Crítica
Público recomendado: + 18
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El poco conocido Jeff Nichols, responsable de la lograda Mud (2012), entrega un relato basado libremente en un libro escrito por Danny Lyon, un reportero gráfico de renombre que pasó varios años acompañando a una importante banda de moteros, fotografiándolos y registrando sus historias. De todo el material que acumuló escribió el libro de título ‘Bikeriders’ idéntico al de la película que nos ocupa.
Estamos en una época de rebelión y de cambio en la cultura y en la gente de Estados Unidos. Tras un encuentro casual en un bar, Kathy (Jodie Comer), una mujer con carácter, se siente profundamente atraída por Benny (Austin Butler), el miembro más reciente de “The Vandals” (Los vándalos), un club de moteros del Medio Oeste liderado por el enigmático Johnny (Tom Hardy). Al igual que el país, el club empieza a cambiar, y pasa de ser un lugar de reunión para los forasteros locales a convertirse en un punto de encuentro para un violento submundo, obligando a Benny a escoger entre Kathy y la lealtad que siente por sus compañeros.
Lo mejor que se puede decir de la película es que casi te lanza a recorrer en Harley Davison tu país (perdón por la publicidad, pero es tal cual), dejando que la fortuna te lleve de la mano, aunque a veces pueda haber problemas. A ello ayudan una dirección de fotografía, vestuario y banda sonora de primera categoría, y por supuesto un reparto de lujo encabezado por Austin Butler (quien ya brilló en Dune Parte 2 como el despiadado Feyd-Rautha Harkonnen y en Elvis interpretando al mítico cantante), Tom Hardy (sobran las palabras sobre su currículo) y Jodie Comer, cada uno muy bien en su papel. Hay muchos más, pero no cabrían en esta crítica.
Sin embargo las ganas de coger la moto se cortan en seco cuando vemos las consecuencias de los actos: una banda de moteros no es una familia, por muy unidos que estén sus miembros. Y o cuidas a tu familia de verdad o lo acabas lamentando. Véase ese chaval con problemas en casa, incluyendo graves episodios de violencia, que anda desnortado y llegando a la delincuencia por confundir dónde está de verdad su familia y pensar que solo se puede escalar quitando a la competencia de en medio.
El principal problema es que no se sabe muy bien qué quiere contar Nichols, no centra el tiro, y muestra mucho cariño entre moteros pero, a la vez, mucha frialdad y distancia en situaciones que requieren algo más. Los personajes acaban siendo muy planos y cuesta muchísimo empatizar con ellos a pesar de los grandes esfuerzos de los actores.
Evidentemente aquí hay mucha violencia muy detallada y, por supuesto, un lenguaje extremadamente soez que no escatima en blasfemias, lo que la aleja del público más joven. Por lo demás se trata de un intento de retratar una época y un modo de vida que puede resultar atractivo para los que intentan ir “a contracorriente” o “antisistema” por parecer, a simple vista, que ir por libre es lo mejor del mundo, pero al final el mundo te pone en tu sitio: odiar lo que te da de comer, odiar el sistema del que vives y del que te beneficias y vivir siempre enfadado no lleva a nada. Ya lo decían en la magnífica y durísima American History X: “El odio es un lastre, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado”, y la violencia solo genera violencia. Al final, lo mejor es cuidar de los tuyos, a las personas que eliges amar porque ellas han decidido amarte a ti. Quizás no sea la “ley del asfalto”, pero sí es la “ley de la vida”.
Miguel Soria