Crítica
Público recomendado: +18
![]()
En Morlaix, una población de la Bretaña francesa, vive un grupo de jóvenes amigos del instituto. Llega un nuevo alumno, Jean Luc (interpretado por Samuel Kircher, el hijo de la famosa actriz Irene Jacob), que enseguida se enamora de Gwen (Aminthe Audiard), que a su vez está saliendo con Thomas. Una tarde van todos al cine a ver una película, cuyos protagonistas, curiosamente son ellos mismos. Y en ese film, Jean Luc muere por amor. ¿Cómo afectará esta película al grupo en su vida real?
Jaime Rosales vuelve a ofrecernos una película completamente original, como ha hecho con cada título de su filmografía. Cada cinta dirigida por él explora una vía de lenguaje cinematográfico diferente. Es un experimento narrativo y visual nuevo. Y con Morlaix no iba a ser menos. Formalmente, a nivel de la imagen, la película es un puzle enorme, en el que cada pieza es distinta en tamaño, cromatismo y textura, pero una vez terminado el puzle la imagen es completa y clara.
Hay planos rodados en celuloide, otros en digital, unos tienen determinadas proporciones en el encuadre, otros tienen otras, hay planos de 35 mm y otros de 16 mm, los hay en color y en blanco y negro; también hay planos acelerados y fotografías. El resultado es un mosaico que nos da un diseño claro formado por muy diversas teselas. Este ejercicio de pura libertad creativa es también un homenaje a la historia del cine, que ha ido apostando por diversos formatos a lo largo del tiempo. Y este homenaje al propio mundo del cine también lo encontramos en el argumento.
La película que ven en el cine Rialto nuestros jóvenes protagonistas les muestra unas formas de amor diferentes a las que ellos viven. Un amor de otro tiempo, con recuerdos del amor cortés medieval y, sobre todo, con la radicalidad trágica de los románticos del siglo XIX. Ese film, que además se llama Morlaix, dilata su propia experiencia y les pone delante una vivencia mucho más solemne del amor. Por ello, aunque su vida sentimental real va a discurrir por los cauces de lo normal en el siglo XXI, al final del film Gwen va a volver a sentir con nostalgia el deseo de enfrentarse a ese amor puro y radical de la ficción en una sala de cine.
Rosales nos deja una película abierta, de aire muy francés, y desbordante de conversaciones a lo Eric Rohmer en las que los jóvenes personajes van a hablar de lo divino y lo humano con no poca inteligencia. Una película poliédrica que requiere de la interpretación del espectador para completarse. Un hermoso caleidoscopio no exento de misterio. Los vínculos y relaciones familiares vuelven a emerger con fuerza, como en casi todas las películas de Rosales.
Juan Orellana