Crítica
Público recomendado: +7
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Estrenada en Francia el pasado mes de abril con un gran éxito, superando los dos millones de espectadores. Algo que no sorprende teniendo en cuenta la trayectoria de pareja de cineastas formada por Olivier Nakache y Éric Toledano, autores de la mundialmente conocida Intocable (2011). Los directores franceses vuelven a ofrecer esa mirada vitalista sobre el ser humano que ha convertido su filmografía en una referencia del cine europeo contemporáneo. Aquí, además, con un punto de nostalgia por los años ochenta, una época que recuerdan como “tiempos de ilusión”.
Lo primero que llama la atención es el retrato de un matrimonio que se sostiene en la dificultad. Yves, directivo que se queda en el paro, y Sandrine (Camille Cottin), una madre con ambición profesional, no se hunden ante la adversidad, se apoyan. Hay confianza, transparencia y comunicación, entre ellos y con sus hijos. Nadie esconde la preocupación, pero tampoco se deja que la preocupación lo invada todo. La película defiende, sin sermones, que la unión de la familia es el mejor refugio posible.
Esa actitud de esfuerzo y sacrificio, especialmente en Yves, que sostiene a los suyos de una manera muy peculiar pese a su situación económica, es uno de los grandes aciertos del filme. Predominan el ingenio, el cariño y las ganas de salir adelante. Y hay también una madre que no renuncia a sus aspiraciones, ni a bailar. La escena de Sandrine con I’m So Excited, de The Pointer Sisters, es un pequeño prodigio de naturalidad y liberación, un parón en mitad de los quehaceres, como la vida misma. La música, de hecho, es un protagonista más, desde The Cure hasta los grandes éxitos de la época.
Mientras tanto, Vincent, un chico a punto de cumplir trece años, está en plena ebullición adolescente con la inquietud y el entusiasmo propios. La mirada sobre el chico es entrañable y llena de anécdotas, de esas que cualquier espectador reconoce como propias. Lo más divertido es que los directores confesaron en un coloquio en el Cine Verdi de Madrid que quisieron recuperar su propia adolescencia, tras un confinamiento en el que ambos se enviaron fotos familiares y se contaron una etapa de su vida en la que aún no se conocían.
Esto hace que la historia adquiera una dimensión universal, y quizá esa sea la mayor virtud de Tiempos de ilusión en el momento actual. Vivimos tiempos de crisis, al menos en España y Francia, y es fácil caer en el desánimo. Esta película nos ofrece lo contrario: una visión positiva de situaciones muy reales, como el paro, la preocupación por los hijos o la ambición laboral de una madre, que aporta grandes dosis de esperanza y luz. La risa, clave de la obra de Nakache y Toledano, vuelve a ser aquí una forma de elegancia y de seguir adelante.
Una película para ver en familia, para salir del cine con ganas de vivir y, por supuesto, de seguir bailando.
Rosa Die Alcolea