El Hobbit: la desolación de Smaug

El Hobbit: la desolación de Smaug 

Público recomendado: Jóvenes 

La Tierra Media de El Señor de los Anillos y de El Hobbit se parece bastante a nuestro mundo e incluso, en ocasiones, expresa cómo querríamos que fuera: ¿a quién no le gustaría tener un consejero/coaching como Gandalf? 

 

 

Allá por el año 2001, el neozelandés Peter Jackson estrenaba la primera película de una saga que está llamada a continuar haciendo historia dentro del cine. Recordemos que hasta ahora, excluyendo la primera entrega de El Hobbit: un viaje inesperado (2012), la trilogía de El Señor de los anillos (2001-2003) cuenta con una recaudación global de más de 2900 millones de dólares y 17 premios Oscars; de los cuáles 11 son tan solo de El retorno del Rey (2003) siendo, junto a Ben-Hur (1959) y Titanic (1997), las tres películas con más estatuillas de la historia del cine. Digámoslo claro, directo y desde el principio, ninguna historia narrada que alcanza estas cifras lo hace sin portar algo verdadero en su interior. A pesar de estar hablando de una película que pudiera enmarcarse dentro del género fantástico son muchas las personas de distintos credos y razas que encuentran en ella un espejo donde poder reconocerse. J.R.R. Tolkien, autor de las obras literarias adaptadas al cine por Peter Jackson, supo muy bien utilizar el lenguaje de la belleza para transmitir lo más valioso que había encontrado: una especie de fuego secreto del que nació una de las historias más admiradas y populares de la historia (reciente) de la literatura: la de un pequeño hobbit llamado Bilbo Bolsón que, un día como por casualidad recogió del suelo un anillo…, iniciando así una de esas grandes aventuras que se cuentan de generación en generación.           

En esta ocasión estamos ante El Hobbit: la desolación de Smaug, que es la segunda película de las tres en las que Peter Jackson ha decido contar visualmente lo que Tolkien escribió para sus hijos en un sólo libro: la novela juvenil El Hobbit (1937). En esta segunda entrega, continúan las aventuras de Bilbo Bolsón, el mago Gandalf el Gris y los treces enanos liderados por Thorin en su viaje para recuperar el Reino de Erebor, situado en la Montaña Solitaria que se encuentra dominada por el aterrador dragón Smaug. 

Toda adaptación es siempre una aventura, que en este caso, se ha superado con satisfacción, mejorando así a su antecesora. El equipo de guionistas formado entre otros por Guillermo del Toro pero liderado por Peter Jackson, decidió acertadamente introducir algunas tramas y personajes que no estaban en la obra original. Cabe destacar el buen funcionamiento (emocional y narrativo) de dichas tramas, especialmente la de la elfa Tauriel, que es la jefa de la guardia de los elfos silvanos. No obstante, el ritmo general de la obra se resiente ligeramente en la parte final pero no lo suficiente como para estropear la experiencia de entretenimiento que supone su visionado; amplificado por la novedosa técnica de “motion control”, que permite integrar en la misma imagen distintos decorados. Toda la parte técnica y artística está al servicio de este disfrute, y exalta la aventura del espectador, sobresaliendo: la fotografía de Andrew Lesnei, un alto nivel interpretativo (tanto de actores reales como de los dobladores), el diseño de producción de Dan Hennah, el vestuario de Ann Maskrey y Richard Taylor, y, por supuesto, la bella y potente banda sonora de James Newton Howard. 

A nivel comercial cabe destacar la disponibilidad tanto en visión estereoscópica (3D), como en su versión de 48 fotogramas por segundo. Se detectan, pues, abejas y otros elementos terciarios que buscan dar sentido al visionado en 3D; a parte, claro está, de los bellos paisajes de lugares como Nueva Zelanda. Sin embargo, y a pesar del esfuerzo, no se consigue un sentido dramático para el uso del 3D, cosa que sí logra Alfonso Cuarón en Gravity (2013); ya no solo por las imágenes tan impactantes del Universo sino por esa lágrima de Sandra Bullock, que el director enfoca lo suficiente, como para llamarnos la atención por su significado y valor. El 3D agranda el protagonismo de dicha lágrima y, por lo tanto, nos acerca aún más al valor que oculta… Cosa que sí sucede en El Hobbit: la desolación de Smaug con la elección de Benedict Cumberbatch para el doblaje de la voz del dragón (en su versión original), pues le otorga un mayor dramatismo que junto a la soberbia animación digital, nos presenta un digno adversario para nuestro hobbit y los trece enanos. 

Mención a parte requiere el montaje, pues es donde se descubre que esta película es hija de su tiempo, a parte de en la explicitud de imágenes violentas. Dicho apunte posmoderno se detecta en la fragmentación estructural más propia de videojuegos o videoclips que de la contemplación que destila la obra original de Tolkien. Hoy en día todo sucede cada vez más rápido y dura menos; igual que la duración de los fotogramas y su composición. Sin embargo, dicha batalla entre la fragmentación y la contemplación, de la que el mismo Jackson es consciente, parece querer resolverse a través de escenas que no están presentes en la obra original, más allá de la intención de dar unidad a toda la saga. Por ejemplo, la escena entre Gandalf y Galadriel en El Hobbit: un viaje inesperado o la conversación entre la elfa Tauriel y el enano Kili, sobre una piedra y las estrellas en la película que nos ocupa. 

En cuanto a la temática mantiene los mismos puntos gordianos de toda la saga aunque resulta imposible desgranarlos como se merecen en esta crítica. Sin embargo me limito a citarlos: el destino y la libertad, la necesidad de afrontar la vida en una Compañía, la vida como una aventura inesperada, la realidad y el poder del mal, el sacrificio como cualidad del héroe o la vida como misión. Desde el punto de vista de una reflexión visual escatológica caben destacar dos imágenes o símbolos: por un lado, la imagen de peregrinación y camino propia de toda la saga, que parece indicar que el sentido de la vida, se descubre en un Camino que no cesa…; y, por otro lado, la utilización de la luz (concretamente la de las estrellas del cielo) como símbolo del origen bueno de todo lo creado.  Dicha simbología de las estrellas se encuentra presente en la obra original, por ejemplo en el capítulo 3 de El Señor de los Anillos. I. La Comunidad del Anillo (1966) donde Frodo tiene un encuentro con unos Elfos y les dice en Lengua Antigua: <“Elen síla lúmen”, una estrella brilla en la hora de nuestro encuentro.> 

Pues bien, la trama de la elfa Tauriel  y el enano Kili actualiza dicha simbología y nos descubre a los elfos como a unos seres memoriosos gracias a las estrellas. El enano posee una pequeña piedra negra (con runas) que representa la promesa que le hizo a su madre de volver sano y salvo. Y por su parte, la elfa, mirando las estrellas, como si fueran “su piedra”, habla también de una preciosa memoria y de una promesa. 

En definitiva, estamos ante un espectáculo audiovisual de alto nivel que entretiene y propone, dejando el listón alto para la conclusión de la trilogía.

 

Concluyo con el diálogo entre Gandalf y Galadriel de El Hobbit: un viaje inesperado en donde la Reina Élfica le pregunta a Gandalf sobre la razón por la que ha elegido a un hobbit para esta aventura: 

GALADRIEL: ¿Por qué el mediano?

GANDALF: No lo sé. Saruman opina que solo un gran poder puede contener el mal. Pero eso no es lo que yo he aprendido. He aprendido que son los detalles cotidianos, los gestos de la gente corriente los que mantienen el mal a raya: los actos sencillos de amor.

¿Por qué Bilbo Bolsón? Tal vez porque tengo miedo y él me infunde coraje. 

Bilbo Bolsón, un simple individuo en un mundo enorme…

 

 

Carlos Aguilera Albesa

Signis España

 

 

 

FICHA TÉCNICA:

Director: Peter Jackson.

Intérpretes: Martin Freeman (Bilbo Bolson), Ian McKellen (Gandalf, el Gris), Richard Armitage, Cate Blanchett, Lee Pace, Evangelium Lilly, Benedict Cumberbatch, Mikael Persbrandt.

Guión: Peter Jackson, Guillermo del Toro, Philippa Boyens y Fran Walsh, basado en el libro de J.R.R. Tolkien.

País: EEUU – Nueva Zelanda.

Año: 2013.

Género: Fantasía.

Duración: 161 min.

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