Juegos del hambre: En llamas

Juegos del hambre: En llamas 

Público recomendado: Jóvenes

Hace tiempo le preguntaron al escritor Stephen King la diferencia entre la saga literaria Harry Potter (de la que es un firme defensor) y la de Crepúsculo. King respondió: “Harry Potter trata de cómo hacer el bien cuando todo va mal. Crepúsculo trata de lo importante que es tener novio”. En esta ingeniosa frase, King viene a decir que no toda la ficción juvenil es igual, que no todo se reduce a utilizar unos códigos atractivos o unos personajes fantásticos.

 

 

Que la diferencia principal está en si el contenido humano que vibra por debajo de esas historias es valioso. Los juegos del hambre, la saga literaria que triunfa ahora en los cines, cae del lado de los ejemplos positivos. También en este caso se nos presenta el dilema de buscar el bien en medio de unas condiciones que parece que justifican el eludirlo. 

En esta segunda entrega, vemos cómo Katniss y Peeta viven tranquilos en la “villa de los vencedores”, aunque deben mantener la apariencia de su falso noviazgo. Pero su gesto de libertad en los juegos ha calado en la gente de los Distritos, que cada vez se rebelan más contra la tiranía del Capitolio, convirtiendo a los jóvenes en un símbolo. Es entonces cuando el maquiavélico Presidente Snow decide organizar una edición especial de los Juegos del Hambre, enfrentando a Katniss y Peeta con los vencedores de años anteriores.

En la tradición de El Imperio Contraataca, esta secuela sube un peldaño respecto a su predecesora en ambición, interés e intensidad dramática. El director Francis Lawrence consigue ofrecer una obra muy sólida y entretenida, con un ritmo excelente y una narración que atrapa en todo momento. Quedan atrás los desequilibrios estéticos y narrativos de la primera entrega, decimos adiós a las cámaras temblorosas y los excesos digitales.

El nivel de producción, decorados, efectos digitales y factura visual es muy superior a su precedente, pero no todo se queda en una cuestión formal. En esta ocasión se profundiza más en los conflictos internos de unos personajes divididos entre el miedo, las ansias de sobrevivir, y el impulso de cambiar una sociedad injusta. Las dudas respecto a la honestidad de representar un espectáculo para mentir a todo un pueblo, la disposición a entregar la vida por los demás, la necesidad de salir del individualismo, de confiar en los demás aunque desde el poder pretendan enfrentarnos y presentar el mundo como una lucha a muerte.

También hay una lectura social respecto a los abusos del poder y la dominación de los pueblos mediante la economía y los medios de comunicación, pero la película no olvida que en el valor de cada individuo, en la dignidad de cada ser humano, es donde reside la semilla del cambio para lograr una sociedad más justa. 

Todo ello perfectamente insertado en una apasionante aventura que, además, no se conforma con repetir el esquema de la primera parte, deparando alguna sorpresa en su desarrollo y un final que a buen seguro dejará a todos los espectadores con las ganas de ver cuanto antes el desenlace de la saga. 

Federico Alba

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