Crítica
Público recomendado: +18
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…Y una de arena. Tras su fábula de colorines en inglés titulada La habitación del al lado (2024), cartón-piedra panfletario sobre la atrocidad de quitarse uno la vida, la magia del mejor Almodóvar regresa en Amarga Navidad. O, al menos, parte de ella. No es el film que nos ocupa una obra inmaculada; podríamos hablar incluso de una buena mala película. Pero precisamente su imperfección, que por momentos transmite un aire como de esbozo o de pieza deliberadamente inconclusa, alimenta su grandeza. Amarga Navidad, que en realidad se titula Dulce Elsa, así como Dolor y gloria (2019) no era otra cosa que El último deseo, abraza en su propio núcleo y en su misma forma las contradicciones de la vida y del acto creativo, idénticas entre sí en el caso del artista. Su belleza emana precisamente —como sucede también en el cine de Douglas Sirk, tan admirado de Pedro— de las fisuras de la contradicción presentes en toda existencia y en toda obra.
Como en tantos filmes del canon almodovariano, sobre todo a partir de La flor de mi secreto (1995) y con intensidad creciente a medida que se acerca el final de su carrera, la trama pivota sobre el personaje de un director de cine, Raúl Durán (correcto Leonardo Sbaraglia), que trabaja en el guion de su próxima película. Resulta imposible no reconocer en él el trasunto idealizado del manchego; se intuyen por doquier los detalles autobiográficos. El sustrato de autoficción evidente delinea también, por otra parte, una estructura de metaficción consciente de sí misma. Así, desde el inicio del metraje, el film se tambalea continuamente de un lado a otro de la línea divisoria entre realidad y fantasía, entre el nivel del creador en el que impera Durán, y la dimensión de lo creado que habitan Elsa (impecable Bárbara Lennie), su novio “Beau” Bonifacio (Patrick Criado) o su amiga Natalia (Milena Smit), personajes a modo de espectros o reflejos de otros tantos moradores de la vida de Raúl, como estos mismos lo son de la del propio Almodóvar. La estructura de puesta en abismo se expande hasta el infinito cuando aprendemos que Elsa, la protagonista del film de Durán, es también una cineasta que trabaja en el guion de su tercer largometraje, en el que va destilando en la ficción los acontecimientos de la propia circunstancia. Lo cual no resultaría conflictivo si no fuera porque la directora de culto usa como desbloqueo creativo ciertos hechos demasiado trágicos de la vida de los otros, del mismo modo que Raúl libera un guion mediocre escondiendo (poco) entre sus páginas un episodio traumático de la vida de Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), su colaboradora durante décadas. La consecuencia del retorno infinito de los espejos es que acaban por difuminarse las líneas entre lo real y lo inventado, hasta el punto de que acaba uno por preguntarse si alguna vez las hubo. Se expone así, con el pudor menguante que acompaña al avance de la edad, el núcleo mismo de la gran pregunta de Almodóvar, la razón última de todo su amor por el cine.
Es verdad: Amarga Navidad es café para los muy cafeteros. Quienes miren de reojo el cine del manchego verán tan solo en ella un cansino ejercicio de solipsismo. Y no les faltará razón. Pero para quienes amamos su cine, o al menos la parte no dogmática del mismo —la que no trata de impartir, con el índice elevado, lecciones de moral o de política— Amarga Navidad supone un inesperado salto hacia adelante cuando ya creíamos que lo habíamos visto todo. El largometraje número veinticuatro de nuestro cineasta más internacional es una obra de madurez y un pequeño prodigio narrativo; un film que vuelve a deleitar con ese talento de Pedro para la puesta en cuadro, o para hacer interesantes los dramas de la vida, o para jugar como un niño chico con los resortes del lenguaje, fascinando una vez más con destellos de una innovación fílmica que, a estas alturas de la historia y de la posmodernidad, se antoja casi milagrosa. No olvidará el espectador, en este sentido, el antológico momento en el que aparece el “FIN” sobre la pantalla. Spoiler significativo: el metraje sigue luego. Como la vida misma.
Rubén de la Prida
https://youtu.be/SNbVMk-nLu4?si=HqH9pe_ymF5TPl_5