Crítica
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La profesión del crítico de cine —o del analista, o del estudioso del medio— es habitualmente muy satisfactoria. La mueve, literalmente, el amor al arte. Normalmente puede uno descubrir, aun en las obras más inmundas, retazos de excelencia; destellos valiosos a los que agarrarse, siquiera como a un clavo ardiendo, para poner en valor una determinada obra. La premisa es que uno se encuentre ante una película, aunque sea mala.
No es el caso de Torrente Presidente.
Lo declaro en público como quien confiesa un pecado privado: reconozco que quise ir a verla, como tantos otros de mis coetáneos; como millones de espectadores que han convertido el proyecto en el fenómeno taquillero del año, que posiblemente igualará, él solito, la recaudación del resto del cine español de 2026. El problema, reitero, es que no estamos ante una película. Ni siquiera ante un placer culpable, porque, en efecto, todo placer es denegado.
Por decirlo claramente: Torrente Presidente es un subproducto de desecho, zafio, grosero, torpe, extemporáneo, burdo, casposo, maloliente, descastado, nauseabundo, pobre, deslavazado, sudoroso, inmundo, rancio, intragable, pestilente, barato, costroso, cutre, superficial, insensible, antiestético, putrefacto y fraudulento. Lo asombroso no es que lo sea, sino que quiere serlo y no lo esconde.
Se debe reconocer, por ello mismo, la grandeza indiscutible de Santiago Segura como empresario y su talento como etnólogo. Se debe alabar su olfato finísimo para exponer sin rebozo la descomposición del país. Más que una parodia, la última sucursal de su franquicia es un diagnóstico del estado de las cosas; un estudio sociológico en toda regla. El CIS enmudece ante la habilidad demoscópica del único hombre capaz de reventar la taquilla en España; del único capaz de poner de acuerdo a Mariano Rajoy, Jordi Évole, Jesulín de Ubrique, Neus Asensi, el Señor Barragán, Kevin Spacey (¡!), Alec Baldwin (¿?), Carlos Herrera, Bertín Osborne (a quien le queda muy bien la Moncloa, todo sea dicho), el Gran Wyoming y, por supuesto, Fernando Esteso, quien aparece en pantalla ahogado y pálido, como entregando a su sucesor el testigo de la capacidad para arrastrar al españolito medio a la sala de cine. Pues que nadie se engañe, aunque lea Fotogramas: Segura no es heredero del grandísimo Berlanga, sino del finado y su compañero Pajares; la brocha más gorda del levantino —pongamos por caso Todos a la cárcel (1993) bautismo de celuloide del propio Segura— se antoja un pincel finísimo al lado del rodillo de Santiago.
Habrá quien diga que este cronista no entendió la sátira; claro que lo hizo, pero lo grave sería ignorar que no habita realmente la pantalla, sino el patio de butacas. Torrente presidente es, de hecho, una carcajada inmensa: la de un señor lo suficientemente inteligente no solo como para hablarle al pueblo en vulgo y forrarse, sino como para ponerle delante de los ojos —los números no engañan— un espejo oscurísimo, cargado de desesperanza. Y hacer, aún así, que la gente se ría y lo agradezca.
Rubén de la Prida
https://youtu.be/RTU3FvZYelk?si=SJnSe64EcjKN1F77