Calle Málaga

Crítica

Público recomendado: + 14 años

Maryam Touzani regresa a nuestras pantallas con un film tan delicado e intimista como los dos anteriores (Adam, 2019 y El caftán azul, 2023), pero, sin duda, el más personal. La acción se sitúa en el barrio español de Tánger, donde vivió su abuela andaluza, a quién dedica la película. Por otra parte, dar vida al personaje protagonista ha sido una forma hermosa de superar el duelo por el fallecimiento de su madre. En María Ángeles, la protagonista, Touzani rinde homenaje a la mujer anciana, pero alegre y capaz de disfrutar cada uno de los pequeños y maravillosos placeres de la vida, como ofrecer y recibir saludos y sonrisas de la buena gente de su barrio, extasiarse ante “la buena pinta” de las verduras y las frutas en los puestos del mercado, escuchar una y mil veces a María Dolores Pradera en su antiguo tocadiscos…

María Ángeles, a sus 79 años, está sabiendo envejecer, disfrutando de cada uno de sus días. Vive sola en su casa, pero no en soledad, porque sus vecinos son también sus amigos. Por eso lleva siempre en el rostro un gesto de apacible felicidad. Está donde le gusta estar: en Tánger, su ciudad de siempre, y en su casa, donde ha vivido desde que se casó, hace ya medio siglo.

Pero, tras un año sin aparecer, llega su hija Clara. Con un gesto hosco, le comunica que ha puesto en venta el piso de María Ángeles, porque su padre, antes de morir, lo puso a nombre de su hija para evitarse trámites testamentarios. Clara, de 45 años, tiene dos hijos y acaba de divorciarse. El sueldo de enfermera no le alcanza y, como considera que la vida de su madre ya no tiene otro sentido que dejar pasar los días uno tras otro sin esperar nada, ha decidido vender el piso con todos los muebles. Touzani denuncia esa postura egoísta hacia las personas mayores, hasta tal punto frecuente en nuestra sociedad, que incluso ha dado origen a un término: edadismo.

María Ángeles acepta en silencio la decisión de Clara. Solo su sonrisa desaparece y deja en su lugar un rictus de profundo dolor. Empieza entonces a conocer lo que es ser tratada con la condescendencia con la que se suele infantilizar a los ancianos, como si fueran seres fuera del curso de la vida. Pero ella no es una mujer que se resigne fácilmente y no está dispuesta a renunciar al gozo de vivir en su barrio, en su casa, entre sus amigos y sus recuerdos.

Touzani mezcla hábilmente ternura y humor en el retrato de esa anciana, capaz de las mayores osadías para recuperar su, paradójicamente, vida tranquila. Sin embargo, en su aventura por recuperar la libertad de seguir disfrutando de una existencia plácida y sosegada, el destino le deparará alguna sorpresa que jamás hubiera podido imaginar.

La cámara de Touzani se adentra por las callejas coloridas y bulliciosas de ese barrio tangerino donde se habla árabe y español, donde las buenas gentes ofrecen sus verduras y mercancías en pequeñas tiendas y establecimientos “de toda la vida”. El espectador casi puede percibir los olores y sentir también el corazón de esa ciudad amable y acogedora y comprende de qué modo tan intenso esa mujer tangerina de origen español está unida a esa ciudad, no de forma intelectual, sino visceral, orgánica. 

Una vez más, Touzani nos ofrece una pequeña joya cinematográfica, en la que la acción narrativa sirve de cauce para la acción interior, sensible y conmovedora. En perfecto equilibrio entre el drama familiar y la comedia amable, la película constituye un homenaje a Tánger, al cruce de culturas en paz y armonía; un canto de amor y gratitud a la madre y a la abuela de la cineasta, y, en última instancia, es también una magnífica oda a la vida, que encuentra su camino y su sentido, sea cual sea la edad.

Carmen Maura nos brinda, como no podía ser de otro modo, un trabajo impresionante, una interpretación luminosa, entre la tensión, la felicidad apacible y la recuperación de la sensualidad. Está muy bien secundada por el actor marroquí Ahmed Boulane y por la española Marta Etura, sin olvidar a María Alfonsa Rosso, la vieja amiga monja de María Ángeles, que, sin pronunciar ni una sola palabra a lo largo del film, logra provocarnos la sonrisa.

Mariángeles Almacellas

 

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