Crítica
Público recomendado: +12
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Puede afirmarse que el veteranísimo Yōji Yamada, que a sus 94 años ofrece esta Un taxi en Tokio, es un gran experto en remakes o adaptaciones. En una época en la que los grandes maestros descansan más allá de las nubes, o los más longevos se balancean en su porche, mecedora incluida y mascando tabaco, el cineasta que se dio a conocer para el gran público occidental con la bella y lacónica El ocaso del Samurái, sigue a pie de cámara, 65 años después de su primer largo. Clint, como coetáneo de Yōji, pídele por favor a Él que espere un poco más; se me encharcan los ojos solo de pensar en ti sin estar en este valle.
Yamada no masca tabaco, que yo sepa, pero continúa con su afición a adaptar otros cines a la sensibilidad cinematográfica de su país y cultura, némesis en muchos casos de la nuestra. Algunos lo llaman remake. En este caso, reinterpreta una preciosa pieza de cámara francesa, Un paseo con Madeleine, estrenada en 2022, que visioné en su momento y que pasó completamente desapercibida en España. Claro, la pobre Madeleine, pese a ser una señora con un atractivo y un carisma importantes, no tenía superpoderes, ni estaba todo el día hasta arriba de ansiolíticos. Aunque ambas, Un taxi en Tokio y su tronco francés beben de otra gran matriz, una película aparentemente pequeña que triunfó en los últimos premios Oscar de los 80: Paseando a Miss Daisy, un viaje que cuenta todas las vidas de un país construido a sangre y fuego (como la historia de nuestra protagonista), aunque si la estrenaran en esta era del streaming los exégetas del sprint dirían que es “lenta” y que “no pasa nada”. Dios da pan a quien no tiene dientes.
Un taxi en Tokio, por tanto, desarrolla la premisa inicial de aquella road movie crepuscular, tan potente y catalizadora de una narración como lo aparentemente prosaico e inane es materia prima del cine. En este caso, el día a día de Koji, un taxista con todos los problemas del primer mundo, que traslada a una anciana hasta su último hogar, una residencia para la tercera edad, ese horrible sintagma. Y este viaje, claro, será iniciático y liberador para ambos, aunque la señora Sumire tenga ya 85 años bastante vividos.
Un taxi en Tokio sería una excelente propuesta si su planteamiento fuera inédito y no un calco plano por plano de su plantilla francesa, mucho más sentimentaloide esta, eso sí, pero sin llegar a la aberración con la que Gus Van Sant ultrajó el legado de Psicosis. Le salva pues, la potencia de la historia, la luz y humanismo con los que Yamada trata a sus criaturas, y el contraste en la construcción de personajes: frente al hosco y “mediterráneo” Charles, nuestro taxista nipón se presenta afable y hasta naif, rasgos que definen la idiosincrasia de dos culturas muchas veces antagónicas.
Estructurada narrativamente de la misma manera que sus dos originales, Un taxi en Tokio se valora como un camino redentor, viaje otoñal, pero con la mirada puesta al frente, ruedas que impulsan al taxi que conduce y apuntalada con los inevitables y largos flashbacks (aunque aquí se añaden también ilustraciones e imágenes de archivo) tan de moda en el último cine subrayado, al igual que el montaje paralelo, muy del gusto de los showrunners, pero que llegan a astragar.
Y es verdad que, para que la puesta en escena de Un taxi en Tokio funcione, se necesita esta postura de contar toda una vida en el recorrido que va de un punto a otro de la misma ciudad, que bien podría haberse situado en un lugar más abstracto y alusivo, pero que no es el tipo de cine que busca el director ni de su mirada, sosias del paseo de Madeleine, sin desviarse, nunca mejor dicho, del carril del Feel Good Movie más delicado e intimista.
Yamada no ha querido hacer un filme ni experimental ni personal, sino que amolda al ecosistema local un relato universal, demostrando a la vez que las grandes historias pueden contarse por las calles haussmanianas de París o por esa bizarra mezcla entre milenarismo y ultramodernismo de una ciudad como Tokio.
Un taxi en Tokio, en definitiva, se ve bien y deja buen gusto en boca como un Rioja de año, pero no pasará a las estanterías del séptimo arte. Y qué. Seguramente ni lo pretenda un cineasta llamado a algo más elevado, pero denostado en estos tiempos de hype autorreferencial: la artesanía del cine, que no solo no es poco, sino que es mucho en la época de las odiseas hipertrofiadas.
Ignacio Ruiz de Gauna
https://www.youtube.com/watch?v=XJGM8viRm18