Crítica
Público recomendado: +12
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Hay heridas tan dolorosas que no somos capaces de afrontar directamente. Así que las rodeamos, hablando de cualquier cosa antes de volver a aquello que realmente duele. A veces el rodeo es tan largo que acabamos olvidando qué era exactamente lo que intentábamos evitar. Los recuerdos se acumulan, las historias se alargan y los detalles ocupan cada vez más espacio. Y, aun así, la herida sigue ahí. En Pálida luz en las colinas, Etsuko, una madre marcada por la muerte de su hija, pasa gran parte de la película hablando de otras personas, de otras vidas que parecen no ser la suya.
La muerte de su hija Keiko está presente desde el principio. Su nombre aparece, se menciona, pero nunca llega a ocupar un espacio claro en la película. Etsuko parece nunca llegar a mirar de frente lo que realmente sucedió. Cuanto menos habla de ella, más evidente se vuelve su ausencia.
Cuando Niki, la hija menor de Etsuko, vuelve a la casa familiar en Inglaterra, le pregunta a su madre por su vida antes de emigrar. Es entonces cuando Etsuko empieza a reconstruir su pasado en Japón, en un Nagasaki de posguerra que aparece siempre filtrado por la memoria. La ciudad aparece como un recuerdo, con una luz suave y colores cálidos, casi como una postal. Una imagen muy distinta de lo que uno esperaría de ese contexto. No parece una reconstrucción fiel de lo que ocurrió, sino una versión del recuerdo que, con el tiempo, suaviza lo más difícil y se queda con lo que puede ser recordado. Dentro de esos recuerdos aparecen Sachiko y su hija Mariko. Etsuko se detiene en ellas, y la historia se va quedando ahí, como en un desvío que se alarga. Para ella parece ser más fácil quedarse en ese otro relato que enfrentarse a lo que parece estar siempre detrás de todo.
Es difícil saber hasta qué punto Etsuko está intentando recordar o si por el contrario solo trata de encontrar la manera de explicarle a su hija algo que aún no ha sabido contarse a sí misma. Porque el camino que toman sus recuerdos parece conducir siempre hacia otro lugar. No tanto hacia una explicación como hacia una forma de convivir con el pasado. Como si los recuerdos no estuvieran intentando rememorar lo ocurrido, sino encontrar una manera de soportarlo. Por eso Keiko acaba adquiriendo esa cualidad casi fantasmal. Permanece en los silencios, en lo que no se dice, en lo que se evita una y otra vez. Pero la sensación que deja la película es que Etsuko no teme únicamente recordar a su hija, sino a enfrentarse a lo que esos recuerdos podrían decir sobre ella misma.
En esta línea, conforme avanza el film, el relato de Etsuko sobre su pasado en Nagasaki parece ser atravesado por la culpa. No necesariamente porque ella sea responsable de lo ocurrido, sino porque teme serlo. Porque algunas pérdidas no solo nos obligan a convivir con lo que sucedió, sino también con la duda de que las cosas podrían haber sido distintas.
La elección del director, Kei Ishikawa, de acercarse un poco más a aquello que la novela prefería dejar ambiguo nos da una respuesta, pero también nos aleja ligeramente de esa incertidumbre que convertía los recuerdos de Etsuko en algo tan inquietante. Precisamente en la obra de Kazuo Ishiguro siempre hay algo que se escapa. Algo que permanece inclusocuando la novela ha terminado y que la adaptación no termina de preservar del todo, como si el director no acabara de confiar la trama a la imaginación del espectador.
Como escribió Ishiguro, “muchas veces no distorsionamos el pasado para engañar a los demás, sino para protegernos de aquellas verdades que resultan demasiado difíciles de aceptar”.
Y quizá por eso algunas historias nunca llegan a conocerse del todo.
Ana Guil