Crimson gold

Crítica

Público recomendado (+16)

“Crimson gold” (2003) es el cuarto largometraje de Jafar Panahi, reestrenado ahora, el año en el que el director acaba de recibir la palma de Oro por su último trabajo (“Un simple accidente”).
Panahi es, sin lugar a dudas, uno de los directores más importantes de la nueva ola de cine iraní post-revolución islámica (1979). Quizá sólo haya un nombre más prestigioso que el suyo, y es el de Abbas Kiarostami, uno de los realizadores más valorados por la crítica internacional en los últimos años, y que -por cierto- firma el guion de “Crimson gold” (ya había sido el guionista de la ópera prima de Panahi: la preciosa “El globo blanco”).

Podemos enmarcar la película como un largometraje más en la lista del caleidoscopio filmográfico del director iraní, que ha filmado -libre y en arresto domiciliario- cortometrajes, largometrajes, documentales y ficción mostrando desde casi todas las perspectivas posibles la vida en el régimen chiíta iraní.

En este caso, la película narra la historia de Hussein, un repartidor de pizza que está a punto de casarse con la hermana de Alí, cuñado servicial y leal que le intenta ayudar en todo lo que pueda.
Al encontrar un bolso, Ali comparte con su futuro cuñado el contenido del mismo (por cierto, este elemento del bolso dará mucho juego a otro de los talentos del cine iraní, Farhadi, en su magistral “Un héroe”, película que calificaría de visionado obligatorio para cualquier persona interesada en obras que traten dilemas morales) y quedan completamente impactados por el valor de una factura de compra de un anillo.

Este hallazgo, y la experiencia de Hussein repartiendo pizzas en los barrios ricos de Teherán, va a producir en nuestro protagonista, que ya tiene problemas psicológicos, un sentimiento profundo de alienación que pretenderá superar con un plan arriesgado, pergeñado junto a su futuro cuñado.

Panahi, que, en su leitmotiv de crítica al régimen iraní, ha utilizado prácticamente todos los registros, nos presenta aquí, con toda su crudeza, una tragedia filmada de modo circular en la que no se detecta ningún elemento esperanzador, ni siquiera lenitivo. Si algo echo de menos en su obra, no sólo en este largometraje sino en todos los que he visto, es una mirada más humana (o al menos más profunda) sobre los que tienen el poder en el país desde hace casi cincuenta años. No porque considere que tengan una especie de derecho a la defensa, que tampoco les niego a priori en un sentido meramente verbal, sino porque me parece que es absolutamente esencial para entender un país que no sólo es de una riqueza cultural incuestionable, sino que tiene una relevancia geopolítica en el presente que está fuera de toda duda. A este respecto, no puedo dejar de recomendar el interesantísimo documental “Iranian”, de Mehran Tamadon, para ver y escuchar el Irán que parece que no cabe en la denuncia pertinente, hábil, valiente y relevante, pero quizá algo maniquea, de Jafar Panahi.

Alejandro Matesanz

 

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