una negrísima comedia con el drama más desolador. Y todo ello sazonado con el uso brutalmente explícito de la violencia que popularizó Quentin Tarantino. La confusión de géneros que dota de personalidad y cierto encanto a la película se torna como uno de los elementos que pueden desorientar al espectador durante el metraje de la misma, encontrándose uno sumergido en una historia caótica que no parece nunca encontrar del todo un tono claro. 

Quien busque una película original repleta de personajes excéntricos y que sea capaz de sorprender continuamente encontrará en Él Último Vikingo un disfrutable homenaje a la excentricidad y una defensa a ultranza de la autenticidad, cueste lo que cueste.

Jaime Paricio

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