Público recomendado: Jóvenes
Existen ciertas personas en el panorama artístico mundial que cuando muestran su último trabajo, el resto deberíamos guardar silencio. Ellos mismos son los que se mantienen callados si no tienen nada que aportar, y cuando, tras un tiempo de trabajo y entrega, descubren algo, lo comparten; porque saben o intuyen que han rozado algo mucho más valioso que ellos mismos; algunos quizás no se den cuenta de lo que tienen entre manos pero eso no le resta ni un ápice al valor de lo que han descubierto. Una actitud pues de silencio y escucha, como si nos descalzáramos ante un terreno sagrado, es lo que me parece más adecuado con Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU., 1930); estemos hablando de su faceta de director o de actor. Como diría un buen amigo, es todo un caballero porque jamás ha traicionado la razón del espectador, o dicho de otra forma, siempre ha sabido mostrar con honestidad los conflictos humanos de sus personajes como si fueran un camino propio de aprendizaje para él y los que le observamos.
Golpe de efecto es una gran obra principalmente porque tiene el sello del Caballero Eastwood por todas partes: su interpretación sostiene toda la película, sin desmerecer al resto de actores; la estética narrativa y visual parecen continuar los raíles comenzados por Million Dollar Baby(2004) y Gran Torino(2008); el director es amigo personal y profesional de Eastwood desde hace muchos años (como gran parte del equipo técnico y artístico); y también, por cómo se toca el tema de la vejez y la enfermedad, debilidades que comparten tanto Clint como Gus Lobel, el personaje al que interpreta: un ojeador de nuevas estrellas de béisbol. Basta con imaginarse a Walt Kowalski su personaje en Gran Torino(2008) para describirlo: un anciano gruñón con problemas de vista y de salud que aparece como una especie de héroe retirado (o casi) y que posee una sabiduría secreta que urge describir a la nueva generación a pesar incluso de él mismo. Medio ciego miente a sus jefes sobre su estado y continúa su trabajo viajando a Carolina del Norte, con el fin de ojear a una posible futura estrella de la liga profesional, un beisbolista universitario que está despuntando y que parece, permítanme la expresión, carnaza fresca para los grandes clubs americanos.
Por otro lado, se nos muestra la conflictiva relación que mantiene con su hija Mickey, una abogada de éxito que trabaja siete días a la semana y está a punto de ser nombrada socia de su bufete de abogados. La vida cosmopolita de ella junto al agresivo materialismo que conlleva el ambiente laboral actual, quizás motivado por unas corrientes económicas que valoran más el dato que al sujeto que trabaja, se enfrentan a la veteranía tradicional del padre; en este sentido recuerda a películas como Moneyball: Rompiendo las reglas (2011) o Jerry Maguire (1996). Por circunstancias Mickey se verá “obligada” por, según ella, alguna disfunción de su sentido de la responsabilidad, a viajar con su padre y ser sus ojos; para que sus jefes no descubran el verdadero estado de él y pueda mantener su trabajo. Durante todo este tiempo Mickey verá cuestionada su actual forma de vida y tendrá ocasión de pasar tiempo con su padre; cosa que llevaba años evitando y deseando al mismo tiempo. La estructura de la película responde al conflicto entre ambos, tres partes: primera, se presentan y se evitan; después Mickey toma la decisión de pasar un tiempo con él; y la última parte arranca cuando ambos hablan de por qué Gus la abandonó cuando tenía tan solo seis años. Pero a pesar de estructurar la película en torno al conflicto entre padre e hija, es la vejez y enfermedad de Gus el detonante de todo; de tal manera que más allá de ver la enfermedad y la vejez como un fastidio, que también, resulta la ocasión propicia para mirar ciertas heridas que son vitales para la identidad de cada uno de los implicados. Insisto. La vejez y la enfermedad como ocasión para que nuestra humanidad aflore de tal manera que seamos capaces de abrazar cualquier circunstancia. En palabras del propio Eastwood: “Todos somos conscientes de haber podido hacer mejor algunas cosas en el pasado. Pero, igual no tuvimos tiempo o la capacidad en el momento adecuado, por lo que nos gustaría poder corregir esos errores. Eso es lo que le ocurre a Gus con su hija”[1]. Amy Adams interpreta magistralmente a Mickey mostrando tanto los problemas con su padre como su amor por el béisbol; acompañada por un soberbio John Goodman y un correcto, y en ocasiones brillante, Justin Timberlake.
Primera secuencia: Gus Lobel (Clint Eastwood) se despierta malhumorado chocando con sillas y gruñendo a cada paso mientras intenta alcanzar el aseo; una vez en el wáter, comienza una conversación con su pene y le dice mientras le cuesta horrores orinar: “Ánimo, vamos,… tú la has palmado antes que yo”. Es un hecho y no debemos escandalizarnos por ello: Eastwood es un maestro. Los verdaderos maestros nos enseñan hasta en lo más íntimo; él lo sabe muy bien porque de alguna forma parece repetirse con el debutante Robert Lorenz, director de Golpe de efecto, lo que a él le pudo pasar con Sergio Leone o con Siegel. Lorenz ha sido productor y ayudante de dirección de Eastwood desde Los Puentes de Madison (1995) y a pesar de no tener la solidez de las películas de Eastwood, el hombre de una sola toma (como se le conoce en Hollywood), apunta suficientemente bien como para seguirle el paso. Por otro lado, tenemos a Randy Brown el también debutante guionista, que a pesar de aparentar una clara previsibilidad a lo largo de todo el metraje, y de tener unos diálogos unas veces afinados y otras no tanto, se agradecen tanto los golpes de humor como la profundidad humana que alcanza en las tramas que abre: especialmente la de la relación padre e hija, que debería ser estudiada con calma y sin las limitaciones de una crítica de cine; tan sólo apuntar que Mickey no se entiende hasta que no se aclara la relación con su padre y Gus no consigue salir del pesimismo existencial, expresado en gestos de queja (malas contestaciones, gruñidos,…), que por otra parte es un tema que atraviesa toda la obra de Eastwood, hasta que se reconcilia con su hija abriéndose a ella…
Este gesto de apertura de Gus es el que también se expresa anteriormente ante la lápida de su esposa en el cementerio (como le sucede a Eastwood, por ejemplo, en Sin Perdón (1992) en uno de esos planos crepusculares); una secuencia bella por su sentido religioso, es decir, por mostrar la necesidad de la trascendencia como respuesta natural al deseo que tienen Gus de que las cosas no terminen y menos de esa manera. Ésta es la novedad, que el sentido religioso, la necesidad de gritar o llorar para que las cosas justas duren para siempre no tiene como destinatario último una lápida que no contesta (o que haya que acallarlo con adicciones que debilitan la liberad) sino que puede darse una relación humana que acompañe y permita la apertura de este deseo; que Gus parece descubrir en Mickey. También encontramos un gesto de trascendencia, aunque pudiera parecer un recurso cómico de guión fácil, en un joven beisbolero debilucho que recurre a Dios para que al menos llegue a la primera base; llega pero a la manera de Dios. Existe, quizás, un método en Eastwood, y por lo tanto, en sus discípulos, de mostrar la necesidad de la trascendencia desde lo escondido, en lo oculto, desde lo habitual, en lo sencillo, es decir, en esos sentimientos y experiencias humanas que no suelen expresarse y resulta aún más difícil de plasmar visualmente… Toda una escuela de vida; mejor así, ¿de qué serviría una experiencia religiosa si no abrazara el temblor de enfermar, quedarse ciego o el miedo de hacerse viejo?
Carlos Aguilera Albesa
Ficha técnica:
“Trouble with the curve”
Director: Robert Lorenz.
EE.UU., 2012.
Duración: 111 minutos.
Género: Drama deportivo/familiar.
Guión: Randy Brown.
Intérpretes: Clint Eastwood (Gus Lobel), Amy Adams (Mickey Lobel), Justin Timberlake (Johnny), John Goodmam (Pete), Matthew Lillard, Robert Patrick, Chelcie Ross, Bob Gunton y Scott Eastwood.
[1] Entrevista de José Ignacio Cuenca a Clint Eastwood en el suplemento cultural Metrópoli del periódico El Mundo; 23 de noviembre de 2012; página 3.