Crítica
Público recomendado +18

Mads puede ser un espectáculo intranscendente y una alegoría, una metáfora o un símbolo, o sólo lo primero.
Hay que decir, en todo caso, que el espectáculo es, técnica y estéticamente, prodigioso. La película es un plano secuencia que sigue los efectos lisérgicos que tiene en Romain (Milton Riche), su novia (Laurie Pavy) y su amante (Lucille Guillaume) el consumo de una droga desconocida por parte del protagonista.
Desde que empiezan a percibirse los efectos de las drogas en las reacciones somáticas de Romain, no sabemos si lo que vemos en la pantalla es lo que Romain imagina, lo que realmente pasa o una mezcla de las dos cosas.
Sí sabemos que lo único que aparecerá en la película como lo que realmente es será su cuerpo, que no sólo irá sufriendo progresivamente los efectos de la terrible droga, sino que irá contagiando otros cuerpos, precisamente aquellos que se le han entregado y a los que se ha entregado –es inevitable encontrar aquí la referencia a “It follows“–. Esta es una de las claves importantes de la cinta: el cuerpo no sólo sirve como límite último gracias al que poder ver, al menos parcialmente, un significante transmitiendo un mensaje, si no unívoco, sí objetivo –signo natural–, sino también como símbolo. Al fin y al cabo, los personajes principales no dejan de ser una simbiosis entre zombie y vampiro con la diferencia específica de que la muerte no es el agente del cambio (¿sustancial?).
La referencia al trabajo de David Robert Mitchell vuelve a ser obligatoria, junto a la influencia, también obvia, de Zulawski (sobre todo Possession) y buena parte del “body horror” de las últimas décadas incluyendo la ópera prima del director (David Moreau): Ils. Resonancias también de la famosa coreografía filmada por Spike Jonze con la que Margaret Qualley nos deleitó al servicio de Kenzo.
Pero de qué sea símbolo el cuerpo es una cuestión menos fácil de dilucidar. Cuerpos que se contorsionan, sangran, se golpean, se devoran e intentan comunicarse pero sin éxito…
Creo que si interpretamos la película en su unidad no sería incoherente considerar que esos cuerpos transformados no son otra cosa que el símbolo viviente del estado actual de la humanidad: cuerpos bellos que gozan de sí y de otros, pero que no son capaces de comunicarse a sí mismos y a los demás lo que realmente son y lo que realmente quieren ser (Chamfort: “el amor, tal y como se practica hoy en sociedad, no es más que el intercambio de dos fantasías y el contacto entre dos epidermis”), cuerpos que no hace falta que mueran para existir por y para la devoración de los semejantes porque son los cuerpos del “ravero” (arquetipo del hombre de nuestro tiempo), que –como ya se sabe– se caracteriza (son palabras de Tiqqun musicalizadas por los Voluble y el Niño de Elche) por encontrar lo que no busca y buscar lo que no encuentra.
Mads es una buena película porque nos recuerda que, si no miramos al Traspasado, al único Cuerpo que es Vida más allá de la muerte y que, además, es alimento perpetuo, no dejaremos de comernos unos a otros sin encontrar otra cosa que una autodestrucción solitaria (como canta Lucienne Delyle al final de la película).
Alejandro Matesanz