Crítica
Público recomendado: +18
![]()
Julio Medem fue una aparición destacada en el panorama del cine español de los años 90. Con películas como Vacas (1992), La ardilla roja (1993), Tierra (1996) y Los amantes del círculo polar (1998) consiguió conquistar a la crítica y el público. Sus narrativas poéticas y apasionadas mostraban un estilo fresco y personal. Pero con la llegada del milenio, su carrera se volvió errática, y no logró encontrar un proyecto que volviera a conectar con esos primeros éxitos. Ahora lo vuelve a intentar con 8, pero el resultado sigue siendo decepcionante.
8 cuenta los 90 años de vida de dos personajes, Octavio y Adela, a través de ocho capítulos que recorren la historia de España desde 1931 a 2021. Como en Los amantes del círculo polar, es una historia sobre dos personas cuyas vidas están conectadas, pero de forma paralela, con pocos momentos de contacto. Al mismo tiempo, Medem ofrece un retrato del espíritu de polarización que afecta a la sociedad española.
Si hay algo de lo que no se puede acusar a Julio Medem es de ser un director cobarde. No cabe duda de que el autor permanece fiel a sus señas de identidad, y se empeña en mantener un nivel de lirismo en su cine que es todo un reto para el espectador. El problema es que este tipo de cine, cuando no sale, puede caer en lo ridículo, y ese lleva siendo el problema de Medem desde hace ya 25 años.
El otro problema es que su cine, que al principio buscaba temas más universales y humanistas, se ha teñido de política desde su controvertido documental La pelota vasca (2003). Medem tiene todo el derecho a mostrar sus “colores”, pero es inevitable que sus películas pierdan interés. La ideología, sea del lado que sea, es un corsé que ahoga la creatividad y la autenticidad. Los subrayados en este tema son tan obvios como chirriantes en su nueva película.
Tampoco sería justo decir que no hay nada bueno en 8. Medem consigue algunos momentos de lirismo acertado, algunas secuencias de pura emoción y algunas ideas valiosas (sobre todo en la primera mitad de la película). Pero todo son pinceladas que quedan sumidas en un conjunto asfixiado por un planteamiento demasiado rígido y condicionado.
Por lo tanto, nos encontramos con una nueva muestra del declive creativo en el que se haya instalado Medem desde hace un cuarto de siglo. Ante el pobre recibimiento por parte de la taquilla y de la crítica de cada una de sus últimas películas, uno se pregunta cómo es posible que siga encontrando la forma de financiarlas, mientras que a directores que demuestran más talento se les niega el pan y la sal.
Federico Alba