Crítica
Público recomendado: +12
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“Lo que un artista construye en su mente, construido está”. El documental Ciento volando, de Arantxa Aguirre, constituye un bucólico recuerdo del gran artista vasco y un homenaje a su obra y al lugar donde se puede disfrutar de la misma: Chillida Leku, el recinto natural presidido por el caserío, del que se dice que fue su escultura más larga y compleja, y punto neurálgico este documental.
Y es que la cineasta Arantxa Aguirre, con orígenes vascos, es conocida por su trabajo en documentales que exploran el mundo del arte y la danza. Entre ellos, destacan El esfuerzo y el ánimo (2009), sobre la prestigiosa compañía Béjart Ballet Lausanne tras la muerte de su fundador, el coreógrafo Maurice Béjart, o Dancing Beethoven (2016), película que sigue el proceso de creación de la interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven por parte del Béjart Ballet Lausanne, en colaboración con la Orquesta Filarmónica de Israel, en el que combina danza, música y la historia de los artistas involucrados.
En 2024, estrenó muy oportunamente Ciento volando en el Festival de Cine de San Sebastián, ciudad de origen de su padre y también de Eduardo Chillida, personaje al que se acerca Aguirre en el documental con un enfoque íntimo y respetuoso hacia el entorno del artista y el proceso creativo.
La cinta recoge catorce testimonios orales sobre el artista vasco, desde compañeros de profesión hasta personas que lo han admirado y se han visto influidas por su trabajo, su trato personal o su aportación a la cultura, con mención sobre su obra, pero también sobre su familia, su concepción del tiempo, su manera de vivir los valores humanos, de la transcendencia y la resonancia en la eternidad.
Técnicamente, es una delicia disfrutar de imágenes filmadas con cámara, que son prácticamente todas, salvo una imagen de archivo que la realizadora inserta para mostrar el método que usaba Eduardo para fundir y soldar el hierro. El jardín de Chillida Leku es el escenario en el que se recrea la cámara, y el rincón de la playa de la Concha donde se encuentran las esculturas del peine de los vientos, también cobra especial importancia. Además, Ciento volando es un baño de sensaciones sensoriales, desde la música –escuchamos en varias ocasiones la viola de gamba, las melodías de Bach (la “banda sonora de su vida”, como describe alguien cercano a Eduardo) y cantos en euskera–, los colores que se plasman en este enclave natural tan hermoso –verde hierba, marrón hierro, azul mar– y las texturas que se retratan –el hierro, la madera, las gotas de lluvia, las ramas, etc.–.
La riqueza del documental se halla en la sutileza y elegancia con que Aguirre combina las palabras sobre Eduardo con los planos que expresan la estrecha unión de la obra de Chillida con la naturaleza. Esos planos detalle de flores, animales, insectos, las olas del mar, las gotas de rocío… una gran delicadeza y perfecta armonía. “Un espacio vivo, un espacio que se puede habitar y un espacio que es casa de mucha gente”.
Rosa Die Alcolea