Crítica
Público recomendado: +16
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«¿A quién pertenecen nuestros días?». La pregunta que recorre cual leitmotiv el metraje de La Grazia no es baladí; acaso sea una de las cuestiones que toda persona, de modo más o menos consciente, con mayor o menor acierto, deba resolver irremediablemente en la intimidad de ese santuario que llamamos conciencia. De su respuesta depende en gran parte la actitud ante la vida y, de manera muy particular, ante la muerte. Así se desprende, de hecho, del propio planteamiento de La Grazia, cuyo conflicto fundamental se cifra en el modo en que trata de articular dicha respuesta Mariano de Santis, jefe del estado italiano en retirada a quien da vida un Toni Servillo más allá del bien y del mal. En los estertores de su mandato, el jurista de profesión devenido representante del pueblo debe decidir si firmar o no la ley de eutanasia, así como los indultos de dos asesinos que eliminaron a sus cónyuges para aliviar su sufrimiento físico o mental irreversible.
No deja de resultar una coincidencia interesante que el film se estrene en nuestro país tras la muerte asistida de Noelia Castillo, acontecida hace pocos días. La película no esquiva el cúmulo de graves cuestiones suscitadas por el caso de la joven, y que cristalizan en el largo dilema moral del católico de Santis, de sobrenombre «hormigón armado» por la aparente solidez de sus principios. ¿Tiene el Estado el derecho de administrar la (pena de) muerte, aunque sea voluntaria? ¿Puede uno deliberar razonablemente sobre el término de la propia vida, si su libre albedrío se encuentra alienado por el dolor inmenso? Y, en caso negativo, ¿quién puede arrogarse la potestad de decidir en su nombre? Preguntas todas que, sin embargo, penden de otra más grande, por más inmediata: ¿qué es aquello que hace que la vida valga la pena ser vivida? Un interrogante cuyo planteamiento, afortunadamente, tampoco evita el undécimo film de Paolo Sorrentino. La respuesta que aporta, ambigua en su polisemia entre el derecho penal, la poética y la teología es, tal vez, humana, demasiado humana, como lo es el Papa (Rufin Doh Zeyenouin) que se la sugiere a De Santis tras una confesión —posiblemente, por cierto, el pontífice más cool de toda la historia del cine y el audiovisual, más aún que el Pío XIII que construyera el mismo Sorrentino en su serie The Young Pope (2016)—. El film, sin embargo, abre un generoso espacio para el debate en torno a la dimensión fascinante de la moral particular, esa que más allá de los principios generales y, por supuesto, de la legalidad vigente, analiza el correcto obrar de las personas en situaciones espinosas; en circunstancias acaso ubicadas en el abismo de la bipolaridad entre dos males y casi nunca resolubles desde una cátedra o un despacho, sino solamente en la soledad del hombre ante sí mismo, ante su destino y ante Dios.
La grandeza del film de Sorrentino reside en su capacidad para desplegar ante nuestros ojos precisamente la misma conclusión que declama Servillo en su desenlace: «la Gracia es la belleza de la duda». En su incontestable talento para la puesta en cuadro y para la construcción de personajes entre lo caricaturesco fellininano y lo profundamente dramático, Sorrentino exhibe —con un cierto pudor que sabe a piedra de toque de su madurez fílmica— cuán hermosa puede resultar la incertidumbre de la existencia en todas sus facetas: desde la ignorancia sobre el cómo y el por qué de los hechos que nos configuran a golpes al dilema moral solo fácilmente dirimible entre las páginas de un manual, pero no en la realidad de una vida vivida desde dentro. Ni siquiera los errores del film —algunas secuencias vacuas, un exceso de metraje algo innecesario o un final que se antoja postizo— logran amortiguar lo estimulante de una propuesta que goza del raro privilegio de la integración casi perfecta entre fondo y forma; esa extraña prerrogativa de los grandes cineastas.
Rubén de la Prida
https://youtu.be/y1Z1JjFGQ5U?si=uz_-ieo-yogch38J