Crítica
Público recomendado: +18

Hace cinco años, el director Todd Philips sorprendió con una curiosa relectura del mito del Joker, el enemigo más emblemático de Batman. Siendo una versión libre, contenía la esencia del personaje de los comics: la idea de un hombre que, tras pasar por traumáticas circunstancias, es empujado al abismo de la locura, y abraza el caos y el absurdo al no encontrar un sentido a su existencia. La prodigiosa interpretación de Joaquin Phoenix fue recompensada con un Oscar, y la película rompió las taquillas de todo el mundo, con lo cual era de esperar que el estudio pidiera a sus responsables una secuela.
En Joker: folie à deux (un término francés que hace referencia a un delirio compartido), encontramos a Arthur Fleck ingresado en el psiquiátrico de Arkham a la espera del juicio. En una actividad musical del hospital conoce a Lee, una interna que, fascinada por los crímenes de Arthur, quiere hacer resurgir en él la personalidad del Joker.
Es muy probable que muchos de los espectadores que disfrutaron con la primera película se sientan decepcionados con Joker: Folie à deux. Y es que da la sensación de que Todd Philips hace una enmienda a la totalidad a lo que contaba en la película original. Quizás por las críticas que Joker recibió de algunos sectores, que con una gran miopía intelectual la acusaron de hacer apología de la violencia, el director ha querido deconstruir el personaje. El Joker era un monstruo que surgía de una sociedad corrupta y violenta, un síntoma de la deshumanización más que un ángel vengador.
En la segunda película Philips pretende desmitificar al Joker, incluso dejando en duda su identidad. Pretende que Arthur Fleck vuelva a ser un simple enfermo mental atormentado por una sociedad indiferente, ¿pero realmente puede haber marcha atrás después de lo sucedido? El personaje de Lady Gaga, además de catalizador para Arthur, parece que emprende su propio camino para convertirse en Harley Quinn, el equivalente femenino del Joker. Pero su evolución se corta de raíz en el tercer acto, a pesar de que ciertas imágenes vistas en trailers y en localizaciones de rodaje dejan claro que había material rodado para mostrarlo. ¿Ha habido injerencias del estudio o es que Todd Philips ha cambiado de idea? Sea como fuere, ese último tercio de película supone un final decepcionante para una narración que hasta entonces no iba mal.
El otro aspecto destacado (e indeseado para muchos espectadores) es que Joker: Folie à deux es un musical. Esto no tiene por qué ser malo, si el concepto se aplica bien. De hecho, hay varias secuencias musicales que funcionan porque nos muestran esa “locura a dos” que comparten Arthur y Lee en sus mentes. Pero hay otras secuencias en las que los personajes cantan en la realidad; esos números no están bien integrados, crean una gran extrañeza y ralentizan el ritmo.
La película, a pesar de todo, contiene muchos aspectos positivos: grandes interpretaciones de Phoenix, Gaga (a pesar de que su personaje haya sido mutilado) y el resto del reparto, destacando Brendan Gleeson. También todo el trabajo de diseño, cámara y fotografía, que es magnífico al igual que en la primera película. La asfixiante atmósfera del psiquiátrico recuerda a clásicos del cine carcelario, mientras que los coloridos números musicales ponen el contraste idealizado. Cabe destacar también un brillante prólogo en forma de cartoon clásico de la Warner estilo años 40.
Así, se puede decir que Joker: Folie à deux no es una película mala, pero sí decepcionante. El aspecto musical funciona a medias y el desarrollo narrativo se viene abajo en un tercer acto mal resuelto. Aún así contiene suficientes alicientes para que merezca la pena su visionado.
Federico Alba