Crítica
Público recomendado: +12
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Paul Greengrass dirige muy, pero que muy bien, y le encanta rodar con el máximo realismo posible, y si además los planos son con un ritmo vertiginoso, aún mejor. Con Laberinto en llamas firma uno de sus mejores trabajos, y eso es decir mucho.
Viaje a través de uno de los incendios forestales más mortíferos de la historia de Estados Unidos, en el que un descarriado conductor de autobuses escolares (Matthew McConaughey) y una dedicada maestra de escuela (America Ferrera) luchan para salvar a 22 niños del aterrador infierno.
Nos vamos a 2018 y ya desde el principio las voces nos ponen en situación: lleva 210 días sin llover y las ráfagas de viento (increíbles los planos aéreos que las representan) son muy fuertes, lo que hace que el riesgo de incendios sea extremadamente alto. Aquí llegamos a los que hubo ese año en California, especialmente horribles. El libreto, del mismo Greengrass en colaboración con Brad Inglesby, da en el clavo situando el centro de la acción en dos lugares: el autobús del protagonista, un magnífico Matthew McConaughey, y el comando de incidencias, donde se toman las decisiones más importantes relativas a la forma de actuar ante unos incendios que cada vez son más grandes y fuertes. Todas son historias humanas: un protagonista que tiene que decidir entre cuidar a su familia o llevar a cabo su misión profesional (proteger y llevar a lugar seguro a los niños y su profesora), y unos profesionales que tienen que afrontar situaciones extremadamente difíciles bajo una disyuntiva: apagar fuegos imposibles o salvar vidas humanas.
El director rueda de lujo todo, desde el comienzo hasta el final, dándonos tensión desde el minuto uno, tanto con los incendios (pavoroso realismo que ofrece, metiendo la cámara hasta en los sitios más insospechados), como con la difícil situación del protagonista, quien arrastra una situación personal lamentable: divorciado, su hijo no le aguanta, su padre ha muerto hace poco y no encuentra alicientes en su trabajo. Y aun así, a pesar de todos los pesares, debe encontrar fuerzas para hacer lo correcto. También hay que citar la banda sonora del siempre eficiente James Newton Howard, aquí especialmente inspirado.
Uno de los puntos fuertes del guion es que no se menciona el muy cuestionado, y con razón, cambio climático, sino que se ofrecen explicaciones realistas muy claras: la mala situación de unos postes eléctricos, responsabilidad de una empresa privada, y un clima muy propicio a los incendios. Con esa base, el resto está hecho y muy bien hecho: personajes que intentan hacer lo correcto con las llamas y el tiempo en su contra. Aquí no hay villanos fuera del propio fuego y de unos “procedimientos” que, si se siguen al pie de la letra, pueden provocar pérdida de vidas humanas: “Hay dos opciones, incumplir las reglas o seguirlas y que mueran todos, ¿lo quieres sobre tu conciencia?”, lo que viene a decir que lo escrito sobre el papel no siempre es válido en situaciones extremas.
También se pone en valor la capacidad de tomar decisiones rápidamente por parte de los profesionales, muy curtidos todos ellos (algunos no son actores sino profesionales que hacen de sí mismos), que dejan de lado los populismos y las soluciones fáciles, no hay tiempo para ser buenistas, y eso solo se aprende con tiempo de trabajo y experiencia. Y por supuesto la confianza, el saber que puedes poner “la mano en el fuego” (expresión literal en el metraje, no es chiste fácil por la temática de la película) por tus compañeros porque sabes que harán lo que deben. El guion rezuma humanidad y eso lo eleva por encima de películas similares, los personajes están magníficamente bien escritos y eso hace que empaticemos con ellos. Para rizar el rizo, se incluyen preciosas pinceladas sobre las segundas oportunidades, para las que nunca es tarde si hay verdaderas intenciones de recular.
El director, para mayor realismo, mete metraje real de ese día captado por diversas cámaras y no escatima en secuencias realmente impresionantes. Sería imposible citarlas todas, así que destacaremos dos: la de los ciudadanos, guiados por un héroe improvisado, que tienen que refugiarse en un río para no morir quemados, y el bus recorriendo zonas llenas de llamas que llevan al espectador a tener el corazón en un puño.
Laberinto en llamas (cuestionable traducción de The lost bus) es una magnífica película de Paul Greengrass que demuestra que sigue en plena forma, que sabe narrar desastres de forma absolutamente realista sin caer en fatalismos, con dramas humanos muy cercanos y actores fantásticamente dirigidos. Ojalá no tarde otros cinco años (el tiempo que ha pasado desde su película más reciente) en darnos un nuevo filme como este.
Miguel Soria