Crítica
Público recomendado: +13
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Después de una travesía de trece años de duración, James Vanderbilt – descendiente de la que fue un día la familia más rica de los Estados Unidos- escribe y dirige Núremberg, una de las películas más esperadas del año. Expectación que obedece a un reparto conformado por actores de la talla de Russell Crowe, Rami Malek y Michael Shannon amén de un excelente elenco de actores secundarios. Vanderbilt, más guionista que director, es el autor de Zodiac, una de las mejores películas de David Fincher; así como de múltiples blockbusters como The Amazing Spider-Man o de las últimas entregas de la saga Scream.
Núremberg es una película irregular que, en algunos momentos peca de cierto efectismo, pero que contiene momentos de buen cine y posee suficientes virtudes como para recomendar su visionado. Quienes se acerquen a ella esperando un remake de la magistral obra de Stanley Kramer, ¿Vencedores o vencidos? El Juicio de Núremberg saldrán del cine probablemente decepcionados pues no estamos ante una película de género judicial, sino que -como sucede con Zodiac-, se trata de un thriller psicológico. A Vanderbilt no le interesa el procedimiento judicial sino la exploración del origen del mal a través de la psicología de sus personajes.
El realizador californiano quedó impresionado al leer El nazi y el psiquiatra, libro que narra la labor de Douglas Kelley, psiquiatra del ejército encargado de evaluar psicológicamente a los altos mandos del régimen nazi que iban a ser juzgados, entre ellos Hermann Göring, mano derecha de Hitler y personaje sobre el que pivota la película. Tal fue su entusiasmo con la obra que antes de acabarla ya había tomado la decisión de adaptarla a la gran pantalla.
La película es, fundamentalmente, una partida de ajedrez entre Göring y Kelley, quienes mantienen largas y distendidas conversaciones que ofrecen una perspectiva distinta sobre el dirigente alemán. La composición que Russell Crowe hace de Göring es la de un hombre brillante, calmado y dueño de un magnetismo muy particular. El actor australiano ofrece una interpretación sobria y contenida a través de la cual consigue transmitir con rigor el carisma y el difícil carácter de su personaje. No resulta exagerado afirmar que se trata de la mejor interpretación de Russell Crowe de la última década, así como no debería sorprender tampoco su nominación en algunos de los principales premios del cine norteamericano. Frente a él se sitúa un Rami Malek mucho más expresivo, desatado por momentos y plenamente convincente en su retrato de un psiquiatra que trata de hacer su trabajo con la mayor rigurosidad y dignidad posible. En su humanidad y en su incansable voluntad de descubrir a la persona oculta tras el uniforme se encuentran los momentos de mayor emoción e interés de la película.
A lo largo del metraje, la película plantea más cuestiones de las que es capaz de abarcar; sin embargo, hay una que resuelve de forma especialmente satisfactoria. Se trata de la conclusión a la que llegó Kelley después de ochos meses de terapia, y es que al contrario de la opinión dominante de la época, no existía absolutamente ninguna diferencia biológica entre los alemanes y el resto de los seres humanos. Kelley determinó que los dirigentes nacionalsocialistas no padecían ninguna enfermedad psiquiátrica; es más, afirmaba que se trataba de personas normales influidas por la mendacidad y moldeadas por su entorno, individuos que podían encontrarse detrás de grandes escritorios en cualquier otra parte del mundo. Hoy, después de haber presenciado atrocidades perpetradas por grupos de muy distinta procedencia étnica y racial, esta premisa resulta de lo más evidente pero en su día fue verdaderamente novedosa y la película consigue transmitirlo a la perfección.
Además de la elección de contar con Russel Crowe, la otra gran decisión de Vanderbilt es dotar a la película de un clasicismo en la puesta en escena que recuerda al cine histórico de finales del siglo pasado, logrado gracias a la fotografía de Dariusz Wolski -estrecho colaborador de Ridley Scott- y al sobresaliente diseño de producción de Eve Stewart que cuenta con créditos como Los Miserables o El Discurso del Rey a sus espaldas.
Lástima que, una vez finalizada, uno puede quedarse con la sensación de haber visto una película que podría haber alcanzado un mayor potencial de haber acortado escenas innecesariamente alargadas y evitado, en ocasiones, buscar de forma tan evidente la compasión del espectador.
Jaime Paricio Sánchez