Toy Story 5

Crítica

Público recomendado: Todos 

Debe decirse cuanto antes, ¡Pixar ha vuelto! Toy Story 5 recupera el espíritu de las primeras entregas de esta saga. Es cierto que repite algunas ideas que ya funcionaron, pero introduce un tema poderoso que justifica la historia. Vuelve la mejor de las aventuras para niños y adultos, pero sobre todo vuelve esa mirada sobre la realidad que todo cineasta debe tener en cuenta. Una mirada capaz de juzgar la realidad con tanta inteligencia que nos ayude a despertar. Con esta nueva entrega de la saga, el equipo de California de Pixar, enfrentan a los juguetes tradicionales contra las pantallas y dispositivos digitales. Lucha que todas las familias tienen en sus propios hogares, y que no solo afecta a niños sino también a los adultos. ¿Cómo recuperar la educación si se ha perdido al sujeto, que ya no sabe estar atento ni mirar lo real?

Todo comenzó allá por 1995 cuando se estrenó Toy Story, dirigida por John Lasseter. En ella los juguetes de Andy, un niño de seis años, temían que un nuevo regalo de cumpleaños les sustituya en el corazón de su dueño. Hoy en día son el equipo de juguetes más famoso del mundo. Las tres primeras entregas son consideradas como un pack de antropología, que muestra una sabiduría inaudita sobre la naturaleza humana: la necesidad de la pertenencia, que la vida (y la muerte) se enfrenta mejor en comunidad o que la preferencia (que Andy prefiera a Buzz) no hace más que avivar la vocación. Y aunque la cuarta entrega es más irregular, el personaje de Forky, para un humilde servidor, tiene una gran profundidad que no debe olvidarse. Me interesa su frikismo, sus luchas de identidad y su origen humilde (la basura). Porque esta saga también va de la acogida, de cómo todos son recibidos, incluso aquellos que son descartados, criticados o excluidos. 

El arranque de esta nueva entrega recuerda a los cortometrajes previos de Pixar: qué maestría para desde el inicio saber mirar más allá. Porque la misión de los juguetes está también muy presente en toda la saga. Su director Andrew Stanton es el responsable de grandes obras de la historia del cine como lo son Buscando a Nemo (2003) o Wall-e (2008), esta última siempre de rabiosa actualidad por su mensaje profético. Cabe destacar la presencia femenina de McKenna Harris que coescribe el guion junto a Stanton y que también codirige. 

Stanton y Harris narran con una agilidad visual que recuerda al mejor Steven Spielberg, sobre todo, en el uso de esos planos secuencia en movimiento que hacen avanzar la historia y reducen los cortes de montaje o en la forma de mantener la tensión y el suspense. Como dice el propio Spielberg, de Kurosawa aprendí a utilizar la naturaleza (lo que hay alrededor) para aumentar la tensión previa a la batalla. Hermosa la resolución de la trama del beso en la película, que sirve de ejemplo, al igual que el uso del barro en la escena del Rex en Parque Jurásico (1993). 

Un gran guion, una banda sonora dominadas por violines y violas con unos coros épicos, un finísimo montaje y una fotografía y encuadres que recuerdan a John Ford (con ese horizonte crepuscular arriba, para señalar la pequeñez de los juguetes). Pero, sobre todo, por saber engarzar el clímax emocional de la historia con el resto de tramas y hacerla, al mismo tiempo, universal y accesible a todos nosotros. Gracias Disney Pixar. Ojalá la Academia de Hollywood sepa reconocer en nominaciones el valor de esta película. 

Como sucede en la apertura de Toy Story 5, todos llegamos al mundo algo confusos, casi sin rumbo ni destino claro; es necesario que alguien nos despierte a la aventura de la vida. Como hace Buzz LightYear con todos esos juguetes que están tirados y apagados. Esta película porta en su interior un antídoto contra la invasión tecnológica de los últimos años. Tras verla quizás descubras que tu niño o niña interior sigue muy vivo y al llegar a casa, te pongas a jugar con tu hijo. 

Toy Story 5 es una película que recupera buena parte del espíritu de la saga al enfrentarse a uno de los grandes desafíos educativos de nuestro tiempo: la irrupción de una tecnología que ya no ocupa solo nuestros bolsillos, sino también la imaginación de nuestros hijos. Y aquí aparece la gran intuición de la película. No estamos ante una batalla entre juguetes y pantallas. El verdadero conflicto enfrenta dos maneras de educar la imaginación. El juguete no entrega un mundo terminado: invita a construirlo. Muchas pantallas, por el contrario, ofrecen universos completamente acabados. 

Como viene recordando la psiquiatra Marian Rojas Estapé, la sobreestimulación digital dificulta la atención, reduce la tolerancia a la frustración y hace cada vez más difícil disfrutar del silencio y de las relaciones profundas. La tecnología es un regalo extraordinario cuando permanece al servicio de la persona; el problema comienza cuando termina sustituyendo aquello que ninguna pantalla puede ofrecer: el juego compartido, la conversación, el aburrimiento creativo y el tiempo gratuito que permite crecer por dentro.

En el fondo, Toy Story 5 no critica la tecnología. Nos invita a preguntarnos qué clase de adultos queremos formar. Porque educar no consiste solo en transmitir información. Educar significa despertar una mirada capaz de descubrir belleza, agradecer la realidad y construir vínculos verdaderos.

Puede discutirse si esta quinta entrega alcanza la perfección de la trilogía original. Probablemente no. Pero sí demuestra que Pixar ha vuelto a mirar en la dirección correcta. 

Quizá por eso la célebre frase de Buzz Lightyear adquiere hoy un significado nuevo. «¡Hasta el infinito… y más allá!» ya no es solo un grito de aventura. Es una invitación a mirar más lejos que las pantallas, a proteger la imaginación de nuestros hijos y a recuperar el valor de una comunidad donde cada persona pueda sentirse recibida, querida y llamada por su nombre.

Porque, al final, Toy Story nunca ha tratado de juguetes. Siempre ha tratado de nosotros.

Carlos Aguilera Albesa

https://www.youtube.com/watch?v=w56cHtfyGT8

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