El canto de las manos

Crítica

Público recomendado:+7

Todavía recuerdo con cariño una de mis primeras incursiones en festivales. Concretamente, en el Festival de Málaga, tuve la suerte de ver la película de Jaime Marques Ladrones, en la que María Valverde, que ya había debutado en La flaqueza del bolchevique, hacía pareja con Juanjo Ballesta. Se trata de una actriz con proyección internacional, pues ha participado en una gran producción de Ridley Scott como Exodus: dioses y reyes. El caso es que debuta como directora del documental El canto de las manos. 

El argumento gira en torno a tres jóvenes sordos de Venezuela, que se enfrentan a la posibilidad de dar vida a los personajes de la ópera Fidelio del mítico Beethoven, la única ópera compuesta por el afamado músico, dirigida curiosamente por el esposo Gustavo Dudamel de la realizadora española, la mencionada actriz, confirmando nuestra teoría de que el enchufismo en el cine funciona, pues se conocieron en la película Libertador donde se hablaba de Simón Bolívar (un masón contrario a los principios del humanismo cristiano, que favoreció la separación de España cuando los habitantes de las provincias de Hispanoamérica tenían los mismos derechos y deberes). 

Después de este apunte histórico, en esta producción se explica el proceso de creación de la obra de Beethoven, en la que poder integrar los gestos de los actores sordos con la voz en off de extraordinarios cantantes de ópera, lo que requiere mucho entrenamiento, siendo una oportunidad única para conocer la esencia de Fidelio o el amor conyugal, en la que Lucrecia decide vestirse como el ayudante de Rocco, el carcelero para salvar a su amado Florestán. La obra está muy bien traída, pues explica que estaba perdiendo audición. Y esta obra es un elogio a la libertad y a sus luchas personales del compositor alemán y guarda relación con estos chicos de barrios paupérrimos de la Venezuela chavista.

En contraposición con lo positivo, este ensayo cinematográfico deja solo el poso ideológico al incluir el término inclusivo que parece una imposición de la corrección política en lo referente a los créditos de la película que no a la imagen, pues el documental es de una belleza extraordinaria. El término integrador me parece más adecuado porque intenta coordinar a dos mundos para que funcione y entretenga en una sala de concierto o en un gran teatro.

Finalmente, la cineasta nos invita a la reflexión. Vemos a los actores que se acogen a la fe momentos de tribulación, al igual que el proceso de asimilación del carácter de los personajes por parte de estos intérpretes con discapacidad auditiva. El documental es presentado en sus primeros compases con canciones de este grupo de teatro que representan con gestos, lo que hacen otros cantantes del bel canto que dejan claro el legado cultural  que tiene que ver con nuestra herencia cristiana. Otra escena de gran importancia es aquella en la que vemos a una pareja (que al principio son observados desde lejos con respeto y más tarde participan en la obra de teatro) se percibe como  viven el embarazo y el nacimiento de su hijo como una bendición, mientras que en el caso de algunas de estas chicas, sus familias no aceptaron su sordera y no eran bienvenidos. La directora es capaz de mostrar sufrimiento con elegancia, siendo esta representación operística su sostén y fuente de esperanza para estas jovencitas que nos tienen nada.

Víctor Alvarado

 

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