Crítica
Público recomendado: +12
![]()
Los laureles de su cartel dan cuenta del generoso paso de La tarta del presidente por el circuito de festivales de cine. Era de esperar, tratándose de una cina pequeña y humanista a modo de recordatorio de que, en los grandes conflictos, siempre pierden los pequeños. A este respecto, quizás se podría resumir toda la película en uno solo de sus planos: en aquel en el que Lamia (Baneen Ahmad Layef) alza sus ojos llenos de lágrimas en la sala de detención de Bagdad a la que le ha llevado su empeño por escapar por un pederasta. En términos narrativos, el momento representa el límite inferior de la fase de crisis, a la que luego seguirán el retardo de la resolución y el tramo final característicos de la tragedia clásica. Nada nuevo bajo el sol, por tanto, ni en este nivel narrativo, ni tampoco en ningún otro. La tarta del presidente es una fábula —usemos un término prohibido para un crítico de cine, pero bien conveniente aquí— bonita. Pero poco más.
No obstante, se debe reconocer el acierto del director, Hasan Hadi, y en cierto modo su arrojo, al dar a conocer al mundo su pequeño fresco del estado de las cosas durante la dictadura de Sadam Hussein; de cómo el pueblo llano estaba atrapado entre la espada de la arbitraria oligarquía y la pared de las sanciones de la ONU y los ataques estadounidenses. El macguffin que usa Hadi como excusa para contar su historia es, sin duda, lo más original de la propuesta junto con el gallo Hindi, la mascota que acompaña a Lamia a todas partes y que representa, él sí, el poso inolvidable de un film convencional. La estratagema narrativa es simple y eficaz: el tirano pide que el pueblo se una a la celebración de su quincuagésimo cumpleaños. Dos días antes de la efeméride, a Lamia le cae en (des)gracia la obligación de preparar una tarta para Hussein, aunque esté en realidad destinada a ser engullida por el orondo maestro de su escuela. Su empeño por conseguir los ingredientes necesarios para el pastel —harina, huevos, azúcar y levadura en cantidades mínimas— ocupa el resto del metraje. A la pobre niña, acompañada en su búsqueda por su compañero de pupitre Saeed (Sajad Mohamad Qasem), le pasa de todo durante la expedición: desde el trastorno de su relación con Bibi (Waheed Thabet Khreibat), que suponemos su abuela, hasta la detención arriba referida. Se ahorran aquí el resto de las desgracias para no destripar por completo la cinta, a pesar de que ella misma tiene la tendencia de destriparse sola; de hacerse previsible a cada paso; de revelar, en su superficial maniqueísmo, la posición moral de cada personaje minutos antes de que la trama pueda desarrollarlo.
Decía el otro día en la radio el compañero crítico y amigo Jerónimo José Martín que La tarta del presidente es una película iraquí que parece una película iraní, y se le debe reconocer una parte de acierto: la humanidad de fondo de una historia desnuda, impregnada por la inocencia infantil como contrapunto del absurdo de la vida adulta, amén de otros detalles, recuerdan en particular a la maravillosa ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Khane-ye Doust Kodjast, 1987) de aquel excelso director que fue Abbas Kiarostami. El exceso de explicitud y de almíbar hacen, sin embargo, que el film del iraquí quede muy lejos de la honda sencillez de la película del persa. Si no han visto esta última, no lo duden: hagan por encontrarla. ¿Y la primera? Vista la cartelera, no es mala opción, y nunca está de más sumergirse en el cine de los márgenes.
Rubén de la Prida
https://youtu.be/yFg9Hu5SxLg?si=OWivUUlW-eXkhPxc