Crítica
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“Greenland 2”, duodécimo largometraje de Ric Roman Waugh, es la secuela de “Greenland: el último refugio” (2020).
Si la película de 2020 era ya un cúmulo de clichés y despropósitos, la segunda entrega se supera.
En la primera cinta vemos cómo John Garrity (Gerard Butler), ingeniero de estructuras con una importante trayectoria profesional es seleccionado junto a su mujer Allison (Morena Baccarin) y su hijo Nathan (Roger Dale Floyd) para ocupar un búnker que les proteja del impacto inminente del cometa Clarke sobre la Tierra.
Juntos son capaces de superar un sinfín de obstáculos hasta llegar al búnker que, por cierto, está en Groenlandia, enclave fundamental que parece que está inscrito desde mucho antes de la administración Trump en la constante actualización de la doctrina del “destino manifiesto” que es la política exterior estadounidense.
La segunda parte empieza cinco años después de la llegada al búnker. En él hacen ejercicio, se imparten clases y hay reuniones de alto nivel para decidir qué hacer (todos los seleccionados lo han sido por sus aptitudes esenciales).
La única solución parece que es “migrar” (el subtítulo de la película es “migración”) al cráter donde cayó el fragmento más grande del cometa. Ese lugar no sólo está libre de radiación, sino que, al parecer, es edénico.
Un terremoto que daña gravemente el refugio hace que la migración sea obligada.
Desde este momento hasta el final, John Garrity acaudillará a su familia y a alguna invitada especial hasta el cráter prometido como si su misión fuera una actualización de la de Noé y Moisés al mismo tiempo.
Ahora bien, en esta aventura no esperéis por ningún lado la presencia de Dios. La única oportunidad en la que podía aparecer, más allá de una mención de pasada que hace el abuelo de Nathan, es en la oración con la que John entierra a los muertos (porque se reza por ellos aunque no se crea en el cielo según le aclara a su hijo), que es una antigua bendición irlandesa interrumpida en la película justo en el momento en el que debería aparecer el nombre de Dios. En definitiva, la película no sólo no aporta nada al género de supervivencia o “postapocalíptico” (palabra incorrecta y de mal gusto para designar este tipo de películas), tan trillado como casi siempre inane al menos en sus planteamientos típicos y hegemónicos, sino que es extremadamente simple en su guion, plana en la forma y demasiado básica en todos los aspectos técnicos necesarios para presentar de modo creíble la enésima destrucción del planeta. Nihil novum sub sole.
Alejandro Matesanz