Crítica
Público recomendado: +18
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Ambientada en dos líneas temporales, una de los años 80 y otra de los 90, Alpha (Julia Ducournau, 2025) sitúa su historia en pleno auge del miedo al VIH, cuando la falta de información y el estigma convertían cualquier sospecha de contagio en una amenaza social.
La protagonista (Mélissa Boros), que da nombre a la película, es una adolescente de 13 años que aparece en casa con un tatuaje en el brazo tras una noche de fiesta. Este episodio despierta en su madre médico (Golshifteh Farahani) el consecuente temor a que pueda haber estado expuesta al virus. La película retrata con fidelidad el clima de aquellos momentos: familias dominadas por el temor y la incertidumbre, instituciones desconfiadas y jóvenes que crecían entre rumores, silencios y prejuicios.
Uno de los aciertos del film es situar este conflicto en el seno de una familia ya marcada por la enfermedad, pues el tío de Alpha, Amin (Tahar Rahim), es heroinómano y vive con VIH. Su presencia introduce en la casa un clima de desgaste emocional que la película muestra con honestidad.
Alpha mantiene con él una relación ambigua entre cariño, miedo y una especie de fascinación infantil. Para ella, Amin no es un caso clínico ni un “problema”: es un rostro concreto que sufre y que, a pesar de sus flaquezas, le ofrece un vínculo afectivo delicado pero auténtico.
La relación entre la madre y Amin añade otra capa al retrato familiar. Ella carga con años de preocupación, tratamientos, recaídas y responsabilidades que no ha elegido. Ese cansancio acumulado explica muchas de sus reacciones hacia Alpha y hacia el riesgo de contagio: no actúa solo como médico, sino como hermana que ha visto de cerca la devastación de la adicción y la enfermedad. El film muestra así cómo el VIH, en aquella época, tensionaba la vida doméstica y transformaba silenciosamente las relaciones más íntimas.
Desde el punto de vista cinematográfico, Alpha ofrece luces y sombras. La película aborda un tema duro con sensibilidad, pero su puesta en escena resulta irregular. Ducournau opta por un estilo muy marcado: cámara en constante movimiento, encuadres que buscan impacto visual y una abundancia de símbolos que terminan recargando el relato. Esta apuesta estética, pensada para reproducir el clima de paranoia de la época, a menudo distrae del núcleo emocional de la historia y dificulta que el espectador conecte de forma continua con los personajes.
La narrativa tampoco fluye con la claridad necesaria. Los saltos temporales entre pasado y presente, poco marcados en ocasiones, generan confusión y rompen el ritmo. La película alterna escenas de gran fuerza dramática con otras más dispersas, lo que provoca que el conjunto avance con altibajos. Esta falta de cohesión dramática resta impacto a un argumento que, por su naturaleza, podría haber sido mucho más real y contundente.
A pesar de sus excesos formales, Alpha consigue transmitir algo importante: que el VIH no solo fue una enfermedad, sino un trauma social que dejó huellas invisibles. Y que, en medio del miedo y el estigma, las relaciones familiares podían ser tanto un refugio como un campo de batalla emocional. El vínculo entre Alpha, su tío y su madre permite entender cómo la fragilidad, cuando irrumpe, obliga a replantear la forma de amar y de sostener al otro.
En conjunto, Alpha es una película ambiciosa que combina intuiciones valiosas con una ejecución desigual. Su fuerza reside en mostrar sin sensacionalismo la experiencia de una familia y de una sociedad marcada por la enfermedad y la adicción; su debilidad, en una puesta en escena que a veces sobrepasa las necesidades del propio relato. Aun así, abre un espacio de reflexión necesario sobre el estigma, el cuidado y la vulnerabilidad humana en tiempos de miedo.