La ley de Sodoma

Crítica

Público recomendado: +18

Cuando uno decide ver un atardecer, no se estresa porque el ritmo sea pausado. Quizás si pudiéramos acelerar el proceso, como cuando se escucha un audio en Whatsup, lo haríamos. Sin embargo, la vida tiene su propio tiempo y debe ser respetado. Del mismo modo, un bebé no puede comer un chuletón de ternera. Quizás muchos espectadores no estén preparados para la experiencia que propone Rafael Gordon, con la película que nos ocupa. Algo similar ocurre cuando te acercas a la filmografía de Andrei Tarkovski o con el cine iraní. Cada uno de ellos con sus propios rasgos de identidad. La ley de Sodoma (2025) exige mucho al espectador porque tiene mucho que ofrecer. Vayamos por partes.  

Al igual que ocurre con la obra de C.S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, el director, que también es guionista, juega con los personajes, generando una experiencia original y distinta. La obra se enmarca en una especie de mundo distópico donde los valores morales y la ley, los cimientos de la sociedad y del individuo, aparecen invertidos. Un giro del lenguaje y los conceptos que persigue una reflexión concreta. La historia está situada en un juzgado convencional en donde se nos presenta los típicos personajes esperados: juez, acusada, abogado de la defensa y fiscal. Sin público presente. Eso sí, en medio de la sala, una caja de cristal con un teléfono antiguo. Y más allá de la pantalla, estamos nosotros. Mirando. Midiéndonos con una posibilidad terrorífica y catártica. Resulta clave el fuera de campo, que llena de matices muchas ideas visuales y narrativas. 

Por otro lado, la puesta en escena se mueve entre lo teatral y el cine documental más improvisado. Vale la pena destacar ciertos planos muy logrados con espejos y segundos términos -como cuando se define Sodoma como “tristeza”-. Poderosa la vinculación con los campos de concentración de la segunda guerra mundial: “… arañaban con las uñas las paredes de la cámara de gas…”. Y, sin embargo, aparece la inocencia en forma de pelota de juego, cuando el atardecer luminoso acontece. 

Al igual que la banda sonora, que sabe elevar la emoción en el momento preciso (a veces con su interesante contradicción), la película consigue una atmósfera inquietante. Aquí nadie está a salvo. Mucho menos quien se atreva a mirar con honestidad su propia naturaleza. Las palabras prohibidas, esas que nos condenan inmediatamente serían: el arrepentimiento y el perdón. Interesantes diálogos que abrirían un debate: ¿Para qué la psicología si no existe la conciencia? U otra aún más honda: ¿de qué sirve la esperanza si nos domina la indiferencia? 

Como ven, no estamos ante una película comercial ni para el público general. Se trata de una obra cinematográfica muy especial, que para muchos pudiera ser sesuda, discursiva y compleja. Sin embargo, me parece que medirse con la obra de Rafael Gordon es siempre un desafío para el alma, para la vida interior del espectador. Dime qué vida interior tienes y te diré hasta dónde comprenderás este tipo de cine. Algo similar sucede con la película de Terence Malick, El árbol de la vida, donde la herida y el dolor de una madre, atraviesa toda la historia de la creación. Inquietante y hermoso el momento cuando la actriz, Arancha de Juan, responde una llamada de móvil y hace referencia a un hijo suyo… Como si el director, en medio de la dictadura existencial que es Sodoma, dejara asomar destellos de humanidad. 

En definitiva, estamos ante una película no apta para todos los públicos. Una pieza teatral, con un aire medio documental, llena de simbolismo e inteligencia, que nos muestra hacia dónde podríamos ir. Eso sí, es necesario advertir de temas delicados que pueden dañar la sensibilidad de algún espectador: el uso explícito de drogas, la explicitud de una idea de sexo mercantilista y la grabación de un suicidio en directo. La única pega real a esta propuesta es el riesgo que tiene el espectador de confundirse, si no aprende a entrar en la dinámica narrativa: o el espectador está atento o podría malinterpretar alguna de las ideas. Claro que, ese riesgo y esa pega, podría ser justo la originalidad experiencial de la película.  

Este humilde crítico ansía leer con detenimiento alguna entrevista del director, qué ganas de matices y desarrollo de lo atisbado en esta obra. Y también estoy deseoso de poder revisitar, dentro de unos años, este mismo filme. Como me dijo mi maestro espiritual, qué bien que dentro de unos años pueda volver a ver ciertas películas. Qué bien nos hace vivir, para ganar en perspectiva, profundidad y sencillez. Gracias Rafael Gordon por tu autenticad y cercanía. 

Carlos Aguilera Albesa

https://www.youtube.com/watch?v=IEPMYS16_ss

 

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