Crítica
Público recomendado: familiar
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A 500 millas de casa es una película sorprendente, prometedora y, en algunos aspectos, valiente y contracultural. El quinto largometraje de Morgan Matthews, director de películas importantes como X+Y y Williams, es un drama familiar, una película de aventuras y una road movie que presenta la odisea de un adolescente, Finn (Roman Griffin Davis), para llegar, junto a su querido hermano pequeño Charlie (Dexter Sol Ansell), a la casa de su abuelo.
El motivo fundamental por el que los dos hermanos huyen de casa de sus padres tiene que ver con el deseo de Finn de reunir, reconciliar y reconstruir los vínculos familiares, gravemente dañados por un acontecimiento del pasado que todavía no han sido capaces de asumir.
Se acompaña la primera primera parte de la aventura con una mezcla de alegría y agradecimiento. Alegría porque la historia es prometedora y luminosa, una especie de Paisaje en la niebla, pero optimista y, todo hay que decirlo, mucho menos genial. Y agradecimiento porque el leitmotiv de la cinta es una defensa de la importancia de la familia como institución fundamental, no sólo en su funcionalidad social obvia e inevitable, sino en su labor como origen y fundamento de la autopercepción de sus miembros y como núcleo esencial desde el que se forma nuestra sensibilidad y nuestra conciencia moral y espiritual. En un contexto sociocultural como el actual, en el que una de las ideas matriz, a menudo más implícita que explícita, tiene que ver con una visión eminentemente crítica de la institución familiar natural, entendida radical y fundamentalmente como alienante, este planteamiento es valioso en sí mismo.
Ahora bien, no podemos esconder que la película tiene ciertos aspectos que lastran una intención tan oportuna y conveniente como loable. En primer lugar, hay que decir que todos los aspectos estéticos son profundamente mejorables (la película no se deshace en ningún momento de un tono naif y ñoño que la hace estar más cerca de una tv movie que de una obra cinematográfica relevante) y la puesta en escena es esquemática y banal, con unos personajes planos y simples. Pero lo más grave es que, a nivel antropológico, uno de los temas más relevantes que aborda la historia (la pérdida) no presenta ese carácter luminoso y contracultural del que hablábamos al principio, sino todo lo contrario. Ahí, en el tema y momento más importante, la película es reflejo triste, continuista y patético de una sociedad que no sabe qué hacer con la muerte.
Alejandro Matesanz