Blue Moon

Crítica

Público recomendado: +16 

Un minuto, exactamente; un minuto de reloj, con sus sesenta segundos. Ese fue el intervalo que transcurrió desde el comienzo de los créditos finales hasta que el primer espectador se atrevió a profanar el silente estatismo que, tras la proyección de Blue Moon, reinaba en la sala a rebosar. El público asiduo a la pantalla grande puede dar fe de que se trata de un fenómeno raro, de una anomalía que invita a indagar en su razón de ser. Una posible explicación se deriva de la conciencia de encontrarse ante un film que rebasa la capacidad de asimilación del individuo, al estar traspasado de una belleza de tal magnitud que se puede permitir incluso el lujo de ser fea, violenta o contradictoria. Ese tipo belleza en segunda derivada, que los clásicos definían como lo sublime, es precisamente la materia prima de la película que nos ocupa. El inusual efecto de su visionado podría también justificarse por su capacidad para generar en el público un espacio a modo de que caja de resonancia, en el que puede reverberar la propia experiencia del espectador; su inteligencia, su empatía y su sensibilidad. El gran crítico Manny Farber llamaba a este fenómeno espacio negativo, y se puede afirmar que Blue Moon está saturada de él. Ello explicaría que, al abandonar el patio de butacas, el respetable estuviera a la vez feliz y triste, como contagiado de la ambivalencia con la que, desde los títulos iniciales, se caracteriza al protagonista Lorenz «Larry» Hart, interpretado por un Ethan Hawke más allá de cualquier adjetivo. 

La historia de Hart es la de uno de los letristas más famosos de los Estados Unidos, autor de los textos de canciones de amor bellísimas e inmortales como Lady is a Tramp, My Funny Valentine o el tema que da título al film, acaso el más célebre de todos los que compuso junto al músico Richard Rogers (Andrew Scott), su compañero creativo durante más de dos décadas. Al mismo tiempo, se trata de un relato de violencia subterránea y demoledora: de la semblanza de un hombre cuyo corazón es desgarrado ante los ojos del público en varias direcciones al mismo tiempo; del retrato un genio no reconocido; de la elegía a un enamorado imposible, por irredento y contrahecho. En este sentido, Larry Hart constituye un personaje antológico, profundo y poliédrico, que evoca de manera simultánea ecos del protagonista de La edad de la inocencia (The Age of Innocence, Martin Scorsese, 1995), Newland Archer; de John Merrick, El hombre elefante (The Elephant Man, David Lynch, 1982), o del guionista oculto de Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941), aquel Herman Mankiewicz que delineara David Fincher en su lamentablemente tibia Mank (2020).

En el segundo film que estrena en este año tras la fresca y magnífica Nouvelle Vague —de obligado cumplimiento para cualquier auténtico cinéfilo— Richard Linklater arrebata porque hace lo que mejor sabe hacer: una película hablada. Sustentado sobre los cimientos del magnífico guion de Robert Klapow, el realizador tejano narra las horas previas a la muerte del protagonista en la noche del 31 de marzo de 1943, aquella en la que se estrenó el exitoso musical Oklahoma! con el que Rogers sellaba su divorcio artístico de Hart. A excepción de dos planos al comienzo del metraje, la práctica totalidad del mismo se confina a las paredes del mítico Bar Sardi de Broadway, que será también el escenario del doloroso (y esperable) rechazo del escritor por parte de la bellísima estudiante Elizabeth Weiland (Margaret Qualley). Esta restricción espacial del film no solo subraya su carácter teatral —su naturaleza de pieza de cámara— sino que permite que se despliegue la dolorosa humanidad de Larry, quien, como todo buen adicto, rehúsa renunciar al deseo de su corazón a la vez que trata de ahogar entre bourbon y palabras cargadas de ingenio su desesperanza por no ser capaz de satisfacerlo. Los estrechos límites arquitectónicos de la puesta en escena —traspasados de continuo por la música diegética de piano que incluye las canciones a las que Hart dotó de lírica— resultan, por otra parte, un eficaz trasunto del menguado cuerpo del poeta. Parece como si Linklater quisiera recordar así la incapacidad de la materia para encorsetar el alcance de un alma universal y atormentada, shakesperiana si se quiere, como la de su propia película y la del genio incomprendido al que inmortaliza.

Rubén de la Prida 

https://youtu.be/qo7gRHip0lI?si=iCZCzSOymRBBp96k

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