Crítica
Público recomendado: +16
![]()
El director polaco Michal Kwiecinski trae a nuestras pantallas una aproximación a la figura del célebre compositor y pianista Frédéric Chopin. Nos trasladamos al París de 1826, cuando Chopin (Eryk Kulm), con solo 25 años, es el rey de la ciudad. Lo vemos en un concierto entre los más grandes pianistas del momento, entre los cuales destaca la figura de Franz Liszt (Victor Meutelet). Chopin cautiva al público, es el centro de interés, los hombres lo admiran y las mujeres lo adoran. El joven músico vive intensamente las noches locas parisinas, de mujeres y alcohol. Para ganarse la vida debe dedicar mucho tiempo a dar clases particulares de música. De súbito, un diagnóstico inesperado cambia su vida para siempre: tiene tuberculosis. Ya no hay tiempo que perder, la música lo reclama.
Kwiecinski va desgranado la trama a modo de capítulos, poniendo el foco en cada uno de ellos en un momento concreto de la vida de Chopin. El curioso biopic va siguiendo así el desarrollo de la actitud del personaje ante la enfermedad, primero la niega, le hace caso omiso; después se rebela contra ella, no quiere aceptarla; con las fuerzas que le quedan, decide esconderla al mundo y hacer proyectos de futuro, aunque él sabe que será breve; finalmente acepta la realidad y decide aprovechar al máximo el poco tiempo que le resta.
Además de con sus amigos más cercanos, vemos a Chopin apadrinando a Carl Filtsch (Theo Grundmann Brechet), su alumno predilecto, un adolescente especialmente dotado para la música, al que Chopin ama como a un hijo, relacionándose con Luis Felipe I de Francia (Lambert Wilson) y con la escritora George Sand (Joséphine de La Baume). Pero el centro de la historia es siempre él, un narcisista incapaz de enamorarse de verdad, para quien no hay otro dios ni otro valor que la música.
El entorno histórico está bien recreado: la epidemia de peste en París, de 1832; la llamada “Revolución de febrero”, que en 1848 provocó la caída de la monarquía y la proclamación de la II República; el triste viaje a Mallorca de Chopin y George Sand en 1842; también los salones y escenarios parisinos donde se daban los conciertos que deleitaban al público refinado, así como los antros nocturnos y las fiestas de lujuria y desenfreno. Eryk Kulm sabe cubrir bien todos los matices del personaje, el narcisista vividor, el romántico que no sabe amar, y, con la misma habilidad, encarna al hombre enfermo, que se siente morir, tose y escupe sangre, pero no se deja vencer por la muerte porque le queda mucho por crear. Es muy buena también la fotografía de Michal Sobocinski. Sin embargo algo falla en el guion, porque la película no acaba de atrapar. Los personajes, especialmente Chopin –aunque también Gorge Sand– no tienen profundidad y, en consecuencia, la trama no crea inquietud. Por otra parte, se echa en falta más presencia de la música de Chopin. Aun sabiendo que una película no es un concierto, uno espera que el biopic de un compositor tan extraordinario brindara momentos musicales sublimes con la obra del gran músico y no solo pequeñas muestras.
No podemos dejar de destacar la última frase de Chopin en la pantalla al final de la película. Es una pequeña pincelada de humor que no desvelamos, pero si advertimos para estar al tanto.
Mariángeles Almacellas