The Mandalorian and Grogu

Crítica

Público recomendado: +12

Cuando apareció la primera temporada de The Mandalorian (2019), muchos espectadores pensaron que estaban viendo simplemente un nuevo western espacial ambientado en el universo de Star Wars. Sin embargo, la serie escondía algo más profundo. Bajo los duelos, las persecuciones y los paisajes que recordaban al mejor John Ford, se desarrollaba una historia sobre cómo una relación verdadera puede cambiar una vida.

Din Djarin era un cazarrecompensas, un mercenario acostumbrado a vivir según un código. Pero la aparición inesperada de Grogu alteró por completo su existencia. Lo que comenzó como una misión terminó convirtiéndose en una responsabilidad y, finalmente, en una relación capaz de transformar su identidad. A lo largo de las tres temporadas vimos algo poco frecuente en la ficción actual: cómo una experiencia humana concreta puede modificar incluso la forma de entender una tradición. El código mandaloriano, el casco, el credo, la pertenencia al grupo o la propia herencia de los Jedi terminaban encontrando su verdadero significado a través del vínculo entre estos dos personajes.

Por eso, la llegada de The Mandalorian and Grogu deja sensaciones encontradas. La película funciona. Sus escenas de acción son ágiles, el montaje es fino y eficaz, y prácticamente no desperdicia un solo plano. Todo avanza con una velocidad calculada para mantener la atención del espectador contemporáneo. También resulta agradable la incorporación de Sigourney Weaver, cuya presencia aporta autoridad y carisma a la narración.

Sin embargo, la sensación dominante es la de estar contemplando dos episodios de la serie ampliados para la gran pantalla. La película abandona buena parte de aquella atmósfera de western crepuscular y sustituye los silencios, las miradas y los paisajes por una sucesión constante de aventuras. Hay entretenimiento, pero falta misterio. Hay movimiento, pero escasea la contemplación.

Quizá por eso la secuencia más hermosa de toda la película sea aquella ambientada en un bosque de apariencia casi mística, un lugar donde la naturaleza parece expresar visualmente la fecundidad de la relación entre ambos personajes. Allí reaparece durante unos minutos el espíritu de la serie. Sin apenas palabras, la imagen expresa el crecimiento interior de un vínculo que ha ido madurando durante años. El cine demuestra entonces que sigue siendo cine cuando sabe revelar el alma de sus personajes sin necesidad de explicarlo todo. Como ocurría en el mejor cine mudo, donde una mirada podía expresar más que páginas enteras de diálogo.

Y, sin embargo, sería injusto afirmar que la película olvida por completo lo sembrado anteriormente. Más bien recoge el fruto de ese camino. Si las tres temporadas mostraban cómo Din y Grogu descubrían quiénes eran a través de su relación, ahora vemos cómo esa relación se pone al servicio del mundo. Lo que antes era una aventura privada se convierte en una misión pública. Ambos se unen a la Nueva República para combatir el mal que amenaza la galaxia. La experiencia compartida genera un sujeto nuevo, capaz de asumir una responsabilidad más amplia.

Hay aquí una intuición profundamente humana. Al final, no son los códigos los que sostienen la vida, sino las relaciones que nos permiten comprenderlos. Toda la tradición mandaloriana, igual que la herencia de los Jedi, parece inclinarse ante la espontaneidad y la belleza de esta amistad entre un padre adoptivo y su hijo. Porque, como recordaba Luigi Giussani, la verdad se verifica en la experiencia. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido con estos personajes desde el primer episodio.

Como afirmó san Juan Pablo II, el hombre es el camino de la Iglesia. No porque la verdad dependa de nuestros sentimientos, sino porque está llamada a hacerse reconocible en la experiencia concreta de cada persona. Toda tradición auténtica termina siendo juzgada por su capacidad para responder a las preguntas más profundas del ser humano. Algo parecido ocurre en la serie The Mandalorian: la tradición, el credo y hasta el destino de Mandalore adquieren un significado nuevo a través de la relación entre Din Djarin y Grogu. Lo que parecía una amenaza para el código termina revelando su sentido más profundo. La experiencia no destruye la tradición; la confirma, la purifica y le devuelve su verdadero rostro.

Quizá por eso Grogu sigue siendo el gran tesoro de la saga. Su inocencia conecta con una necesidad que muchos adultos hemos olvidado. Federico Fellini aconsejó una vez a Steven Spielberg que nunca dejara de mirar el mundo como lo haría un niño. Grogu representa justamente esa mirada. Una forma de acercarse a la realidad con asombro, confianza y esperanza.

Tal vez ahí aparezca también la principal pregunta que deja esta película. Vivimos en una época dominada por la velocidad. Las redes sociales, los vídeos de pocos segundos y el desplazamiento infinito de contenidos han transformado nuestra forma de mirar, pensar y de relacionarnos. Todo debe ocurrir deprisa. The Mandalorian and Grogu parece adaptarse perfectamente a ese ritmo contemporáneo. Pero mientras observamos sus impecables secuencias de acción, uno no puede evitar preguntarse si estamos perdiendo algo por el camino.

Porque el corazón humano sigue deseando profundidad. Sigue necesitando silencio, paciencia y relaciones capaces de revelar quiénes somos realmente. La esperanza es que futuras entregas recuerden aquello que hizo grande a la serie. Porque una galaxia sin esa búsqueda interior sería algo parecido a un universo de Star Wars sin la Fuerza: espectacular, entretenido y emocionante, sí, pero privado de aquello que le daba sentido.

Carlos Aguilera Albesa

https://www.youtube.com/watch?v=e4wBYxrZvks

 

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