Crítica
Público recomendado + 18
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«Palestina 36», de Annemarie Jacir, es una película dolorosísima. La directora palestina (Belén, 1974) a quien ya conocemos por «La sal de este mar» (2008) y Wajib (2017) rescata del olvido el que seguramente sea el episodio más importante para comprender el conflicto árabe-israelí desde la perspectiva palestina: la Gran Revuelta Árabe.
En efecto, se suele situar el origen del conflicto en la proclamación del Estado de Israel en 1948, pero las raíces del conflicto se remontan a muchos años atrás. A lo largo de casi dos horas, Jacir nos conduce por la vida de una Palestina bajo mandato británico donde los árabes y los judíos, cuyo número no hace sino aumentar a raíz de la emigración desde Europa, se disputan una tierra sobre la que ambos reclaman derechos. La política británica pasaba por intentar aplacar a todos dejándolos a todos insatisfechos, pero la película se centra en la colaboración entre británicos y sionistas en perjuicio de los árabes.
Conviene no llamarse a engaño. Esta película adopta la mirada palestina y, por ella, los judíos sólo transitan en silencio como una fuerza hostil y ajena. La tensión se centra en la creciente hostilidad entre los árabes y los británicos hasta el estallido del alzamiento que se extendió desde 1936 hasta 1939. El largometraje se centra en los primeros meses de la revuelta, desde las huelgas y las protestas que prendieron la llama, hasta la destrucción de los oleoductos del petróleo que van desde Irak hasta el Mediterráneo, la formación de partidas de árabes armados y las emboscadas contra las tropas inglesas. A su vez, el gobierno de Londres responde enviando un ejército formidable con carros de combate y aviones.
Atravesamos el conflicto gracias a Yusuf (Karim Daoud Anaya), que vive en una aldea y trabaja en Jerusalén, y Khouloud (Yasmine Al Massri), mujer periodista que necesita escribir con un pseudónimo masculino. A partir de estos personajes, se va desplegando la tragedia de Al Basma, la aldea de Yusuf, cuyos habitantes sufren las represalias británicas y que simboliza la destrucción de Palestina.
Naturalmente, cabe hacer una acusación de parcialidad, pero estaría poco fundada porque la directora no pretende ser imparcial, sino memoriosa. Quiere contar algo de lo que, ciertamente, se habla muy poco. Los árabes llegaron muy debilitados al conflicto de 1948 porque la represión británica de la Gran Revuelta Árabe los había diezmado y empobrecido. Es inevitable volver la vista al Alto Comisionado Wauchope, personaje histórico a quien da vida nada menos que Jeremy Irons, para comprender hasta qué punto los británicos son responsables de todo lo que vino después. Presten atención a la reunión en que se decide emplear en Palestina las tácticas utilizadas en la India por los británicos. Escuchen al capitán Wingate (Robert Aramayo), otro personaje real, y a Charles Tegart (Liam Cunningham) explicando la necesidad de estrangular la revuelta mediante el cierre del territorio, los castigos colectivos y la violencia de colaboracionistas árabes.
Es imposible que una película como «Palestina 36» acabe bien, pero desde luego no dejará al espectador impasible.
Ricardo Ruiz de la Serna