Crítica
Público recomendado: +16
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La historia nos traslada a Argel, en 1938, donde Meursault, un joven de unos treinta años, un empleado modesto, asiste al entierro de su madre sin mostrar la más mínima emoción. Al día siguiente, comienza una relación con Marie, una antigua compañera de oficina. Luego retoma su vida cotidiana con total indiferencia, como si nada hubiera sucedido. Para Mersault la vida es absurda, por lo que nada tiene sentido, y él se siente un extranjero en su propio mundo. Ni la peor de las tragedias consigue despertarlo de su apatía.
La película está basada en L’étranger, del pensador francés, Albert Camus, publicada en 1942, una de esas novelas que siempre se ha considerado prácticamente inadaptable al cine. Luchino Visconti lo intentó en 1967, con Marcello Mastroianni en el papel protagonista. El cineasta italiano respetó meticulosamente la trama y muchos detalles de la novela de Camus, pero no logró captar del todo la reflexión existencial profunda que Camus explora en el libro, especialmente la vivencia íntima del absurdo y la alienación.
François Ozon aceptó el reto y nos trae una película muy lograda. Su primer acierto fue confiar en Benjamin Voisin para meterse en la piel de Mersault, ese imperturbable y enigmático personaje.
Camus penetra en el interior del personaje con la palabra, en un lenguaje concreto y sensorial que enfatiza sensaciones físicas (el calor, la luz, el cansancio) más que los sentimientos. Pero François Ozon ha logrado captar el tono filosófico y la frialdad emocional de la novela y ha transformado el material hermético de Albert Camus en una pura recomposición fílmica de las sensaciones –un blanco y negro fastuoso, cuerpos bañados en una luz que los convierte en objetos de fascinación, deseo y muerte fundidos–; ha sabido cómo representar la materia verbal de la novela, a veces abstracta, a veces introspectiva, a través de las herramientas específicas del cine.
Por otra parte, Ozon actualiza la novela para un público contemporáneo, no adaptando la trama a una nueva realidad, sino planteando una reflexión nueva partiendo del texto original, en el marco de un siglo XXI en crisis, atravesado por angustia existencial, desencanto político y vértigo de identidad.
En el fondo, la transposición contemporánea de Ozon sigue hablando de lo mismo: la ausencia de sentido de pertenencia, la soledad y el vacío interior del hombre. En la película, como en la novela, Meursault encarna al hombre perdido en un universo sin sentido, privado de referentes, donde todo es vacío. La vida es absurda, el hombre es absurdo, el mundo y la sociedad son absurdos.
El uso de blanco y negro y la fotografía enfatizan la sensación de desolación, el calor agobiante y la indiferencia del protagonista; estrechan la película alrededor de ese núcleo de absurdo, y representan la vida y las pulsiones en una especie de barniz frío como el mármol.
Hay un guiño intelectual a otra obra de Camus, Le malentendu, cuando Mersault habla de una noticia que ha leído en el periódico, que se corresponde con el argumento de El malentendido. Esta historia sirve, además, para reforzar la postura de Camus (¿Y tal vez también de Ozon?), que sitúa y muestra la condición humana frente al absurdo y la imposibilidad del hombre de comunicarse a fondo.
En síntesis, la película concluye que todo ser humano es extranjero en el mundo y que está solo en un vacío sin solución. Todo es absurdo, nada tiene sentido, ni la vida ni la muerte.
La película es estéticamente preciosa, pero deja en el espectador una huella inquietante, casi física de la que le cuesta desprenderse.
Mariángeles Almacellas