Crítica
Público recomendado: +12
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Hace unos años, cuando nadie en España conocía el término ¿inmobiliario? llamado ‘nuda propiedad’ (sintagma, permíteme, que se presta a un montón de juegos de palabras) vi en el cine Mi casa en París, una historia que se contextualizaba tangencialmente bajo este fenómeno ¿social?, pero desde un lado eminentemente luminoso, humanista…y francés.
El novísimo concepto de la nuda propiedad alude al hecho de comprar una casa con regalo dentro, en forma de “antiguo” propietario que muda en inquilino, a quien no podrás echar hasta que no quede más remedio, es decir, a su fallecimiento. Suelen ser golosas inversiones desde el punto de vista especulativo, pero amigo, aunque sea el hogar de tus sueños y lo hayas pagado con un suculento descuento, no puedes tomar posesión de él hasta que la persona muera…o no. Se establece entonces un estimulante y muy cinematográfico juego macabro. Y más, si eres vecino, ventana con ventana y has visto Rear Window, de sir Alfred Hitchcock.
La película francesa era bonita, amable… y ahora nos llega de la mano de Alberto Utrera en su cuarto largometraje la visión carpetovetónica y esperpéntica que también se nos da en este celtiberia show.
Nuda propiedad revisa con reverencia este subgénero tan típico de la comedia costumbrista: parejita española de clase, digamos, media, busca piso en la innominada gran ciudad, que podría ser Madrid o Tenerife. En este caso una que ronda los cuarenta, sin mucha gracia ni química, se enfrenta al enorme dilema y angustia de comprar un piso por encima de sus posibilidades. Él, Lucas (un Maxi Iglesias “normalizado”) es profesor de instituto y amante de las apuestas online (brillante metáfora de guion); ella, Vera (Susana Abaitua) es cartera; ambos se ganan más menos que más la vida, y no tienen dinero para comprar la casa de sus entretelas, hasta que se topan con David (David Lorente) un comercial más ibérico que el jamón, mezcla de pícaro y de cuñado, que les ofrece una de esas casas con regalito, Jesús (brillante Paco Churruca en un doble papel-caramelo), un profesor universitario jubilado que está en las últimas. O eso parece. Sin duda, estos dos personajes, junto con el notario posh-mesetario que encarna Pepe Viyuela son, de largo, lo mejor de la función, que entronca con el mantra de todos los escritores de comedia: los secundarios de oro que roban y elevan la escena. Y menos mal porque la pareja protagonista tiene menos alma, vitriolo y tensión que un pez frito.
Y aquí que arranca la premisa de Nuda propiedad; te puedes imaginar el resto, nudo y desenlace, este último cosido a la trama con excesiva precipitación y “verbosidad” narrativa, una aflicción demasiado común en el último cine. Será por presupuesto.
Así, Nuda propiedad transita los caminos en la mejor herencia de la comedia patria, pero se echa de menos una postura más radical por parte del guion (al alimón entre Alberto Utrera y Carlos Soria) y la puesta en escena: queda a medio camino entre la metáfora a ras de suelo que tan bien se nos da -maridar usos y costumbres con la realidad social- y la radicalidad del esperpento e incluso la comedia macabra. Al final, la película trata de situarse en un raro equilibrio entre ambas, priorizando el plano más comercial, digerible y familiar, pero cuyas secuencias más punkis y libérrimas son, de lejos, las más logradas y las que sitúan al filme, por escasos centímetros, por encima de la media.
Toda la narrativa funciona, pues, según los códigos de la comedia española más tradicional: cambias a unos voluntariosos y esforzados José Luis López Vázquez y Gracita Morales por el existencialismo de los derrotados Lucas y Vera, y tienes cualquier historia española relacionada con esa aspiración tan castellana a tener una vivienda en propiedad. Y, sin embargo, la película se eleva cuando aparecen los secundarios, representantes de la mejor tradición picaresca, encarnados en los maravillosos roles de comercial, el notario y el inquilino: es ahí cuando la película abandona la lacónica historia de la pareja y se centra en el humor más cercano a Don Ramón María.
Y es una lástima que Alberto Utrera opte por el punto de vista de la pareja y no vaya corroyendo el celuloide del humor negro que deja entrever la trama y que lo emparenta con otro costumbrista del otro lado del espejo, Álex de la Iglesia con La comunidad, genial semilla de la que bebe este esqueje que no se atreve a convertirse en planta carnívora.
Y al doblar la esquina, a la manera de toda comedia que busca altura, la reflexión final de cómo el españolito medio es muerto y enterrado por el sistema y sus soldados oficiales (comerciales, inmobiliarias y notarios) y los que la bordean cuál parásito (inquilinos, desokupas) y todo el universo que puebla este oscuro pozo. Te imaginarás quién sale perdiendo en una historia que se desliza hacia lo truculento sin llegar a caer en él.
Queda, pues, una comedia para todos los públicos, con sus dosis de denuncia social, que no es poco. El espíritu de Nuda propiedad lo define perfectamente David, el mejor personaje de la obra: “Cómo está el tema de la vivienda, ¿no?”
Ignacio Ruiz de Gauna
https://www.youtube.com/watch?v=thzJfnF-H4Y